Martín Aguirre
Martín Aguirre

La suerte de los blancos

La suerte nunca ha sido una gran aliada del Partido Nacional. A lo largo de la historia está lleno de episodios donde, cuando todo parecía estar alineado a favor de la colectividad fundada por Manuel Oribe, algo se daba vuelta a último momento y desataba la frustración.

La suerte nunca ha sido una gran aliada del Partido Nacional. A lo largo de la historia está lleno de episodios donde, cuando todo parecía estar alineado a favor de la colectividad fundada por Manuel Oribe, algo se daba vuelta a último momento y desataba la frustración.

Se puede recordar la elección del 71, la enfermedad de Wilson cuando la victoria parecía inminente, la implosión de Lacalle Herrera contra Mujica o, yendo más atrás, hasta la muerte de Aparicio Saravia en Masoller, cuando “nunca anduvimos tan fuertes, ni tan bien armados... ni tantos”, como todavía recita el “Pampa González”, ahora que en Spotify se puede escuchar “La gesta de Aparicio”.

Pero por estas fechas, los astros parecen estarse alineando a favor del Partido Nacional.

Por un lado, el Frente Amplio aparenta ser un coche que va a toda velocidad contra un muro. Sendic no deja pasar semana sin protagonizar algún bochorno; Astori anuncia impuestos y se pelea en público con Javier Miranda, y el presidente Vázquez acelera en su cruzada higienista, ahora contra el alcohol, mientras los grandes problemas del país siguen sin dar señales claras de estarse encauzando.

A esto hay que sumar la situación del expresidente Mujica quien ha debido pasar las últimas semanas justificando la situación en la que dejó a las empresas públicas, su alineamiento con Venezuela, y ahora (tras una explosiva revelación de El País la semana pasada), dando explicaciones sobre la financiación de su sector. Y el vínculo con algunos elementos que pudieron haberse desviado del camino y aprovechar su oficio guerrillero para fines menos solidarios.

Para Mujica todo es una canallada, pero hay algo de su defensa que alimenta aún más la suspicacia. Según el expresidente, su trabajo en una quinta y el de su esposa durante unos años en la cantina de una facultad les permitió comprar 14 hectáreas a 20 minutos del centro de la capital. Si ello es verdad, se pone severamente en duda la versión instalada por el Frente Amplio de que la década de los 90 fue un infierno neoliberal donde los humildes no tenían ninguna chance. Hoy en día, alguien con ese trabajo, a duras penas podrá comprar tierra para llenar una maceta

Pero también surgen buenas noticias para los blancos desde su propia interna, que históricamente ha sido fuente de dolores de cabeza y de fiascos electorales.

Es que cuando todavía faltan dos años largos para las elecciones, el panorama luce ya bastante claro. La semana pasada, Jorge Larrañaga lanzó su precandidatura, dejando de lado meses de incertidumbre, y dando certezas a un sector muy fuerte de los blancos. Por su lado, Lacalle Pou se muestra un tanto ausente de la lucha política cotidiana, cuidando al parecer su imagen para lo que se viene, y evitando una sobreexposición perjudicial.

Tal vez la mayor novedad venga por el lado de la senadora Verónica Alonso, que parece ya lanzada a una precandidatura que puede remover la interna nacionalista.

Ahora bien, este panorama de competencia interna fuerte, conociendo el costado sanguíneo de los nacionalistas, augura cielos turbulentos en los próximos meses. La gran ventaja que parecen tener esta vez los blancos es que los infaltables choques, peleas, y pases de factura, si se manejan con inteligencia, ocurrirían esta vez con suficiente antelación como para sanar las heridas antes de que lleguen los tiempos electorales. Y le evitará así a la masa de indecisos ver esa imagen negativa, de nido de avispas sin cohesión, que en más de una ocasión ha conspirado para que le presten el voto.

También le da tiempo para otras cosas importantes.

Por ejemplo, este jueves el semanario Búsqueda publica una entrevista con el diputado suplente Dastugue, miembro de un sector evangélico que adhiere a la senadora Alonso, en la que demanda que en caso de llegar al poder, los blancos reviertan todas las reformas impulsadas por el FA en materia de aborto, drogas y matrimonio homosexual. Algo que permitió a buena parte del oficialismo y su anillo de apoyo mediático, hacer un escándalo de proporciones.

A ver, Dastugue tiene derecho a pensar lo que quiera, y todos los partidos tienen a sus “Dastugues”. Basta ver la plataforma de grupos frentistas como el IR o el PVP, que parece redactada en una barricada en Moscú en 1917. Pero si los blancos aspiran a llegar al gobierno, y para ello no tienen más remedio que apelar a votantes que no son históricamente afines, esto los obliga a una definición. Y a dejar en evidencia qué influencia tendrían estas visiones en una eventual presidencia nacionalista. Una disyuntiva que enfrenta todo partido entre sus principios esenciales, y la necesidad de adaptarlos para seducir a un electorado mayor, sin perder su esencia.

Esta sea tal vez la gran receta de éxito del FA en estos años. Ejercitar ese doble juego entre ciertos discursos muy de izquierda, y un pragmatismo más o menos efectivo al gobernar. Si los blancos tienen éxito en este desafío, lo ocurrido esta semana debería ser visto como un golpe de suerte. Pero a la suerte, hay que ayudarla.

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