Martín Aguirre
Martín Aguirre

La regulación ausente

Muchos creen que el machismo es un flagelo que solo anida en las mentes conservadoras, en ámbitos retrógrados de la sociedad. Sin embargo, una noticia esta semana fue una cachetada fuerte para esta concepción. Sucedió que Tatiana Antúnez, una de las pocas mujeres que han logrado llegar al Secretariado Ejecutivo del Pit, fue removida de forma intempestiva de su cargo.

Muchos creen que el machismo es un flagelo que solo anida en las mentes conservadoras, en ámbitos retrógrados de la sociedad. Sin embargo, una noticia esta semana fue una cachetada fuerte para esta concepción. Sucedió que Tatiana Antúnez, una de las pocas mujeres que han logrado llegar al Secretariado Ejecutivo del Pit, fue removida de forma intempestiva de su cargo.

Esto ocurrió a raíz de una orden de Joselo López, líder del sindicato del INAU al que representaba Antúnez, debido a que hay una lucha electoral en ese gremio, y la dirigente removida estaría enfrentada a la lista de López. Sin embargo, la afectada no titubeó al decir que “si fuera un varón esto no pasaba”, y una cantidad de figuras del Pit y grupos feministas salieron a respaldarla.

Joselo López es una figura particular. Maneja desde hace años con mano de hierro el sindicato del INAU (a su grupo no le dicen los “brazos gordos” por ser fans de Popeye precisamente), es también el líder de COFE, la confederación de funcionarios públicos, y alguien con mucho peso político. Así como un día justificaba los tratos duros a los menores internados (“no son nenes del Crandon”) al siguiente posaba sonriente con los activistas del “No a la Baja”. Joselo no se dejó impresionar por la reacción feminista y dijo que “es un tema político: ella no nos representa y, por tanto, pierde el aval”. Al parecer, los estatutos del Pit avalan la postura de López y no hay mucho que reclamar.

Pero hubo otros episodios complejos vinculados al mundo sindical esta semana. Por ejemplo, de nuevo pasó que una delegación de UPM, que venía a revisar el estado de las vías férreas en el marco de la evaluación para definir la llegada de la mayor inversión de la historia del país, no pudo concretar su tarea ya que un paro sorpresivo los dejó “en la vía”.

Es la segunda vez que pasa algo así, y los sindicalistas señalaron que se trató de una represalia porque el ministro Rossi les canceló una reunión si dar más argumentos que “motivos de agenda”. Un insensible, Rossi.

El hecho fue tan grave, que alguien con intachable pedigrí progresista como el director de OPP, Álvaro García, criticó la postura sindical afirmando que “los intereses nacionales están por encima de los corporativos”. Sin embargo los finlandeses se fueron, otra vez, con las manos vacías. “Son las reglas del juego”, dijo el dirigente gremial Carlos Larramendi.

Hubo un tercer conflicto vinculado al “poder sindical” que ocupó titulares esta semana, y fue cuando un grupo de trabajadores de la empresa Caputto impidió la salida de 13 contenedores hacia Montevideo con fruta que tenía como destino España, Italia, el norte de Europa y Estados Unidos.

El reclamo gremial sería porque no se ha definido el pago de una quincena, y habría atraso con el aguinaldo, ya que la empresa enfrenta problemas económicos, agravados por las lluvias del año pasado que complicaron las cosechas. La medida gremial generó que esa mercadería, valuada en casi medio millón de dólares, ya no podrá ser colocada en el exterior, lo cual difícilmente ayude a los números de la empresa.

Estos tres hechos, que al parecer no tendrían mayor vinculación, pueden ser interpretados a la luz de un mismo problema: la ausencia de una regulación clara que especifique la forma en que se organizan los sindicatos en Uruguay.

Esto es un tema tabú en nuestro país. Al punto que en momentos en que se pretende regular hasta el lugar en el que se puede exhibir el alcohol en un supermercado, no ha salido ni una voz que sugiera que sería positivo que hubiera una regulación mínima de cómo funcionan los sindicatos. Con una diferencia.

A raíz de la inquietud del presidente Vázquez al respecto, el autor mira obsesivamente las botellas de grappamiel en la caja del súper cada vez que pasa, sin que todavía ninguna de ellas haya conseguido influenciarlo para adquirirla. Es como viajar con dos mormones tres horas en un bus, y que no te ofrezcan ni un librito.

Sin embargo, tenemos un estamento sindical que se ha fortalecido enormemente en los últimos años en base a concesiones oficiales. Pero seguimos sin tener una reglamentación que obligue a un mínimo ejercicio democrático interno en los gremios. Y acá se usa la palabra democracia en el contexto de lo que ella significa en los países en serio, o sea que haya voto secreto, o que medidas extremas como la ocupación de una empresa que está funcionando, un paro dañino, o la remoción de una joven dirigente por el solo hecho de que no le cae en gracia al capitoste de turno, deban ser definidos con ciertas garantías, como ser que vote un número mínimo de agremiados, o por mayorías especiales.

Ojo. Nada “neoliberal”. Simplemente algo que obligue a cambiar esas “reglas de juego” que dice el dirigente ferroviario, para que “el interés nacional esté de veras por encima del corporativo”, como dice García. ¿Será tan disparatado?

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