Martín Aguirre
Martín Aguirre

El pasado insensible

¡Qué pereza la tupamarología! La obsesión que tiene Uruguay por los hechos de hace medio siglo, ilustra mejor que ninguna estadística sobre el promedio de edad de la población.

¡Qué pereza la tupamarología! La obsesión que tiene Uruguay por los hechos de hace medio siglo, ilustra mejor que ninguna estadística sobre el promedio de edad de la población.

Pero el libro reciente sobre Fernández Huidobro trata también sobre un pasado bastante más reciente y que impacta demasiado en nuestra política actual como para ningunearlo. Y la alternativa sería hablar del tema bizarro ese de la “Ballena Azul”, así que vamos con el “Ñato”.

El punto más jugoso del libro, al menos para quienes nacimos cuando ya los tupamaros habían sido aplastados, es el que señala que tras el regreso de la democracia, los dirigentes del MLN habrían financiado su estructura política en base a robos y asaltos, en un proceso que tuvo su pico a mediados de los 90, pero que habría llegado incluso hasta el 2000. En algún lugar de la memoria viven recuerdos de los primeros pasos en la redacción de El País, cuando un titular con la palabra “Tupabanda” generó gran revuelo. Hoy, la palabra, vuelve a resonar con eco de polémica.

La noticia no es estrictamente nueva, ya había sido mencionada en algunos libros previos, como se ha dicho por todos lados, pero hay algunos aspectos de todo este lío cuyo análisis dice mucho sobre nuestra actualidad política.

Por ejemplo, la autora, María Urruzola, y quien ha sido su principal defensor mediático, Jorge Zabalza, han explicado con gran naturalidad que se trataría de una práctica nada extraña, que venía heredada de lo que se llamó el “anarquismo expropiador”, un fenómeno de principios de siglo pasado, protagonizado por obreros inmigrantes de ideas libertarias. Hace muchos años el autor robó de la biblioteca paterna una novelita de título provocativo sobre este tema llamada “El comisario va en coche al muere”, que narra las peripecias de estos hombres, liderados por figuras como Roscigna o un tal “Faccia Bruta”, y su pelea con el duro comisario Pardeiro.

Pero hay aspectos que marcan una diferencia con esa gente. Por lo pronto que ha pasado más de un siglo, y nos gustaría creer a todos que las reglas de convivencia y de juego político han evolucionado un poco. Que Zabalza diga que Aparicio robó bancos en 1897 (novedad histórica absoluta) no aporta mucho para justificar que el MLN hiciera lo mismo en 1997. Y que Urruzola diga que “los Peirano” robaron 1.800 millones de dólares (parece confundir perder con robar), menos. El relativismo moral es cosa peligrosa.

El otro aspecto que genera mucho ruido de todo esto es el rol de José Mujica en el tema. Las encuestas aseguran que Mujica es hoy el político más popular del Uruguay, y después de Luis Suárez, el uruguayo más conocido en el mundo. Señalar que el inicio de su carrera política estuvo financiado por robos y asaltos que él mismo organizó, tiene el impacto de un terremoto. Incluso aunque los delitos hayan prescripto.

Lo que alimenta todavía más la inquietud, es la reacción del expresidente.

Lejos de ese proverbial humor y picardía con la que siempre ha salido airoso de cuanta acusación se ha volcado sobre su figura, aquí se lo ha visto nervioso, enojado, incómodo. Algo solo comparable con cuando su excompañero Amodio Pérez volvió de las sombras, y Mujica llegó incluso a amagar con irse de un programa de TV si le tocaban el tema.

En una entrevista con un medio adicto, el “Pepe” dijo el viernes que todo era una campaña para “denigrar al Ñato” y “cortarle las patas” a él en una eventual candidatura. Suena raro. Por un lado, porque el propio “Ñato” se las ingenió siempre bastante bien él solito para lograr ese efecto que denuncia Mujica. Y por otro, porque él ha dicho hasta el cansancio que solo es “precandidato a la tumba”. ¿Entonces?

Sin embargo, hay algo que de todas formas llama la atención de este súbito empuje revisionista.

La propia autora del libro ha dicho que no está aportando nada nuevo, y su militancia y compromiso con el sector más a la izquierda en el Frente Amplio es público y notorio. Como es público y notorio que la gente con formación ideológica de ese tipo no suele hacer movidas de fuerte impacto político como esta, sin medir consecuencias, solo por amor a la verdad o a la literatura.

El problema es que si hay alguien que se ha beneficiado de la popularidad de Mujica, justamente es ese sector más a la izquierda del FA, que en los últimos años ha gozado de visibilidad y cargos políticos imposibles de lograr por su propio peso electoral, como nada menos que la intendencia de Montevideo. Entonces, ¿cuál sería el interés en “cortarle las patas” a una nueva postulación del líder del MPP? ¿Beneficiar a quién?

Hay otra gran pregunta que todo esto deja flotando. ¿Logrará esta imputación afectar la imagen de Mujica cuando ha “zafado” incólume de otras críticas como el caso Ancap, la debacle de la educación, la relación carnal con Venezuela, o la creciente aceptación de que su gobierno fue pésimo gestor? Con Mujica, nunca se sabe.

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