Martín Aguirre
Martín Aguirre

El mundo al revés

Las noticias son una fuente de sorpresas. Siempre ha sido así pero por estas fechas, cuando da la impresión de que la capacidad de asombro ya no puede ser sacudida por nada, los titulares vuelven a dejar al lector de boca abierta.

Las noticias son una fuente de sorpresas. Siempre ha sido así pero por estas fechas, cuando da la impresión de que la capacidad de asombro ya no puede ser sacudida por nada, los titulares vuelven a dejar al lector de boca abierta.

En esta semana, por ejemplo, supimos que José Mujica rompió vínculo sentimental con su ahijado Luis Almagro, hoy en la OEA, donde ha dado cobijo a varias figuras de aquel gobierno con quienes las urnas habían sido ingratas. También que la misma jueza que procesó con prisión a Amodio Pérez por colaborar con la policía hace 40 años, entendió que eso era demasiado para un diplomático imputado por trata de personas y estafas varias. O que la historia de amor que conmueve a la TV local comenzó cuando el periodista policial tenía 63 años, y la feliz cónyuge 15. El amor...

Pero dos cosas sacudieron el usualmente escéptico (alguien diría cínico) punto de vista del autor. Dos hechos aparentemente sin nexo, pero que dan fe de los tiempos raros que nos toca vivir.

El primero tiene que ver con los atentados en París que dejaron 130 muertos. Las reacciones ante tal salvajada han sido de todo tipo, desde el presidente Hollande haciendo una apurada declaración de guerra, hasta las consabidas posturas que justifican cualquier cosa en base a los males históricos del imperialismo, el capitalismo, y otra serie selecta de “ismos” entre las que de casualidad poco se suele recordar a la variedad que causó mayores males. Y que, por ejemplo, empezó buena parte de los problemas en esa zona cuando invadió Afganistán en los 80, con final trágico.

En esa línea justificante, un artículo aparecido en Uruguay en estos días llega a límites asombrosos. Según el autor, los atentados de este tipo terminarán cuando “no se humille a alguien por ser pobre, el éxito no consista en comprar un Ferrari sino en ser feliz, y que nadie se sienta perdedor si no tiene el último modelo de algún aparatito de moda”.

Este tipo de planteos resultan realmente impactantes. ¿Cuánta gente pobre hay en el mundo? ¿Cuántos no tienen el último aparatito de moda? Son muy pocos quienes llegan a tener alguna vez un Ferrari, y pese a eso es poco frecuente que alguien entre a un show musical abriendo fuego contra mujeres y civiles desarmados, violando toda norma moral que ha regulado los conflictos armados en 2 mil años de historia humana. Algo más debe haber, ¿No?

Pocas cosas deben dar más optimismo a un miliciano del Isis que leer un texto así antes de empezar su agotadora jornada diaria de degüellos y lapidaciones.

El segundo episodio no podía estar más lejos, ser más aldeano, o más pedestre. Pero sin embargo hay un sutil punto de encuentro. Se trata de la decisión de la Intendencia de Montevideo de cambiar las reglas del concurso para Reina del Carnaval, con el fin de que puedan participar transexuales, discapacitados, y personas de cualquier edad. Eso sí, siempre que sean mayores de 18 años.

La decisión ha generado muchas reacciones, la mayoría asociadas al humor, aunque la más seria debe haber sido la del presidente de Daecpu, Enrique Espert. Este afirmó que “el concurso de Reina del Carnaval es el concurso de Reina de Carnaval y nada más; si quieren hacer un concurso de viejas o de viejos lo pueden hacer aparte, y no lo digo por discriminar, porque el Carnaval es lo que menos discrimina, toda la vida salieron homosexuales y prostitutas”. Y agregó “con todo esto estamos rompiendo cosas que están bien, no sé si por querer hacerse los modernos o por qué”.

A ver... todo certamen de lo que sea, implica un criterio de selección arbitrario. Desde Miss Mundo, al American Idol, desde un juego olímplico, hasta el campeonato uruguayo de fútbol. Todos implican en el fondo alguna dosis de injusticia, como la vida misma. Y ninguno aspira a tener un nivel de trascendencia moral más allá de lo que son; meros formatos de entretenimiento.

¿Alguien cree que realmente implica una victoria contra la injusticia habilitar a transexuales o personas mayores a competir por ser reina del Carnaval? ¿Por qué no puede competir un perro, por decir algo? ¿Cual sería el próximo paso para ampliar la “inclusión”?

Lo que esto deja en evidencia es el peligro del espiral tóxico de corrección política que afecta al discurso público, incluso en un país con tantas urgencias y carencias como Uruguay. Por más que en el fondo todas puedan ser causas nobles, comprensibles, y hasta compartibles, alguien en algún momento tiene que decir basta. Sino lo que empieza con cosas como el “todos y todas”, sigue con los concursos de belleza, y termina justificando masacres inhumanas por frivolidades como el afán de consumo. Debería haber cosas más trascendentes en las que gastar toda esa energía.

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