Martín Aguirre
Martín Aguirre

Mujica frente a la bisagra

El último “padrino” notorio de la mafia de Nueva York fue John Gotti, conocido como el “Don de Teflón”, porque “nada se le pegaba”. Pese a que tenía un perfil muy alto, y hacía todo tipo de desprolijidad, ningún juez conseguía meterlo preso.

El último “padrino” notorio de la mafia de Nueva York fue John Gotti, conocido como el “Don de Teflón”, porque “nada se le pegaba”. Pese a que tenía un perfil muy alto, y hacía todo tipo de desprolijidad, ningún juez conseguía meterlo preso.

Alguna vez alguien usó una descripción similar para el expresidente Mujica, en el entendido que lograba hacer y decir cosas que a cualquier otro político le habrían costado su carrera, pero que a él le resbalaban. Como al teflón.

Sin embargo, en los últimos meses algo parece estar cambiando. Hay señales de que ese escudo que tenía Mujica ha empezado a mostrar fisuras. Y que la imagen del ex- mandatario, ya no es inmune a las balas rivales.

Tal vez el primer indicio de esto haya sido la última campaña municipal. Su apuesta a la candidatura de su esposa a la intendencia de Montevideo sufrió una derrota contundente. Y varias de sus jugadas electorales en el interior, como en Cerro Largo donde apostó fuerte con un hombre de confianza como Alfredo Fratti, también terminaron mal. Pero, sobre todo, porque la revelación de esa campaña, el “outsider” Edgardo Novick, logró un resultado tan inesperado como positivo. ¿Y en base a qué? A pegarle a Mujica con una virulencia como antes no se había visto.

Esa estrategia de Novick, que sigue usando hoy como se puede ver en la entrevista que acompaña esta edición, fue como una bisagra. A partir de ahí, muchos otros políticos dejaron cierta timidez en relación al expresidente, y hoy en día calificativos como que fue “el peor presidente de la democracia”, suenan día por medio. Y, lo más llamativo, no solo de la oposición.

Días atrás Mujica sufrió un golpe significativo por venir de alguien que lo conoce bien, su excompañero de armas, Jorge Zabalza. En una entrevista en Canal 12, Zabalza sostuvo que “hubo un desastre administrativo, muy del estilo Mujica. Ese es Mujica, ustedes lo votaron. Yo no lo voto ni loco, sería un irresponsable. No podía planificar una acción militar. Era incapaz de hacer algo ordenado”.

Las diferencias entre Zabalza y Mujica no son nuevas. Pero de las miles de veces que el primero lanzó dardos contra el “Pepe”, ninguna había tenido tanta repercusión. Tal vez por el ámbito en que la dijo, tal vez porque Zabalza vuelve de un momento personal límite que le da otra claridad expresiva, tal vez porque toca un elemento que ha venido permeando entre la gente de a poco, que el gobierno pasado fue caótico y desprolijo, y que dejó una serie de líos a resolver que le están haciendo la vida difícil a su sucesor, Tabaré Vázquez.

El más notorio de estos líos es Ancap. Y es ahí donde se han dado dos muestras más de esta especie de cambio de ciclo en la relación de Mujica con la opinión pública.

La más escandalosa fue sin dudas la pelea con el “operador” del astorismo Esteban Valenti, de quien Mujica hizo comentarios poco felices sobre su vida conyugal. Incluso para alguien que parece disfrutar con la pelea pública como Valenti, esto fue ya demasiado. Y motivó que el propio Mujica debiera salir a pedir disculpas con tono acongojado. Cosa que nunca había hecho de esa forma, ni siquiera cuando se había metido con las esposas de opositores.

La segunda fue en el debate parlamentario sobre Ancap. Allí el argumento de Mujica fue autoincriminatorio. Reconoció que hubo errores en la gestión, pero culpó a los representantes de la oposición por “gritar faul” recién ahora. Más allá de que esto no es necesariamente verdad, el argumento es duro para el propio Mujica. Parece reconocer que necesitaba de un control externo porque asumía que él, el Presidente de la República, no estaba en condiciones de ejercerlo.

Pero hay otro frente donde la armadura de Mujica también ha mostrado fisuras, y es en el de la imagen internacional, uno de sus grandes activos. En los últimos tiempos, medios como The New York Times, La Nación de Argentina, o New Republic, han escrito piezas mostrando las debilidades del gobierno del hasta ahora idealizado Mujica. Es ilustrativa la pieza que publicó esta última revista “de izquierda” ya que su titulo afirma “José Mujica, el presidente que fue el sueño de cualquier progresista hecho realidad: demasiado bueno para ser verdad”.

De todas formas, tal vez sea demasiado pronto para afirmar que el ciclo de amor de Mujica con la opinión pública pueda haber entrado en declive. Se trata sin dudas del político más influyente en Uruguay al menos de los últimos 20 años, un hombre que ha pasado mil batallas. Y todavía guarda en la manga un par de cartas de promoción importantes, como el inminente estreno de su “biopic” por Kusturica, cuyo lanzamiento en Cannes promete dosis de promoción asfixiantes.

Pero también hay una verdad. Cuando ese escudo de tolerancia que a veces regala la opinión pública se empieza a agrietar, es difícil emparcharlo. Y todo lo que antes no hacía nada, ahora comienza a quedar pegoteado. Igual que con el teflón.

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