Martín Aguirre
Martín Aguirre

Mirando por la ventana

Este conflicto en la educación es un cúmulo de enigmas. Para empezar está la actitud de los gremios, que en plena negociación presupuestal, en un país donde el clima económico claramente se ha vuelto en contra, y pese a haber recibido la oferta más jugosa de toda la administración pública (y por ende muy por encima de lo que recibirá ningún privado) lanzaron un conflicto sangriento. Que incluso antes de la declaración de esencialidad llevaba al menos 10 días de estudiantes sin clases y con ocupaciones.

Este conflicto en la educación es un cúmulo de enigmas. Para empezar está la actitud de los gremios, que en plena negociación presupuestal, en un país donde el clima económico claramente se ha vuelto en contra, y pese a haber recibido la oferta más jugosa de toda la administración pública (y por ende muy por encima de lo que recibirá ningún privado) lanzaron un conflicto sangriento. Que incluso antes de la declaración de esencialidad llevaba al menos 10 días de estudiantes sin clases y con ocupaciones.

Arriesgando ser calificado de neoliberal sin conciencia social, el autor no puede dejar de preguntarse si cuando a uno no le convence lo que le pagan en un trabajo, la respuesta razonable es reaccionar así. Sobre todo cuando la contraparte es un gobierno democrático recién electo.

Se ve que el presidente Tabaré Vázquez, aún desde el Olimpo de la más pura progresía, hizo un razonamiento similar porque decidió decretar la esencialidad en la educación. Una medida que conmovió al país, dividió al Frente Amplio, y lo dejó parado en una frontera muy delicada en materia de autoridad presidencial. Sobre todo porque nadie tiene claro cómo se puede llevar a la práctica esa medida, a menos que se mande al Ejército a dar clases, algo que incluso para el nivel de nuestra educación pública actual, parece ser poco recomendable.

Ahora bien, las reacciones a este decreto presidencial son una muestra perfecta de los problemas de la política uruguaya.

Por un lado tenemos al partido de gobierno partido al medio, reivindicando el planteo que ha hecho varias veces en sus columnas Hebert Gatto, de que hay un sector “socialdemócrata” que apoya al presidente, y otro “marxista” (MPP, Partido Comunista, etc) que desafía abiertamente su mando y exige un viraje político radical.

Por otro tenemos a los gremios que, ensoberbecidos por una década de caricias oficiales, han salido con una virulencia difícil de comprender. Sobre todo ante las mejoras que han recibido en los últimos años, que poco se han traducido en mejores resultados educativos.

Y enfrente tenemos a una oposición que no logra pararse firme ante el problema. Se critica la medida como autoritaria y con defectos legales, pero a la vez se defiende el derecho de los alumnos a estudiar. O sea, ni fu ni fa. Algo difícil de entender para un elector que vio cómo en la última campaña la oposición se rompía las cuerdas vocales exigiendo mano dura con los gremios, y ahora que el presidente se pone los pantalones para corregir los errores que él mismo cometió en su primer gobierno al darle gran poder a las corporaciones sindicales, lo critican y lo dejan solo.

Acá llegamos al meollo de la cuestión. Esta soledad aparente de Vázquez es bastante engañosa, y es el producto de una estrategia política bien planificada por algunas fuerzas dentro del oficialismo.

Veamos, el panorama político uruguayo actual se muestra así: hay una mitad del país que votó al Frente Amplio, y otra un pelo menor que prefirió a la oposición. A su vez, ese 50% oficialista se divide en dos bandos relativamente parejos, en el que un sector tiene más apoyo de votantes en general, pero el otro maneja los organismos de dirección política y a la militancia organizada.

El hecho de tener mayorías propias en el Parlamento, hace que el oficialismo procese toda su discusión en forma interna, lo que da así a un sector que a lo sumo es un 25% del país, una capacidad de influencia que es desproporcionada en relación con su verdadero apoyo popular. Esto lo ha dicho con toda claridad el exsenador y dirigente comunista Eduardo Lorier, que en estos días afirmó que su gran miedo es que se pueda romper lo que él llama “el bloque de los cambios”. Lorier, agudo estratega, sabe que la existencia de ese bloque unido es lo que hace que su partido pueda tener una influencia en la agenda nacional, muy por encima de los 71 mil votos que cosechó en las urnas.

Esto deja planteadas una serie de preguntas determinantes: ¿qué opina ante esta situación ese 50% del electorado que está mirando el lío por la ventana? ¿Está con Vázquez o con los sindicatos?

La oposición, ¿seguirá con este juego de indefinición? ¿Le ofrecerá a Vázquez un apoyo que le dé garantías parlamentarias a cambio de algún plan concreto de reformas?

Y el presidente, ¿buscará apoyo fuera de su partido? ¿Apostará al peso de su figura personal y se mantendrá firme pese a los conflictos internos? ¿O cederá ante la presión de los legisladores “rebeldes” y los gremios, y dará marcha atrás en su decisión?

Conociendo los antecedentes de Vázquez, y entendiendo ahora el gesto de haber puesto a María Julia Muñoz en el lugar en que se encuentra hoy (y para el que no parecía tener una idoneidad desbordante), las opciones parecen bastante claras.

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