Martín Aguirre
Martín Aguirre

Malas influencias

Consumir política argentina es peligroso. El exceso puede ser bastante más dañino que una dieta a base de carne procesada. El autor admite que solo se expone a ese riesgo cuando el panorama local lo sume en la desesperanza, y pasarse un rato comprobando que siempre se puede estar peor, tiene un efecto balsámico. Pero en nuestro sistema político parece que hay gente menos precavida.

Consumir política argentina es peligroso. El exceso puede ser bastante más dañino que una dieta a base de carne procesada. El autor admite que solo se expone a ese riesgo cuando el panorama local lo sume en la desesperanza, y pasarse un rato comprobando que siempre se puede estar peor, tiene un efecto balsámico. Pero en nuestro sistema político parece que hay gente menos precavida.

Eso quedó en claro estos últimos días cuando el proceso electoral de los vecinos dio un vuelco inesperado que generó olas hasta en esta orilla del río. Resultó asombroso ver a dirigentes del oficialismo asumir como propio el golpazo sufrido por el kirchnerismo. Y replicar un discurso de barricada que poco tiene que ver con la historia política nacional.

Por ejemplo, si algo resulta extraño de las discusiones argentinas es esa capacidad de defender lo indefendible, de plantear eslóganes absolutos y sostenerlos con tono de furia, aun contra las evidencias más contundentes. De convertir todo debate en un tema de bandos casi futbolísticos, donde la honestidad intelectual es un valor descartable.

Así vimos a operadores del kirchnerismo, alguno con incómodas raíces uruguayas, sostener tras el resultado que este era culpa de la influencia de los medios de prensa y de los maléficos poderes económicos, que habrían convencido a millones de personas que un proceso político que solo habría llevado alegría y fortuna al pueblo, era un desastre. Como si la gente fuera idiota. Esa misma gente que hace apenas unos años votó al kirchnerismo masivamente, pese a tener en contra al mismo sistema de medios y a los mismos poderes económicos.

Lo triste es que algo parecido se está viendo acá con la discusión en torno a Ancap. La marcha de esta investigación está dejando a la luz varios hechos polémicos. Cosas que si bien no han mostrado ser claros delitos, revelan manejos nada cuidadosos de los recursos públicos. Que en un país donde se usa la ley de Presupuesto para evitar pagar medicinas a enfermos de cáncer, se gaste casi US$ 400 mil en una fiesta resulta, cuando menos, polémico.

Sin embargo, la postura de buena parte del oficialismo ha sido inflexible. Si usted expresa alguna duda sobre la gestión de Ancap, o es un neoliberal que quiere privatizar las empresas públicas, o es un político en campaña que quiere frustrar el futuro de Raúl Sendic o de Daniel Martínez.

Tan maniqueo es el debate, que el senador Marcos Otheguy ha llegado a decir que “no se explica el desarrollo del país los últimos 10 años sin las empresas públicas”. Algo muy discutible en su raíz, pero que además nada tiene que ver con el debate actual. ¿Quiere decir que no pueden haber empresas públicas bien manejadas? ¿El despilfarro y la ausencia de contralor son inherentes a una empresa pública?

Profundicemos un poco más en eso. A diferencia de Argentina, adonde los procesos privatizadores de la época de Menem fueron aplaudidos por casi todo el espectro político, incluidos Néstor y Cristina, la cúpula sindical y el pueblo, aquí la ley de empresas públicas tuvo un marco muy distinto. Y si esa ley fracasó en las urnas no fue solo por el impulso heroico de “la izquierda” y los gremios, como se quiere hacer ver. Fue porque una parte muy significativa de dirigentes colorados y blancos no estuvo de acuerdo con la misma. Y en el acierto o en el error, creyeron que en un país pequeño, esas empresas tenían un rol importante que cumplir en manos del Estado.

Esos sectores son en muchos casos los que hoy más critican el manejo que ha habido en los últimos años. En el entendido que de nada sirve poseer empresas públicas “estratégicas” si eso implica tener los combustibles más altos del continente. Si en un momento que tenés un problema de competitividad feroz, no se puede equilibrar bajando el costo de la energía a los sectores productivos, porque por malos cálculos a la hora de invertir, tenés que amortizar una deuda de 600 millones de dólares. O si porque como sus dirigentes políticos querían quedar bien con sus gremios, les acordaron esquemas de remuneración muy por encima a los del mercado.

Uno no tiene que querer matar a Sendic o a Martínez (en el caso del autor, dos de los pocos dirigentes del oficialismo con los que mantiene una buena relación personal) para preguntarse sanamente si para pagarle una deuda a Pdvsa, no había más remedio que contratar a una financiera paraguaya y hacer todo ese tipo de enroques financieros. Parece una inquietud bastante razonable y nadie debería sentirse atacado por ella.

Los maniqueísmos, las respuestas autómatas que dividen entre buenos y malos, son la muerte para un sistema democrático constructivo. Y para comprobar eso no hace falta que la OMS saque ninguna lista. Basta mirar lo que pasa del otro lado del río.

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