Martín Aguirre
Martín Aguirre

El Maestro y nosotros

Dejemos por un día la política. El tema de hoy surge porque el maestro Tabárez se enojó con El País y avisó que no nos hablará más. Si bien no es algo demasiado inusual, la historia detrás de este enojo dice mucho de periodismo, de ética, y hasta del estado actual de la sociedad uruguaya. Por eso es interesante contarla completa.

Dejemos por un día la política. El tema de hoy surge porque el maestro Tabárez se enojó con El País y avisó que no nos hablará más. Si bien no es algo demasiado inusual, la historia detrás de este enojo dice mucho de periodismo, de ética, y hasta del estado actual de la sociedad uruguaya. Por eso es interesante contarla completa.

El tema comenzó hace cosa de un mes, cuando la selección de fútbol ultimaba detalles para su viaje a la Copa América. Esa mañana, en la reunión de planificación que tiene la redacción de El País todos los días, apareció la primer foto de Óscar Tabárez en el vehículo motorizado que usa para ayudarlo a desplazarse. Si bien desde hace tiempo se sabía que el técnico tiene un problema de salud que le complica la movilidad, el mismo nunca se había mostrado de manera tan notoria.

Entonces surgió la pregunta cantada: ¿cuál es el problema de salud de Tabárez? La respuesta del editor de Ovación, Daniel Rosa, fue que nadie tenía claro el origen del asunto, y que conociendo la manera de ser de Tabárez, era muy difícil averiguarlo. Ahí, del resto de los editores surgieron dos dudas también obvias; ¿es de interés público la salud de Tabárez? ¿Podemos como periodistas mirar para otro lado y no averiguar más? A fin de cuentas no se trata de un tema personal exclusivo, sino de algo que puede afectar su función.

Alguien tiró la frase clave. Si el que apareciera en una “motito” en un acto público fuera el presidente Vázquez, toda la prensa iría frenética a preguntarle qué le pasa. Y no quedaría médico sin consultar hasta tener el veredicto claro de cuál es su problema. ¿Hay muchos trabajos en Uruguay que tengan más influencia y despierten más interés que el de técnico de la selección de fútbol?

La expresión de Daniel fue de resignación. Pero varias semanas después, y ya terminada la Copa, el “Tito” Mastandrea obtuvo de al menos tres fuentes, dos de ellas del entorno de la selección, que el problema de Tabárez era algo llamado “síndrome de Guillain-Barré”, una enfermedad autoinmune, que tiene tratamientos efectivos y no tendría que ser incapacitante para su trabajo. Así se publicó, en el contexto de una nota donde se decía que seguía firme en su cargo, y que los jugadores se habían reunido para expresarle apoyo total. Tan gentil fue la nota, que la hija de Tabárez expresó felicitaciones públicas al autor.

Sin embargo, días después llegó la llamada del encargado de prensa del técnico, diciendo que Tabárez quería hablar con los periodistas. En la charla, desmintió padecer esa enfermedad, y dijo tener una “neu- ropatía crónica” sin más dato. Pi- dió que se publicara una aclara- ción, cosa que se hizo en el mismo espacio y contexto. Pero para Tabárez no se cumplió de la manera debida, y mandó avisar que no nos hablaría más.

No es una pérdida dramática. Las conferencias y entrevistas de Tabárez tienden a ser eventos áridos, tensos, donde él suele ser despiadado con quienes le preguntan cualquier cosa.

Pero Tabárez es un ícono del Uruguay de hoy, y su relación con los medios dice mucho sobre nosotros como sociedad. Para empezar, es profesionalmente un hombre exitoso como pocos. Ha tenido una carrera internacional envidiable, y la vida le dio tras su primer pa- so amargo por la se- lección, una segunda oportunidad donde logró subir al altar de la mitología futbolística local. Pese a eso, su actitud pública es siempre dura, confrontativa. Algo que se debe justificar en los vericuetos bizantinos del ambiente del fútbol uruguayo, lleno de intereses cruzados, traiciones y lealtades, que resultan incomprensibles para quienes no están en ese mundillo.

Ahora bien, con Tabárez en Uruguay no hay espacio para los tibios. Hay quienes critican su postura siempre enojada, sus planteos futbolísticos a la retranca y su manía de no hacer cambios. Y están los incondicionales, que le justifican cualquier cosa, y se les expanden las glándulas salivares hablando de “el proceso”. Si uno trata de ser ecuánime y defiende su forma de trabajo y su gestión humana, pero osa señalar alguna crítica deportiva, de inmediato se convierte en un traidor, esbirro de Paco Casal y, por qué no, facho.

Algo demasiado parecido a lo que pasa en general en Uruguay, donde la mayor parte del debate público es una pelea camisetera con mínimo espacio para la crítica racional y el intercambio constructivo. Y donde es cada vez más difícil hablar de algún tema sin despertar enojos y pasiones inconducentes.

Pero volviendo al caso, y ya a nivel personal, hay cosas que no cierran. Si algo se le reconoce unánimemente en el Uruguay a Tabárez, es haber hecho desde que llegó a la selección un trabajo serio, sobrio y profesional. Pero cuando el castigado periodismo futbolístico deja de lado códigos dudosos y hace un trabajo serio, sobrio y profesional, resulta que a él no le gusta y aplica su sanción. Difícil de entender.

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