Martín Aguirre
Martín Aguirre

Jineteando los cambios

Semana Santa. Semana de Turismo. También se ha dicho que es la semana de la tradición, y en verdad hay cosas que se repiten con rigor cuasi religioso año tras año en estas fechas. Las excursiones de camping, los cachilos desvencijados en las rutas, las notas periodísticas en pescaderías del Buceo, las películas bíblicas con Charlton Heston.

Pero si hay algo que exuda tradición de Semana Santa son las jineteadas, y el desembarco en la capital de los principales exponentes de lo que la ley ha consagrado como el "deporte nacional uruguayo."
Sin embargo, los jinetes ya no solo deben resistir la furia del animal de 600 kilos bajo sus posaderas. Enfrentan ahora un cambio cultural que amenaza poner fin a su modo de vida.

El episodio más sonado ocurrió el año pasado, cuando un grupo de defensores de los animales saltó al ruedo del Prado y pretendió encadenarse a un palenque para frenar lo que consideran una exhibición de violencia gratuita y atávica contra los caballos. La re

Semana Santa. Semana de Turismo. También se ha dicho que es la semana de la tradición, y en verdad hay cosas que se repiten con rigor cuasi religioso año tras año en estas fechas. Las excursiones de camping, los cachilos desvencijados en las rutas, las notas periodísticas en pescaderías del Buceo, las películas bíblicas con Charlton Heston.

Pero si hay algo que exuda tradición de Semana Santa son las jineteadas, y el desembarco en la capital de los principales exponentes de lo que la ley ha consagrado como el "deporte nacional uruguayo."
Sin embargo, los jinetes ya no solo deben resistir la furia del animal de 600 kilos bajo sus posaderas. Enfrentan ahora un cambio cultural que amenaza poner fin a su modo de vida.

El episodio más sonado ocurrió el año pasado, cuando un grupo de defensores de los animales saltó al ruedo del Prado y pretendió encadenarse a un palenque para frenar lo que consideran una exhibición de violencia gratuita y atávica contra los caballos. La respuesta fue una exhibición de violencia atávica (lo de gratuita es más discutible) contra sus propios cuerpos, de parte de los paisanos que, con honesta incredulidad, se sentían avasallados en lo que es su momento de gloria anual.

Este año, la intendencia capitalina se quiso curar en salud, y designó a un veterinario de la Comisión de Bienestar Animal para que fiscalice el evento. Según su veredicto, un solo caballo tuvo un golpe, se lo trató con antiinflamatorios, y "hay más jinetes lesionados que equinos". Pero la cosa está lejos de calmarse.

La campaña de los defensores de animales está enmarcada en un cambio de sensibilidad a nivel global respecto al vínculo con la naturaleza. Síntomas de este cambio son el aumento del vegetarianismo, las campañas contra el uso de pieles, la proliferación de "onegés" que luchan por cosas que van desde salvar a los pandas y a los gorilas hasta rescatar perros sin hogar de las calles. Estas prácticas, con todo lo lógico y compartible que pueden tener, también muestran su buena dosis de excesos y excentricidades. Cualquiera que tenga cuenta en alguna red social sabrá de lo virulentos que estos militantes pueden llegar a ser. Y lo liviano de algunos de sus argumentos. Por ejemplo hace unos meses la conductora de TV, Patricia Wolf, anunciaba que tras un taller de yoga de un fin de semana, había tenido una epifanía y había dejado de comer carne. También había empezado a ver mal las jineteadas porque "creo en el karma, y los verdugos de hoy pueden ser las víctimas mañana". Para pensar.

Ahora bien estas campañas, si bien siempre discutibles, parecen tener más lógica cuando se lanzan contra cosas como la cacería de ballenas por parte de buques japoneses, o en España contra las corridas de toros, donde hay muerte y un cierto ensañamiento con los animales. ¿Ocurre esto en las jineteadas?

Parecería que no. Los caballos usados en las mismas son seleccionados con rigor y mantenidos con mucho esmero durante todo el año. Sobre todo porque en los concursos uno de los aspectos más premiados son justamente las tropillas (casi US$ 5 mil en el Prado), y sus propietarios tienen mucho que ganar con su presentación.

De hecho, las espuelas que se usan son romas, y los golpes, por espectaculares que se vean, no implican gran impacto para animales con el cuero y los músculos de los equinos. "El trabajo de estos caballos en la Criolla dura 8 segundos. El resto de los días son tratados como reyes", decía un paisano. Y si hay algo que nadie puede negar, es lo profundo de la relación de un hombre de campo con el caballo. Por ejemplo, investigando un poco por internet se puede averiguar que el "reservado" más famoso de Argentina, "El Zorro", un tordillo que resistió 158 domas (en una de las cuales mató al célebre Carlos Aristegui) vivió más de 28 años y terminó sus días en un plácido retiro campestre. Esto no satisface a los activistas que reclaman que "jinetear a los caballos los estresa, y eso es maltrato", según dijo un activista local.

Así las cosas, la sociedad parece enfrentada a un desafío complejo. Por un lado el crecimiento de una sensibilidad (muy urbana) hacia el trato con los animales. Pero que por momentos parece anclada en una carencia de contacto real con la naturaleza, mucho más áspera y violenta en sí misma que lo que deja ver el Discovery Channel. Frente a esto, una tradición cultural que arraiga en lo profundo del ser nacional, como lo prueban las más de 200 mil personas que acuden cada año a las criollas tan sólo en Montevideo. ¿Quién terminará prevaleciendo? Solo el tiempo lo dirá.

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