Martín Aguirre
Martín Aguirre

Intriga internacional

El chiste de humor negro, negrísimo, se popularizó hace un tiempo. Decía que los enfermos graves del resto del mundo elegían venir a Uruguay a pasar sus último días, porque acá todo pasa... 10 años más tarde.

El chiste de humor negro, negrísimo, se popularizó hace un tiempo. Decía que los enfermos graves del resto del mundo elegían venir a Uruguay a pasar sus último días, porque acá todo pasa... 10 años más tarde.

Para ser honestos, en esto el plazo no se cumple a rajatabla. Pero algunos hechos protagonistas de la semana parecen haber puesto al país en medio de una novela de espías. O en algún episodio de la “guerra al terror” lanzada por Bush hace una década. Si es que las guerras, los espías o el terrorismo, tiene una década determinada.

El primer episodio tuvo que ver con la supuesta expulsión de un diplomático iraní de Uruguay, por el pecado de haber acertado a pasar con su auto cerca de donde un misterioso maletín desataba todas las alertas de la embajada de Israel. También se asoció al tema un segundo evento sospechoso, este más preocupante, en el que una bolsa con material explosivo (inerte) fue hallada en el entorno de la nueva ubicación de la sede del país hebreo.

Todo muy raro, muy confuso muy poco creíble. Tan raro como el propio sospechoso, Ahmet Sanat Gol, a quien el autor llegó a conocer personalmente cuando acudió a El País hace un tiempo a reclamar por la información que percibía “flechada” contra su país. La charla fue amable, aunque fue difícil ponerse de acuerdo. Sobre todo cuando se le planteaba que no parecía muy digno de estos tiempos un sistema que considera aceptable que la gente, por el hecho de tener vínculos con personas de su mismo sexo, pueda terminar colgando de una grúa. Y del pescuezo.

Tan o más confusa fue la reacción oficial. El comunicado conjunto de Cancillería e Interior lejos de llevar calma a la gente, elevó los decibeles de inquietud. Se negaba la expulsión, se negaba que haya habido sospecha de atentados, todo marcha viento en popa con Israel, con Irán, con todos. Pero no se respondían preguntas clave. ¿Por qué se invitó a retirarse al amigo Sanat Gol? ¿Quién puso el maletín y la bol- sa en el WTC? ¿Por qué no se informó desde un principio de todo? ¿Por qué el Canciller ahora se muestra tan duro con Irán, y tan simpático con Israel, si hasta hace poco era justo al revés, y hasta un jerarca del sector de Almagro acusaba a ese país de ser una peste global?

Y la cosa siguió tomando color. Días después uno de los exdetenidos de Guantánamo rompió su silencio, cruzó a Buenos Aires, y luciendo su uniforme naranja, ahora casi más asociado a los degüellos del ISIS que a la cárcel ilegal estadounidense, se despachó con una serie de consignas poco adecuadas para un refugiado en suelo ajeno. Incluso llegó a decir que él vino “acá para luchar”, haciendo correr un frío incómodo por la espalda de algún malpensado.

La verdad es que una década preso en las condiciones del señor en cuestión justifican algunos excesos. Pero no la idea de que el gobierno nunca tuvo muy claro ni quiénes eran estos muchachos, ni cómo atenderlos con el cuidado preciso, ni cuáles serían sus acciones a mediano plazo. Algo que contrasta con la ejecutividad argentina, que apenas el hombre abrió la boca, lo acompañaron hasta el Buquebus para asegurarse que se mandara mudar.

Para rematar la semana, al día siguiente de las declaraciones del señor del uniforme naranja, el mismísimo presidente de la República se apersonó en la casa donde el Pit-Cnt los alberga (¿alguien puede explicar en base a qué?), y los intimó a dejarse de cosas y ponerse a laburar. Por si no había sido claro, luego ratificó el mensaje en su audición radial, donde los prendió fuego acusándolos simpáticamente de vagos, de ser gente de clase media (pecado mortal), adictos a internet, de ser distintos a los inmigrantes de hace medio siglo, que venían a dejar el lomo trabajando. Solo faltó que dijera que nunca se subieron a un arado. Es de esperar que su español todavía no sea tan bueno como para haberlo escuchado.

Todo esto deja una sensación incómoda de improvisación, de voluntarismo, de ausencia de un plan estudiado, de que hay alguien a cargo que está manejando todo profesionalmente y con eficiencia. Y si nos ponemos a agregar a la mezcla a la barra de refugiados sirios recién llegados de un conflicto sangriento, y que intentan adaptarse al país de manera despareja y plagada de problemas, sin que esté claro quién del organigrama oficial es el responsable de su supervisión, la inquietud aumenta en forma exponencial.

Con un detalle más, está bien que somos un país amable, lejos de los problemas violentos del mundo. Pero si sumamos sirios, iraníes, presos de Guantánamo, a un gobierno talenteador y poco riguroso, y le agregamos algunos condimentos como rencores, diferencias culturales, y contrastes de costumbres chocantes... tal vez no haya que esperar diez años para ver algo pasar.

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