Martín Aguirre
Martín Aguirre

Guantánamo, Moreira y las etiquetas

A primera vista, parecen inexplicables. Dos hechos ocurridos en la semana que pasó rompen los moldes que se usan para definir la política en Uruguay. Y vistos con un poco de contexto, comprueban lo liviano de algunas definiciones perezosas aplicadas en estos tiempos de lucha electoral.

A primera vista, parecen inexplicables. Dos hechos ocurridos en la semana que pasó rompen los moldes que se usan para definir la política en Uruguay. Y vistos con un poco de contexto, comprueban lo liviano de algunas definiciones perezosas aplicadas en estos tiempos de lucha electoral.

El primer hecho fue la salida de Luis Lacalle Pou, diciendo que no estaría dispuesto a aceptar la llegada de reclusos de Guantánamo, pactada entre el presidente Mujica y Barack Obama. Dejemos por un momento de lado lo justo del pacto, que contribuiría a poner fin a una de las aberraciones más terribles generadas por la "guerra al terrorismo". Pero para el testigo poco informado esta postura no tiene pies ni cabeza. Un candidato de "la derecha", "neoliberal", "de Carrasco", y por ende casi esbirro de la embajada americana según los manuales políticos en boga, ¿por qué hace esto? ¿Cómo se va a oponer a un acuerdo que nos hace ganar puntos con Washington? Dos explicaciones pueden aclarar el punto: una histórica y otra de estrategia.

Aunque hoy no se mencione demasiado, durante muchos años el Partido Nacional representó el sentir antiimperialista en Uruguay. Sobre todo por su lucha histórica contra la influencia de Argentina y Brasil en nuestro suelo. De hecho, el bisabuelo de Lacalle Pou, Luis Alberto de Herrera, fue el gran responsable de evitar que en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, se instalara una base militar de EE.UU. en Laguna del Sauce. Por esa postura debió enfrentar una campaña durísima de agravios, entre otros, nada menos que del Partido Comunista uruguayo. Este, siguiendo órdenes de sus jefes en Moscú, entendía que en el marco de la guerra global contra el fascismo al que asociaban a la por entonces peronista Argentina, la base americana en suelo uruguayo era útil a sus intereses. O sea, que la postura de Lacalle Pou en el fondo no es nada extraña a la historia de su partido, ni a la de su propia familia.

Por otro lado, y desde la estrategia, esa postura mueve a muchos blancos que hoy serían definidos como de "centroizquierda". Esos a los que el propio Tabaré Vázquez dijo esta misma semana que piensa apelar en caso de llegar al poder sin mayorías propias, con lo cual se puede pensar que esta postura de Lacalle Pou ayuda a cortar una vía de salida de votos blancos de ese tipo hacia el Frente Amplio. Nada pasa porque sí.

El otro evento curioso ocurrido en la semana fue la declaración de Constanza Moreira diciendo que "los gobiernos 'K' han sido los mejores de los últimos 40 años" y que "he sido de las pocas defensoras del gobierno argentino en el Parlamento". Estas palabras son difíciles de entender a tres bandas: primero porque los "gobiernos K" son la cosa más impopular que pueda existir en Uruguay, y por buenos motivos. Segundo, un partido como el Frente Amplio que se jacta de ser antiimperialista, ¿cómo es que pacta con Estados Unidos? ¿Y encima defiende a un gobierno como el argentino que ha tenido hacia Uruguay prácticas fácilmente calificables como imperialismo "clase B"? No contento con esto, reivindica a un gobierno peronista, cuyo líder histórico fue siempre vilipendiado por las izquierdas al gusto de Moreira. ¿Cómo se entiende?

Desde el punto de vista estratégico y electoral, quien esto escribe debe admitir que no encuentra explicación posible para las palabras de Moreira. Ahora desde el punto de vista ideológico, la cosa parece más sencilla. La verdad es que el discurso de los "K", Néstor, pero sobre todo Cristina, siempre han tenido simpatizantes en Uruguay. Esa postura confrontativa con el empresariado, los medios de prensa y el sector agropecuario, esa división del mundo entre buenos y malos, esa concepción de que el control de todos los resortes del Estado es clave para hacer una reingeniería de la sociedad, incluso esa visión económica neomarxista, seduce a pequeños sectores políticos y académicos en nuestro país. Basta ver algunos programas argentinos que retransmite el canal 5. Si no lo han manifestado en forma más explícita, es porque es tan grande la impopularidad de los "K" en Uruguay, que el ponerse de su lado es casi un suicidio político. Pero cada tanto, se ve, el sentir pesa más que la estrategia.

Más allá de los hechos en sí, estos episodios muestran la debilidad de las simplificaciones políticas. De lo difícil de adaptar la coyuntura de cada país a conceptos como derecha, izquierda, imperialismo, o nacionalismo. La realidad es caprichosa y no suele respetar las etiquetas.

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