Martín Aguirre
Martín Aguirre

El Fonasa y los agujeros

Eso no es una nota, es una columna de opinión”. La inapelable sentencia de la editora (muestra de cómo la relación jerárquica en una Redacción no tiene nada que ver con lo que especulan algunos), mandó al director para atrás con su idea, y lo dejó mascullando sobre cómo hacer en 4 mil caracteres una evaluación de los 10 años de la reforma de la salud.

Eso no es una nota, es una columna de opinión”. La inapelable sentencia de la editora (muestra de cómo la relación jerárquica en una Redacción no tiene nada que ver con lo que especulan algunos), mandó al director para atrás con su idea, y lo dejó mascullando sobre cómo hacer en 4 mil caracteres una evaluación de los 10 años de la reforma de la salud.

Más que una evaluación, para ser honestos, una mirada crítica. Es que la noticia de la estafa al Fonasa disparó una reflexión que hace tiempo rondaba en la cabeza: ¿funciona bien esta reforma? ¿Benefició a los más humildes? ¿Es sostenible financieramente?

La última pregunta es la más acuciante. El año pasado el déficit del sistema fue de US$ 432 millones, un 38% más que el año anterior. Este déficit viene creciendo de manera imparable desde el inicio del sistema: en 2011 fue un 0,1% del PBI; en 2013, un 0,5%, y en 2015, un 0,7%. El espiral en rojo no tiene pinta de frenarse.

La respuesta del gobierno es que no se puede decir que eso sea un déficit ya que siempre se supo que iba a haber que aportar recursos extra. Un argumento que se podría usar exacto para hablar de la famosa Caja Militar, ya que desde el momento en que el país decidió achicar sus fuerzas armadas, o sea que redujo los aportantes, era sabido que habría que capitalizarla.

La otra respuesta para explicar este agujero creciente viene de genios de la dialéctica como el exministro Olesker, quien ha dicho que el problema es culpa de la duplicación de prestaciones, y que todo se solucionaría eliminando la devolución de excedentes del Fonasa. O sea, aumentando el costo del sistema a los que menos lo usan. ¡Brillante!

Ahí entra otra pata del asunto. Desde el inicio de la reforma, la cantidad de gente que se afilió a seguros privados de salud, o sea que además de lo que se les retiene por Fonasa deben pagar otra linda suma encima, ha crecido más de un 30%. Lejos de lo que pasaba 10 años atrás cuando estos seguros eran usados por un grupo ínfimo de la sociedad, hoy la sala de espera en el Británico es un crisol donde conviven desde empresarios, gente de clase media que se nota hace un esfuerzo mayúsculo para pagar la cuota, ex ministros socialistas o jerarcas de la Intendencia de Montevideo integrantes del MPP.

La explicación de este tema es que la reforma ha complicado notoriamente el servicio en las tradicionales mutualistas uruguayas, ámbito que hasta antes de la reforma aglutinaba democráticamente a los sectores más diversos de la sociedad. Las demoras para conseguir un especialista, la superpoblación y los costos accesorios han generado una notoria caída en la calidad de la asistencia.

Y la reforma tampoco ha logrado una mejora sustantiva de los centros públicos manejados por ASSE, a los cuales pese a que se les ha reducido de manera drástica la “clientela” (de cierta manera privatizándola al darle acceso a las mutualistas), no hay día que no aparezcan en algún informativo con problemas de atención.

Pero volvamos a la estafa del Fonasa, esa que según algunos es millonaria, pero para el presidente Vázquez sería de “solo” 30 mil dólares, cosa rara de decir cuando la Justicia no puede avanzar en la investigación porque el propio Ejecutivo no le aporta los documentos necesarios para profundizar.

En economía se habla de los “incentivos” como raíz de todo fenómeno. ¿Y qué incentivos tienen hoy las mutualistas en un sistema cerrado e hiperregulado para mejorar sus finanzas? Competir por usuarios en base a calidad de atención parece difícil, cuando el Estado les regula desde los equipos que pueden comprar hasta la publicidad que pueden hacer.

El mensaje que da el sistema hoy es que el incentivo, lo que sirve, es tener “cápitas”, o sea socios que hagan que el Estado te dé más plata. A cualquier precio. Y cualquiera que entienda algo de historia sabe que un sistema burocrático centralizado que mueve tanto dinero, es tierra fértil para la corrupción. Así aparecen estos fenómenos de nombre tan ocurrente como “intermediación lucrativa”. Casos de corrupción como el destapado hace poco parecen tan previsibles como inevitables.

La novedad estos días es que el ministro Basso dijo que se está en condiciones de levantar el “corralito mutual”. ¡Claro! Una vez que se ha eliminado toda posibilidad de competencia sana, cuando todas las mutualistas tienen una situación similar de desborde en la atención y en las finanzas, y donde hasta la decisión más ínfima depende del burócrata de turno, ¿quién va a tener interés en cambiarse?

La editora, en la charla del inicio, señalaba que la reforma también tenía muchas cosas buenas. Es posible. Lo llamativo es que con un esquema que hace agua por tantos lados, y a 10 años de su implementación, nadie esté planteando hacer un análisis frío y realista del mismo. Otro debate profundo que esta sociedad patea para delante, mientras discutimos el tipo de envase en el que se vendería marihuana en las farmacias.

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