Martín Aguirre
Martín Aguirre

El discurso único

El integrismo es el gran mal de estos días. Hay religiosos, como los que palpitan detrás de eventos como los de Niza o Turquía. Hay políticos, como los que generan a personajes como Trump o Maduro. Y después hay otro tipo de integrismo, que no por ser más discreto, es menos nocivo. ¿Cómo llamarlo? Esa es brava. Llamémosle, para salir del paso, el integrismo del discurso único.

El integrismo es el gran mal de estos días. Hay religiosos, como los que palpitan detrás de eventos como los de Niza o Turquía. Hay políticos, como los que generan a personajes como Trump o Maduro. Y después hay otro tipo de integrismo, que no por ser más discreto, es menos nocivo. ¿Cómo llamarlo? Esa es brava. Llamémosle, para salir del paso, el integrismo del discurso único.

Se trata de la imposición de determinadas posturas por parte de funcionarios políticos o académicos (la separación en Uruguay es cada día más difícil) contra las cuales nadie puede manifestar discrepancia sin ser condenado a la hoguera de la inquisición 3.0. La de la corrección política y el fascismo discursivo. Son pocos quienes se animan a enfrentar este flagelo. Uno de los más visibles es Hoenir Sarthou, que en una columna del semanario Voces prendía la alerta hace un par de días (otra vez) sobre este problema.

Tomando como eje la actuación de la Intendencia de Montevideo que con velocidad fulgurante quitó un permiso a un boliche por ofrecer gaseosas gratis a las chicas que asistieran de calzas, Sarthou denunciaba una postura intolerante de quienes manejan el área de desarrollo social de la IMM. El punto es claro. No se trata de simpatizar con el organizador ni su estrategia publicitaria. Pero que jerarcas de una oficina pública se aprovechen de aspectos burocráticos, como la falta de permiso de bomberos, para coartar la libertad comercial porque la propuesta no va en línea con su visión, es un abuso de poder inaceptable. No es el primer caso.

Sarthou recordaba el episodio del tanguero de la Plaza Fabini, o la editora de una revista juvenil, obligados a hacer un curso de reeducación moral por la misma causa. La polémica en torno a la Reina del Carnaval, o aquel consurso literario sobre Onetti donde se premiaba extra por tratar temas de diversidad sexual.

La denuncia es pertinente, y también se ha tratado alguna vez en este espacio. Cada uno tiene derecho a abrazar con pasión las mejores causas del mundo. Lo que no puede es imponer esas causas a los demás, cuando no hay normas legales votadas por legítimos representantes de la sociedad. Es el inicio de una espiral de intolerancia de consecuencias graves.

Pero hay otros aspectos más difusos de esta corriente de imposición de un pensamiento único que son igual o más graves que la revolución cultural que viene impulsando la IMM. Pasa cuando se establece una determinada lectura de la realidad política como única e indiscutible, y se apela al arsenal de presión de la academia, de los medios, de las redes sociales, para defenestrar a cualquiera que ose desafiarlo. Un caso claro fue lo ocurrido esta semana con el paro general del Pit-Cnt.

Pocas veces se han visto en el país gestos de hipocresía del nivel de los acometidos por ciertos dirigentes del Pit en estos días. Por un lado enarbolando un discurso confrontativo y agresivo, festejando que por ejemplo en Tres Cruces se haya generado un piquete que no dejó trabajar a quien así lo quiso. Por otro, exigiendo a un gobierno democrático alinearse con su visión en temas que nada tienen que ver con su función. Como por ejemplo exigir que no haya acuerdos comerciales por fuera del Mercosur. Y obviando el rol protagónico que tuvieron las ideas y hasta los dirigentes que apoyan, en el gobierno anterior, cuyos desbarajustes son en buena medida la causa de las restricciones de hoy.

Todo bien, pero ¿no hay un político que salga y diga que todo eso es un disparate? ¿Que la libertad gremial no implica pisotear la libertad de trabajo de nadie? ¿Que la visión marxista que se usa para analizar la realidad por parte del Pit no es más que una teoría, que ha fracasado siempre que se quiso usar para organizar la sociedad? ¿Que tienen todo el derecho a defenderla, pero no a imponérsela al resto?

Sucede que quien ose decir algo así, será inmediatamente crucificado. Más vale callarse.

El problema con el pensamiento único es que mata el debate y al imponer un corsé a la discusión pública, frena la creatividad y a los espíritus rupturistas que desatan el verdadero progreso social.

Volvamos a Onetti, tal vez el mayor escritor nacido en Uruguay. En su primer libro, El Pozo, aparece un párrafo de esos que golpean como una trompada. Dice allí: “He leído que la inteligencia de las mujeres termina de crecer a los 20 o 25 años. No se nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa. Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad. Muere siempre, y terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y obscuro de parir un hijo. Piénsese en esto y se sabrá por qué no hay grandes artistas mujeres. Y si uno se casa con una muchacha y un día se despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con chocolatines en las esquinas de los liceos”.

¿Cómo le iría a Onetti hoy si se presentara al premio que lleva su propio nombre?

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