Martín Aguirre
Martín Aguirre

El crimen y los culpables

La sociedad uruguaya está consternada. Los dos crímenes aberrantes de estos días, caídos en un terreno fértil por los años de espiral creciente en materia de delitos, han generado reacciones como hacía mucho no se veían en el país.

Y esta opinión pública dolida empieza a replantearse cosas centrales, en algunos casos como reflejo de una sana indignación, en otros, como muestra de especulación bastante trucha. Veamos dos.

Lo primero que se ha escuchado con insistencia es el planteo de medidas extremas como la pena de muerte o la reclusión perpetua. Ante esto, la mayoría de los entendidos comete el error de deslegitimar cualquier planteo como retrógrado, sin entender que la sociedad en estos momentos necesita argumentos sólidos, y no eslóganes y agravios.

Hay dos razones centrales por las cuales los países con sistemas penales humanistas rechazan estas medidas. La primera es filosófica: ¿tiene derecho la sociedad a quitarle la vida a un individuo? No hablamos de un familiar de una víctima en un rapto de ira comprensible, sino de la sociedad en general, mediante un frío y siempre burocrático procedimiento, decida que un ser humano igual que cada uno de sus miembros no tiene más derecho a vivir. O que tiene que pasar el resto de su vida en una jaula.

Pero a esto hay que sumar otro elemento no menos importante, que es la falibilidad de todo sistema judicial. ¿Cuántas veces ha pasado que un delincuente condenado y que atravesó todo el sistema penal, resulta ser inocente? ¿Le tenemos tanta fe a nuestro sistema como para darle la autoridad de tomar medidas de esa gravedad?

El autor tiene claro que no, aunque casos como estos nos hacen dudar a todos de nuestras convicciones más profundas.

Ahora bien, hay un segundo elemento de discusión que ha surgido a raíz de estos casos criminales, y es el que plantea quién sería el principal responsable de los hechos. Si el individuo que los comete, o la sociedad que genera las condiciones para que surja alguien con los valores tan atravesados como para cometer un hecho así.

Esta es una discusión de larga data en materia penal y tiene un trasfondo ideológico. Cosa que planteos como el de la jerarca de la Intendencia de Montevideo, Fabiana Goyeneche, de que hay un "sistema" que genera "monstruos", pone blanco sobre negro.

Es claro que quien crece en determinada sociedad está marcado en cierta forma por la misma. Pero sugerir que una conducta criminal individual se debe a que hay "un sistema que lo alimenta", es peligroso, no es realista, y tiene una intención secundaria complicada.

No es realista porque a pesar de la seguidilla de casos recientes, estamos ante crímenes absolutamente excepcionales. Si hubiera una sociedad que incubara en forma masiva este tipo de violencia, los números serían otros. Y asociar estos crímenes a otros distintos que conmueven a la sociedad parece, como mínimo, liviano.

Es peligroso porque implica reducir la responsabilidad del individuo que comete un delito, diluyéndola en toda la sociedad, a la vez que minimizando algo tan central como la libertad individual.

Todos estamos rodeados de estímulos e incentivos, pero al final del día es la persona la que toma decisiones y la que se tiene que hacer responsable de las mismas. Es como cuando se quiere justificar una rapiña con el argumento de las condiciones de pobreza o necesidad. Hasta cierto punto se puede aceptar un atenuante en ese sentido. Pero atribuir toda la culpa al entorno es ser injusto con una mayoría de gente que, pese a padecer los mismo problemas y estímulos negativos, sale cada mañana a romperse el lomo para progresar honestamente en la vida.

Y, por último, tiene una intención velada que vale la pena destapar. Porque el paso siguiente cuando un político empieza a sugerir que todos los problemas tienen una raíz en la sociedad en vez de en las personas que, como en estos casos cometen delitos aberrantes, es reclamar el poder para cambiarla. O sea que como en el fondo usted, lector, tiene parte de la culpa de que dos personas hayan violado y matado a dos chiquilinas, al ser parte de una sociedad que alimenta a estos "monstruos", precisa que un grupo de gente que se ha dado cuenta de esto, lo lleve por el camino correcto.

No pregunte mucho cómo es que esta elite preclara ha logrado abstraerse de la influencia nefasta de la sociedad para ver la luz hacia la cual lo quieren llevar. Ni de qué manera concreta piensan hacerlo sin caer en el gulag o en el campo de reeducación. Porque eso lo convertirá de inmediato en un facho heterosexual, clase media, hincha del patriarcado, y toda esa letanía que alguna gente usa para explicar desde un crimen sexual hasta la campaña de Rampla Juniors.

Pero cuando un dirigente político empieza a hablar de ingeniería social y a dictar pautas morales a esa misma sociedad que lo vota y es en buena medida su superior, es como para que corra un frío por la espalda. La historia está llena de ejemplos de lo mal que termina esto siempre.

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