Martín Aguirre
Martín Aguirre

Clasismo, estatismo y té con hielo

La historia (no tan) reciente no es un fuerte del autor. Que pese a haber dejado atrás hace ya tiempo los beneficios de la tarjeta joven, no tenía ni 18 años cuando el referéndum de la ley de caducidad. Por eso esta pieza se centrará en otro tema que marcó la agenda de estos días; la nueva cruzada contra el alcohol, ya que el mismo deja en evidencia dos de los problemas más graves que tiene el país hoy; la obsesión estatista y la falta de representatividad del sistema político uruguayo.

La historia (no tan) reciente no es un fuerte del autor. Que pese a haber dejado atrás hace ya tiempo los beneficios de la tarjeta joven, no tenía ni 18 años cuando el referéndum de la ley de caducidad. Por eso esta pieza se centrará en otro tema que marcó la agenda de estos días; la nueva cruzada contra el alcohol, ya que el mismo deja en evidencia dos de los problemas más graves que tiene el país hoy; la obsesión estatista y la falta de representatividad del sistema político uruguayo.

Según se informó, hay acuerdo entre el presidente Vázquez, todas las fuerzas políticas, así como el sindicato de la bebida y Cambadu para impulsar una ley contra el alcohol. La misma tendría como ejes centrales prohibir la venta entre las 22 y las 8 am, la tolerancia cero en conductores, el destierro de las happy hours y la venta de productos cruzados como alcohol con bebidas energizantes. Además, algo realmente esencial, se regula que no pueda exponerse el alcohol en los comercios junto a bebidas no alcohólicas. Y para controlar todo esto se crea una entidad estatal, la Urba, financiada con otro impuesto sobre el alcohol, para controlar todas estas cosas. También, hay revoloteando otra propuesta para crear un sistema de licencias para la venta.

Cuando alguien lee estas cosas, es difícil no cuestionarse si el peor pecado de nuestros dirigentes es la soberbia, el desprecio a la inteligencia de los ciudadanos, o la ausencia de sentido del ridículo.

Lo primero, porque hasta un niño sabe que esto va a tener cero impacto en el consumo de alcohol. Como mucho afectará al pobre trabajador que sale tarde de su oficina y se olvidó de comprar una botella de vino para no llegar con las manos vacías a un cumpleaños. El que quiera tomar, y pueda pagarlo, irá a un bar, y la barra de la esquina (objetivo excluyente del proyecto) se aprovisionará antes de la hora de veda. Y si no, como siempre que hay una demanda, el mercado negro la satisfará a precio exorbitante.

Pero... ¿no era que queríamos limitar el consumo de drogas facilitando el acceso a las sustancias, para eliminar mafias y adulteraciones? Pero... ¿nadie vio la experiencia de otros países con estas regulaciones, que no logran frenar el consumo en nada? Pero... ¿nadie vio nunca una película de mafiosos americana y lo que genera el sistema de licencias?

Hay otra cosa inquietante en todo esto. Dejando de lado el tema del alcohol en los conductores, que afecta a terceros y por eso el Estado debe controlarlo, ¿es el rol del gobierno escondernos el vino y la cerveza en los supermercados? ¿Somos tan débiles y estúpidos que necesitamos que un funcionario público vigile que no nos vendan 2 x1 en los bares porque no nos podemos autocontrolar? Hablamos de un estado que no puede evitar que vaya gente al liceo con hambre, que los perros se coman a los pacientes en algunos hospitales, que la mitad de los estudiantes no deje secundaria sin terminar, que las rapiñas crezcan año tras año, que el proceso penal se parezca a algo civilizado del siglo XXI, que el agua de la canilla funcione bien. Pero sí tiene tiempo, recursos, y ambición suficiente como para decirle a la gente hasta qué hora y dónde puede comprar una cerveza.

Eso nos lleva al tema de la representatividad política. Que el presidente Vázquez impulse algo así, de última es entendible. Si algo ha unido a los distintos socialismos a lo largo de la historia, desde tiempos del hombre nuevo, hasta la tercera vía es la desconfianza en la libertad individual. Todo ese esquema ideológico se basa en que hay una vanguardia dirigente que tiene que ordenar y regular las salvajes apetencias individuales.

Es más llamativo lo que pasa con el Partido Nacional. Si bien ahora trascienden algunas versiones, de que habría molestia interna por el apoyo irrestricto al proyecto presidencial, la verdad es que el tema está sobre la mesa hace días, y todos los comentarios que se han escuchado de distintas vertientes de ese partido, de esencia libertario, son de adhesión entusiasta al mismo. Algo tan asombroso, como explicativo de algunas performances electorales.

Todo el espectro político parece alineado con la idea, pero... ¿será que toda la población la comparte? ¿no hay nadie que represente el punto de vista de los que creen que cada adulto debe ser responsable de su propia vida?

El alcoholismo es un tema que amerita cambios culturales, campañas educativas, y un estado dispuesto a apoyar a la gente afectada. Pero la experiencia comparada muestra que las prohibiciones así no funcionan. Que en una democracia hay que respetar que la gente, mientras no perjudique a otros, pueda hacer con su vida lo que quiera, aunque no nos guste. Pero sobre todo, que en un país como Uruguay, el Estado tiene una lista demasiado larga de problemas a resolver, bastante más serios que controlar en que parte de la góndola va el vino. ¿No?

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