Martín Aguirre
Martín Aguirre

Cacerolas en Marconi

La confirmación de la fuerte suba de impuestos anunciada esta semana, cayó como una bomba. Tal vez porque se da en un momento donde ya se palpaba que el boom económico de años pasados es efectivamente pasado. Tal vez porque la gente ya viene con sus ingresos menguados, y este mazazo le despatarra todos los números.

La confirmación de la fuerte suba de impuestos anunciada esta semana, cayó como una bomba. Tal vez porque se da en un momento donde ya se palpaba que el boom económico de años pasados es efectivamente pasado. Tal vez porque la gente ya viene con sus ingresos menguados, y este mazazo le despatarra todos los números.

Pero hay algo más que genera irritación y que amenaza ser un parteaguas en el vínculo entre el Frente Amplio gobernante y al menos un sector de la clase media, donde hasta ahora cosechaba buena parte de sus votos. Y es una cierta exhibición de soberbia, de subestimación de la inteligencia de la gente.

Donde primero se palpó esto fue en la forma en que se comunicó la noticia. Cuando se filtró la novedad en la edición del sábado pasado de El País, la primera reacción del gobierno fue de enojo, y algún mal dormido llegó a hablar de “terrorismo informativo”. El lunes, cuando no hubo más remedio que confirmar la primicia, el encargado de hacerlo fue nada menos que Raúl Sendic. Esto plantea una disyuntiva de hierro: o hay gente que quiere hundir a Sendic, o hay un desprecio flagrante por la sensibilidad popular.

¿Justo el jerarca con peor imagen, justo el político que gestionó la empresa estatal a la que se acaba de tener que capitalizar en una cifra de casi el doble de lo que se recaudará con estos impuestos, justo el funcionario que se acaba de denunciar que gastó 60 mil pesos en pulir el piso de su oficina, es el encargado de dar la noticia?

Luego está la explicación de Vázquez y Astori. El argumento de que no se viola la promesa de campaña de no aplicar nuevos impuestos porque lo que se está haciendo es subir las tasas de los ya existentes, es como para hacer calentar a una momia. Y para peor, el tono. La forma displicente en que Vázquez habló del tema, apelando a una jocosidad tan poco habitual como recomendable en un tema así. Comunicación política de primero, ¡aplazado!.

Pero lo que vino después fue, francamente, mucho peor.

La manera en que el gobierno y sus operadores intentaron acallar las críticas al golpe impositivo fue del mejor cuño kirchnerista. Por un lado afirmando que cualquiera que gane 50 mil pesos es un privilegiado que no tiene derecho a quejarse, y por otro sembrando una polarización social, cuando al desatarse una espontánea protesta con cacerolas en algunos barrios de la capital, se pretendió desestimar con el argumento de que eran los ricos insolidarios que no querían apoyar en un momento delicado. Cacerolas de terciopelo, a decir del senador Agazzi.

Sobre lo primero vale decir que sería interesante saber privilegiado por quién es alguien que gana ese dinero. Seamos claros, con lo caro y problemático que es tener un empleado en Uruguay, si un patrón le paga a alguien 50 mil pesos, es seguro que se ha ganado cada centavo de esa cifra. Segundo, vivimos en un país donde una familia tipo puede gastar en invierno sin emocionarse mucho 5 mil pesos de luz. ¿Renta con 50 mil pesos? Por último, en estos días se ha leído que en Estados Unidos hay una gran polémica porque los obreros de McDonald’s exigen un aumento de su salario mínimo de 9 dólares la hora a 15. ¿No da un poquito de vergüenza hablar de que con lo que se paga acá después de una década de prosperidad progresista, alguien que gana 50 mil pesos puede ser un “privilegiado”?

Sobre la división de barrios entre cajetillas y populares, entre buenos y malos, ¿acaso no fue el Frente Amplio el vencedor en la mayoría de los barrios costeros de la capital? ¿Ahora resulta que esa gente es descartable? ¿Dónde viven todos los principales dirigentes del Frente Amplio? ¿En Maroñas, Sayago, Marconi?

Hablando de Marconi es verdad que allí no hubo cacerolazos. Hubo, eso sí, una asonada donde el barrio entero se rebeló contra la policía, quemando ómnibus, atacando ambulancias, en una descarga de violencia feroz. Resultó interesante escuchar a un dirigente barrial, quejándose de la discriminación que sufren a manos de la policía y la total ausencia del Estado en esa zona pauperizada.

Eso obliga a hacer una pregunta que es central y que vincula todo esto. Cuando llegó al gobierno el Frente Amplio en 2005, el Estado ingresaba 4.800 millones de dólares al año. En 2015 esa cifra era de 15 mil millones. Hace unos días, una recorrida sorpresa de un diputado blanco dejó en evidencia que la situación de los hospitales públicos es mala. Las evaluaciones más recientes muestran que la educación pública sigue en crisis, lo mismo que revelaron las cifras sobre seguridad. Y si encima el Estado sigue sin ser una fuerza presente en un barrio como el Marconi, ¿dónde fue a parar toda esa plata? ¿Es raro que la gente se enoje porque le saquen más?

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