Martín Aguirre
Martín Aguirre

Ni cabida y poca bola

Argentina no deja de sorprender. Esta semana, por ejemplo, se publicaba en La Nación un decálogo escrito por un periodista kirchnerista en Facebook para “aguantar” los malos tiempos que le toca vivir a los “militantes” tras 12 años de esplendor y excesos.

Argentina no deja de sorprender. Esta semana, por ejemplo, se publicaba en La Nación un decálogo escrito por un periodista kirchnerista en Facebook para “aguantar” los malos tiempos que le toca vivir a los “militantes” tras 12 años de esplendor y excesos.

“No te sientas solo. Seguramente antes de llegar a la esquina vive un compañero quizá más pulenta que tú. Júntense, hagan choripanes, pongan música, y charlen hasta tarde. También beban vino”, dice el primer punto. Y sigue: “No te cuides en las comidas. El compañero se alimenta de cosas que lo ponen contento: chocolate, huevos fritos, facturas, salamín, toma vino, fernet, o lo que le quepa mejor”. “No ahorrés en todo. Hay algo que seguro te dará por las bolas perder. Detecta ese elemento, y mantenlo. En mi caso es el papel higiénico bastante suave. Pero cada uno sabe lo que le jode más”. Y como si esta confesión de sensibilidad rectal fuera poco inquietante, luego viene lo peor.

“No estés esperando cada día la llegada de Cristina. Ella llegará cuando el momento sea propicio. No discutas con gorilas, y menos si son desconocidos. No penséis demasiado en los traidores. Piensa en todos los compañeros leales que bancan la parada, de esos será la patria prometida. Al traidor, ni cabida y poca bola”.

¿Cómo explicar en pleno año 2016, y en una sociedad donde sobreabunda la información que alguien pueda mostrar este nivel de fanatismo, culto a la personalidad, e intolerancia? Sobre todo cuando hace semanas todo el planeta vio a uno de los personajes clave de la gestión kirchnerista revoleando nueve millones de dólares para dentro de un convento, mientras empuñaba un fusil de asalto.

Hay una teoría tomando fuerza que afirma que la explosión de las redes, y la posibilidad que brinda la tecnología hoy de segmentar la información y rodearse de “amigos” que piensan igual que uno, está generando un quiebre en la sociedad, y potenciando el sectarismo. Esto opera como una bola de nieve cortando los puentes de diálogo que son vitales para desafiar los propios pensamientos. “No discutas con gorilas” significa: no pongas a prueba tus convicciones, o sea, la muerte del sentido básico de la democracia.

Parte del problema es que la gente, sobre todo muchos jóvenes, empiezan a informarse cada vez más mediante estos círculos que por los medios masivos de comunicación. Medios denostados durante años por los pensadores de raíz marxista, pero que por su propia naturaleza masiva, informan sobre distintos temas y con distintos puntos de vista.

En Uruguay tenemos varias expresiones que alertan sobre los peligros de este fenómeno, que afecta a todos los sectores políticos, pero se nota con más flagrancia en los que están en el gobierno. Basta escuchar a muchos funcionarios obsesionados con agendas superficiales y que te hablan de problemas como el “heteropatriarcado” o cambiar el nombre a los centros del INAU cada seis meses, en un país donde dos de cada 100 pobres llega a la Universidad. Y donde uno de los sectores “jóvenes” del oficialismo impulsa una guerra abierta a las universidades privadas y a los institutos educativos que hacen tarea en los barrios humildes.

Pero el fenómeno no afecta solo a los que se pasan todo el día con la nariz en Twitter o Facebook. Por ejemplo, esta semana estuvo marcada por un raid mediático de la ministra Marina Arismendi, quien dio entrevistas varias y nos regaló una sedante cadena nacional. En cada frase Arismendi expone un nivel de certidumbre, de absolutismo en sus posiciones, que habla maravillas de la efectividad del sistema universitario de la vieja RDA, donde (según Wikipedia), obtuvo su licenciatura en la escuela superior Karl Marx de Berlín. Y que deja a la nueva guardia revolucionaria del grupo IR, como unos blanditos amateurs.

Arismendi se espanta porque ve que la sociedad uruguaya “odia a los pobres”. Arismendi se indigna porque se pida contrapartidas a los que reciben dinero del Estado. Arismendi se conmueve porque hay gente a la que le fue muy bien en estos años y no quiere aportar más al Estado. Arismendi se subleva porque el Tribunal de Cuentas haya observado la mitad de los gastos de su ministerio.

Ahora bien, ¿es razonable ese nivel de convicción? ¿Ni por un momento Arismendi duda acerca de si su enfoque de división social es realista? ¿Sobre si los magros resultados de su ministerio tras una década puedan tener más que ver con un enfoque ideológico errado o falta de buena gestión y no porque los ricos egoístas no quieran darle más plata? ¿Sobre si no habrá algún aporte útil que pueda venir de otra visión política? Lejos de eso, la postura de Arismendi y su entorno, muy en sintonía con el decálogo “K”, parece resumirse en “ni cabida y poca bola”. Aunque los resultados muestren que se sigue chocando contra una pared.

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