Martín Aguirre
Martín Aguirre

La ambigüedad

Lo que mata no es la humedad. Mentira. En Uruguay, al menos, si hay algo que asesina la discusión pública son los eufemismos, las medias tintas, los devaneos verbales para no llamar a las cosas por su nombre. Un par de hechos ocurridos esta semana dan fe de esta verdad, y alientan la esperanza de que la sociedad pueda estar empezando a cansarse de la misma.

Lo que mata no es la humedad. Mentira. En Uruguay, al menos, si hay algo que asesina la discusión pública son los eufemismos, las medias tintas, los devaneos verbales para no llamar a las cosas por su nombre. Un par de hechos ocurridos esta semana dan fe de esta verdad, y alientan la esperanza de que la sociedad pueda estar empezando a cansarse de la misma.

Es curioso la variedad, el color, y la agudeza de los insultos que se le pueden ocurrir a alguien cuando está sepultado en un atasco de tránsito. El autor lo palpó en carne propia el pasado jueves cuando debió cruzar la ciudad desde la Plaza Cagancha hasta la zona del LATU a las 6 de la tarde. Al cada vez más asfixiante panorama de la hora pico capitalina, se sumaba la estampida humana que, aprovechando el fin de semana largo del Día del Trabajador, huía despavorida hacia el este del país. Rivera, la Rambla, Avenida Italia, parecían ríos de metal, avanzando a exasperante paso de tortuga.

Pero este panorama, común a cualquier gran metrópoli global, se agravaba por la inoperancia oficial. Ni un inspector, ni un policía de tránsito, ni un representante del Estado que organizara semáforos, movilizara al repartidor mal parado, al carro de caballo, al bus prepotente.

La indignación ante este vacío estatal crecía al aparecer en la radio un jerarca de la Unasev dando cátedra sobre lo importante que era la aplicación de la tolerancia cero al alcohol en los conductores, ya que la dosis permitida hasta entonces confundía a la gente. ¿Seguro? ¿No confunde más que no se controle cómo se maneja? ¿El estado de los vehículos? ¿De las calles? ¿Del tránsito en las horas pico? ¿O será que enfocarse en el alcohol es lo más fácil y políticamente correcto que se puede hacer sin complicarle la vida a ningún burócrata amigo?

Otro ejemplo de artificios verbales se pudo ver en el acto del Pit-Cnt por el 1° de Mayo. Empezando por el tono de los discursos. Tal vez sea la marca de la yerba, pero no deja de asombrar la furia, el enojo obligatorio de los oradores, lo mismo para denunciar al imperialismo yanki que para saludar a los que armaron el estrado, o para felicitarse por las medidas contra la violencia doméstica.

Y al analizar los contenidos, la sensación de ambigüedad solo se agrava. Por ejemplo cuando se habla de defender la soberanía nacional a cualquier precio, por parte de figuras que minutos después apoyan las concesiones en el marco del Mercosur, por ejemplo. ¿Son menos imperiales con nosotros Brasil y Argentina que Estados Unidos o la UE? Cuando se dice que “no hay que poner cortapisas a la inversión de las empresas públicas”, ¿se cree que Ancap o Antel tienen una máquina de fabricar billetes? Cuando se habla de controles de precios, ¿se menciona algún ejemplo en la historia en que eso haya funcionado?

Por no mencionar que cuando los dirigentes sindicales dicen hablar a nombre de todos los trabajadores, nadie recuerda que los afiliados al Pit son menos del 10% de la población. Y que las ideas del Partido Comunista, al cual pertenece la mayoría de los dirigentes que allí hablaron, fueron apoyadas por 70 mil uruguayos en la última elección. ¿Serán esos discursos (y ese tono) realmente representación de lo que piensan los “trabajadores” uruguayos?

Pero hay un fenómeno en marcha en estas fechas que da sensación de que algo, tibiamente, puede estar cambiando. Y es, aunque parezca exagerado, el crecimiento en las encuestas del candidato Edgardo Novick en la pugna por la intendencia de Montevideo.

¿Qué ha caracterizado el discurso de esta nueva y sorpresiva figura política? Lo más notorio ha sido lo franco y directo del mismo. Nada de palabras floridas, nada de corrección política, ni fingida amplitud. En una ciudad donde la mayoría de la gente sabe que la cosa va mal, el tipo dice que la cosa va mal, y que los que la manejaron 25 años, difícilmente sean los más adecuados para encaminarla. Cuando el expresidente Mujica lo atacó y lo marcó como rival (por algo es el político que mejor ha leído el sentir popular y el más exitoso en décadas) lo enfrentó recto y sin titubeos. Y su crecimiento en los sondeos parece mostrar que la gente está dispuesta a premiar ese tipo de postura.

Claro que hay matices ante sentimiento. Por un lado que el crecimiento de Novick todavía se da dentro de los márgenes de lo que se podría ver como sectores convencidos o de oposición recalcitrante al Frente Amplio. Otra cosa es que ese discurso logre cruzar filas y atraer a gente menos radicalizada. También, que una figura nueva, y bien promovida, suele tener un efecto inicial de empuje que luego es difícil mantener.

Pero no deja de insuflar un soplo de aire fresco en esta sociedad en que el otoño empieza a agravar el húmedo clima político. Y donde los chirimbolos y eufemismos dialécticos muchas veces resultan todavía más asfixiantes.

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