Martín Aguirre
Martín Aguirre

Ambiente viciado

El país que crece, el desempleo en 7,6%, faltan dos años para las elecciones. Y sin embargo, el clima en Uruguay es de una tensión llamativa. Esta semana esa virulencia llegó a nuevas cimas, azuzada por las declaraciones de la ministra Cosse, que sacó del baúl de la abuela el viejo mito de los niños que comían pasto. Y por la ofensiva oficialista que buscó convertir un caso de violencia privada entre un peón y un capataz, en la prueba definitiva de la maldad intrínseca al mundo agropecuario.

Lo curioso es que esta tensión no surge particularmente de una oposición que lleva tres períodos en el llano y busca incendiar la pradera. Todos estos elementos han sido puestos sobre la mesa por figuras del gobierno. Difícil saber si por una pugna interna de figuración o por querer estimular a una base electoral que las encuestas revelan muy desencantada.

Esta tensión se cobró una baja importante esta semana, con la renuncia del que fuera número tres del ministerio de Economía, Andrés Masoller. Según el propio implicado, su salida tiene que ver con un desacuerdo con las ventajas fiscales que se le están ofreciendo a UPM.

Masoller ha sido una figura discreta, pero clave en los últimos gobiernos. Astori lo definió como un "gurkha", por el celo con que manejaba las cuentas públicas. Desde hacía tiempo había voces en esa oficina que señalaban bajo cuerda cierta molestia por ese extremismo, potenciado con la salida de escena del exministro Lorenzo, quien al parecer era su contrapeso. Difícil reconocer en ese "gurkha" al señor extremadamente amable y educado con quien el autor llegó a compartir redacción en El País hace ya unos años.

Pero el portazo de Masoller ha puesto el tema de UPM sobre la mesa, dejando en claro que la negociación está siendo más compleja de lo previsto, y reflotando viejos conflictos que ocurren cada vez que una de estas megainversiones sobrevuela al país.

Por ejemplo, esta misma semana hubo declaraciones contradictorias de dos figuras claves en la negociación. Por un lado el ministro Astori que salió a decir que un acuerdo con los finlandeses todavía está muy lejano. Y a las pocas horas el director de la OPP, Álvaro García, quien dijo ser optimista de un acuerdo cercano. Según una nota publicada en Búsqueda, estas dos figuras son quienes se encuentran enfrentadas por el tema, aunque García salió de inmediato a desmentir que sea él quien defiende el pacto con UPM.

Aclaremos esto, porque el jerarca ha dado señales de piel fina por estos días, y de tener tiempo como para estar en las redes supervisando todo lo que se publica.

Claro que toda esta discusión vuelve a agitar la polémica sobre las ventajas que el país concede a estas empresas multinacionales, y las ganancias que el país puede recibir a cambio. Existe un discurso comprensible hasta cierto punto que señala que las ventajas tributarias, el estatus de zona franca, y las contrainversiones a las que se compromete el estado uruguayo, implican una cierta deslealtad con el inversor y productor local, que debe soportar todo el peso impositivo sin piedad, y que padece una infraestructura derruida.

También a esto se suma el discurso ambientalista que se pregunta hasta dónde estos criterios están siendo tomados en cuenta en una discusión en la cual las figuras visibles son el ministro de Economía, el de Transporte y el director de Planificación. ¿Hay una evaluación previa e independiente sobre la viabilidad de esta nueva planta? ¿Se tomará en cuenta un punto de vista local y de sustentabilidad a la hora de elegir el lugar de construcción?

A todo esto hay que sumar también a la oposición. Una oposición a la que el gobierno parece haber mantenido bien lejos de todo este proceso, ya sea por cábala después de lo que pasó con el petróleo, o por desconfianza de que vulnere el "pacto de silencio" que tiene con UPM.

Pero eso ya parece haber empezado a jugarle en contra, y esta semana se pudo leer incisivos comentarios del diputado Gandini que sugirió que el liderazgo en la negociación de Astori y Víctor Rossi, le trae malos recuerdos del proceso de Pluna.

Ahora bien, si viviéramos en un país "normal" y con una clase política más cerebral y menos fratricida, esta dinámica sería clave para una negociación de este tipo. Los finlandeses quieren poner la planta acá, y ya han gastado mucha plata en ese sentido.

Pero como son empresarios en serio, van a presionar al gobierno hasta el último minuto para tratar de tener las máximas ventajas. Lo más natural que ocurre en estos casos, es que el gobierno se ampare en la presión opositora como herramienta de diálogo, para marcar al inversor hasta dónde puede llegar, sin que lo "mate" la opinión pública.

Sin embargo toda esta fiebre de enfrentamiento algo absurdo que marca al debate político hoy, solo conspira para que el gobierno se sienta más necesitado, y el inversor externo se refriegue las manos.

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