Luis Alberto Lacalle
Luis Alberto Lacalle

Una España

Nada de lo que ocurra en España nos es indiferente ni extraño, no puede serlo. La fuerza de la sangre, el vigor de la cultura, la verba castellana y —por qué no— la fe cristiana empujan y obligan, marcan y enseñan. España vive en nuestros héroes nacionales, en el cuño foral aragonés de Artigas, en el empecinamiento vascuence de Oribe, en la gracia y alegría andaluza de Rivera, en esos Batlle de Barcelona y estos Herrera de Jerez de la Frontera. En el torrente celta de los hijos de Breogán que nos orgullecen como raíz de trabajo, de tesón y de rectitud, en la artiguista institucionalidad aragonesa, en el genio comercial de la catalanidad, en el ejemplar empecinamiento vasco que tanto nos define. Todos ellos aportes genuinos que se entreveran con la magnífica corriente itálica para formar esa fuerza que Herrera apodaba la de "las majestuosas madres latinas de la cristiandad".

Junto a todo ello los demás ingredientes, de todos los rincones del mundo, convertidos en milagrosa alquimia en nuestro ser oriental, en la patria incluyente típica de estos pagos, en los que lo criollo, lo afro, lo indígena se entrocan con el mundo, pero a la vez otorgan sello personal y propio a la uruguayidad que nos enorgullece.

España es por definición múltiple, caldero en ebullición que se enriqueció con godos, visigodos, romanos, judíos de la añorada Sefarad y árabes del magnífico al-Ándalus. Pero es a la vez una, singular y sustantiva, esencial y radical, acto de voluntad de muchas generaciones que así la quisieron e hicieron. Señalaba Pemán que España vivía tensionada entre "el imperio, permanente lección de Roma y la tribu, constante tentación de África". Los pujos localistas, el amor al entorno inmediato, con sus propias tradiciones, aun con su propia lengua, es valor a conservar por ser de noble cuna y de amoroso ejercicio. La integralidad del conjunto es de esencia pues solo fue grande una España total, absoluta e indivisible.

Temas de doloroso encare, de riesgoso tránsito que en su decisión final solo a los ciudadanos españoles compete pero que nos preocupa desde un afuera que no lo es del todo, pruebas ya deducidas.

Una fuerza distinta pero tan auténtica la una como la otra, se puede encontrar en cada uno de los antiguos reinos, en esas partes del todo que muestran los puntos de sutura de una empeñosa labor de unidad. Los empujes más conocidos, los que aparecen en la memoria al mencionarse la peligrosa palabra de la separación, son los del País Vasco y de Cataluña. Es esta última magnífica parte de España la que —a través de su gobierno autónomo— continúa planteando el tema de la independencia.

No es un planteamiento sin consecuencias ni de importancia secundaria. Europa vive momentos de remezón, de empujes locales y localistas, en varias de sus regiones y países. Si se escarba en la realidad de la mayoría de las naciones de ese nuestro continente de origen, en todas hay un rescoldo capaz de llamear si sobre él soplan vientos adecuados. En el Reino Unido ya se ha vivido respecto de Escocia, unida a Gales y Gran Bretaña por un tratado centenario. Francia puede dar lugar a similares planteamientos, ni qué decir de una Alemania y una Italia de unidad reciente en términos históricos y de tremenda riqueza de matices en sus poderosas regiones. En Italia con el agravante de que la secesión se ha planteado en el campo político en alta y clara voz.

La España actual se rige por una constitución del más noble cuño, obra emérita de quienes supieron navegar las aguas procelosas de la Transición, de un Rey con estatura de verdadero monarca, bisagra que une las diversidades y corona que las cubre y ampara. Pacto sellado por abrumadora mayoría de quienes en los cuatro rumbos del viento se sienten parte de su parte regional y todos en el todo nacional. Sabia expresión de juristas por supuesto pero sobre todo de quienes con amor, con ese amor que todo lo puede cuando está adobado por un estrecho conocimiento de la realidad, hace "posible lo necesario". Legalidad que ha pasado la gran prueba de las instituciones políticas que es su correcto funcionamiento y su general acatamiento, sin perjuicio de los legítimos empujes por mejorarla, siempre bienvenidos cuando se canalicen por los medios idóneos que el propio pueblo español ha fijado.

Tenemos a Cataluña muy cerca de nuestro afecto. Nuestros hijos llevan con honor esa sangre, nuestra patria mucho debe a esos magníficos armadores, comerciantes, agricultores, empresarios de todos los ramos que fueron protagonistas de una segunda conquista desarmada para la guerra pero insuperable en la obtención de una prosperidad sólida. Que otra cosa han sido los Carrau, Ferrés, Puyol, Mercader, sino bravos y audaces actores en la cotidiana lucha por el progreso ganado a ingenio y sudor, encontrando oportunidades donde otros no las veían, sacando sano provecho a las vinculaciones de ultramar, sabiendo navegar los mares para en cada puerto dejar una mercadería, prestar un servicio e izar velas al día siguiente, a la caza de otra oportunidad.

Por todo ello es que hoy, este domingo, tenemos fijos los ojos en España, en Cataluña unidas, necesitándose mutuamente, complementándose en una unidad en la diversidad que sume y que no reste y menos que divida.

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