Luis Alberto Lacalle
Luis Alberto Lacalle

La Constitución

Mes de julio, mes de la conmemoración de la primera Constitución de nuestra patria. Anhelada meta de los padres de la nacionalidad dotada por ellos y sus contemporáneos de poderes excepcionales, fundadora de toda aspiración de institucionalidad. ¿Ingenuidad? Quizás, pero al mismo tiempo fijación de un nivel de idealidad que mucho necesitan las comunidades humanas.

Mes de julio, mes de la conmemoración de la primera Constitución de nuestra patria. Anhelada meta de los padres de la nacionalidad dotada por ellos y sus contemporáneos de poderes excepcionales, fundadora de toda aspiración de institucionalidad. ¿Ingenuidad? Quizás, pero al mismo tiempo fijación de un nivel de idealidad que mucho necesitan las comunidades humanas.

Por supuesto que pretender enfrenar aquella sociedad aún convulsionada por guerras de independencia, creer que “la veleidad de los hombres” podía ser amansada con maneas de papel, estimar que el ejercicio del voto sustituyera de un día para otro a la fuerza, eran quimeras. Tarde se aprendió que la verdadera fuerza de las instituciones está en el ejercicio de las potestades que implican, que solo la práctica fortalece el músculo cívico, que el largo camino al siglo XX iba a estar regado de sangre, perturbado por intervenciones extranjeras, manchado por el fratricidio. Pero ahí estaba, como un ideal que nunca se alcanza, el texto constitucional.

Nuestros mayores lo respetaban ayuntándole poderes que no tenía. Hoy ni como ideal se le tiene. No se cumplen sus pragmáticas. A caballo de aquel concepto de que se trataba de “libertades burguesas” se devaluó la costumbre de votar, el sano ejercicio que durante el siglo XX robusteció y distinguió a nuestra sociedad.

A menudo hemos modificado el texto, las más de las veces en lo relativo a la forma de gobierno, especialmente el ejercicio del poder ejecutivo. Cada una de las jornadas enriqueció el articulado, reconociendo nuevos derechos... Sin mencionar las obligaciones o deberes. Una constan-te muestra de la fortaleza del texto en cada etapa, es la sanción final mediante el voto, garantía inmejorable que luce como galardón de nuestro sistema institucio- nal casi como excepción en América.

La última reforma, la de 1996, fue un gran avance cívico, más allá de errores que señalaremos y que lastiman la integridad del texto. Ante todo la ampliación de la libertad y los derechos de los ciudadanos en materia electoral. La verdad electoral plena al eliminar la acumulación por lema en la elección del presidente.

Fueron los tan denostados partidos fundacionales los que impulsaron esta verdadera revolución en pro de la verdad y claridad electoral. Asimismo el proceso de selección de los candidatos a la primera magistratura, abierto al voto popular, implicó un cambio radical en las largas costumbres políticas. No más candidaturas salidas de reuniones entre cuatro paredes, al aire libre se discute y en el secreto de la urna se proclama al preferido para llevar la bandera. Mismo juicio favorable merece la segunda vuelta presidencial a la que poco se ha analizado y a la que -injustamente- tanto se critica. Antes se podía llegar a la presidencia con un voto en forma directa de un veinte por ciento aproximadamen-te, tal como ocurrió en los comicios de 1984, 1989 y 1994. La sumatoria de otros candidatos del lema, muchas veces opuestos al mayoritario entre ellos, agregaban lo suficiente como para que el lema, el partido, resultara triunfante.

Con el sistema vigente se garantiza que el Presidente lo sea impulsado por la mayoría absoluta de los votantes. Todas las opciones que ofrece la ley se han producido. Mayoría en primera vuelta en 2005. Convertir al segundo en octubre en primero en noviembre, en 1999. Confirmación de lo de octubre en noviembre. Quiso el reformador una presidencia con fuerte base desde el primer día, mayoritaria, sintiendo que esa fortaleza es para bien del ejercicio del poder, para que valga realmente el episodio comicial, el préstamo del poder que se recibe quinquenalmente. Un acierto político e institucional.

Quedan temas a mejorar o corregir. No es posible que se continúe convirtiendo en estéril la gran labor del Tribunal de Cuentas, maniatado por la facultad del jerarca de reiterar el gasto, sin consecuencias. Hay que aclarar lo de “a sus efectos” con que se envía la observación al parlamento, dando instrumentos de sanción a quien violente la legalidad del gasto. Hay que ampliar la legitimación activa de los ciudadanos en la posibilidad de accionar por inconstitucionalidad de alguna norma. Es preciso equilibrar la acumulación por sublema de las listas al Senado con una solución igual para las listas a Diputados.

El poder, en las sociedades modernas está más disperso que nunca. Las formas de comunicación instantánea, las famosas redes, facilitan la existencia de una población más informada. Pero, ¿está lo suficientemente formada? ¿Hay capacidad para discernir en el torrente de mensajes aquel que realmente transmite un contenido? ¿No es ese sistema, en su peor expresión, vehículo de calumnias e instrumento de cobardías e infamias? Todos añoramos el tiempo de la Educación Moral y Cívica, fuertemente engarzado en nuestros programas de estudio. Ante la ola de mensajes que aturden, los medios de comunicación, los partidos, los institutos de enseñanza deben acentuar sus deberes tuitivos respecto de la patria, la ciudadanía y los valores nacionales.

Se continúa con la sana práctica de jurar la bandera el día del nacimiento del Jefe de los Orientales. Agregar un 18 de Julio con ceremonia obligatoria en escuelas y liceos, no estaría demás.

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