Luis Alberto Lacalle
Luis Alberto Lacalle

Capitalismo a la carta

Todos los países necesitan inversiones. Desde los más ricos a los más pobres compiten por atraerlas, por lograr los recursos para producir con la mejor tecnología, para generar trabajo a fin de lograr los recursos que el Estado necesita para cumplir sus fines sociales.

Por supuesto que los dueños de esos recursos no son frailes descalzos ni están en el rubro beneficencia, buscan la mejor rentabilidad y la seguridad que da un sistema jurídico sano y eficaz. También que los costos de producir sean los mejores, tanto en impuestos como en insumos de energía y eficacia de la función de su aporte al éxito del emprendimiento.

Son socios los obreros, los trabajadores y los inversores. No son enemigos, son competidores que buscan, el uno mejores salarios, el otro mayor rentabilidad. Para que ambos puedan conseguir su objetivo hace falta que el emprendimiento sea exitoso y la empresa debe de generar ganancias. Algunas veces, para atraer a esos codiciados aportadores de capital, desde los gobiernos se generan políticas de estímulo, ya sea mediante facilidades impositivas, ya sea mediante subsidios u otros mecanismos que hagan a una economía más atractiva que otra.

Ningún capital está obligado a ir adonde no quiere, elige y lo hace en función de su ventaja comparativa, considerando distintos destinos para sus recursos.

Nuestro país ha puesto muchas veces en práctica mecanismos de ese tipo, con resultados aparentemente buenos. Claro está que mirando con serenidad el panorama social, político, sindical, educativo y logístico de nuestra economía, la plaza no es atractiva. Y si agregamos el precio de la energía, ni pensar en que alguien venga a jugársela en el Uruguay.

El gobierno del FA que ya dura casi trece años, con mayoría absoluta en el parlamento y que vivió una única época de prosperidad, nada ha hecho en los rubros que mencionamos, salvo para preferidos emprendimientos, "las favoritas del régimen". Para los demás empresarios, para la mayoría de ellos, palo y palo, con un Astori voraz y un gobierno conservador y paralizado, que no se atreve a romper los moldes del pasado y tiene ahogados a todos los que no son elegidos para un capitalismo a la carta para elegir cual en un restaurante lo que se quiere, y que el gobierno lo conceda.

Hay miles de empresas a las que se les rebajan los impuestos, la mayoría son sanos emprendimientos. Pero se han regalado franquicias tributarias a parrilladas, free shops, estudios contables, inmobiliarios y demás. La ley prohibe que los titulares de propiedades rurales sean Sociedades Anónimas con acciones al portador. Salvo claro está, aquellas a las que el gobierno les concede ese favor y ese privilegio. Así ocurre con subsidios para algún transporte pero no para todos, con combustible barato (?) para especiales destinatarios pero no para todos. Todo esto bajo el proclamado socialismo que todavía por algunos mencionan como para cubrir la peor especie de capitalismo, el de los amigos del poder.

Y esto es poco ante lo que se pretende acordar con UPM, la más penosa negociación que se haya encarado jamás con el capital extranjero en la historia del país. Si será grave lo que se regala que se trató siempre en secreto, bajo el pretexto de una confidencialidad que se justifica cuando hay más de un oferente o cliente, pero no cuando ya se sabe que el ben beneficiario es uno conocido de ante mano. Se le construirá a este amigo del gobierno un tren especial para cuyo trazado se partirá en dos a Montevideo. Todo lo que no se hizo en más de diez años, ahora parece urgente. Se contraerán deudas que pagaran los nietos, se pagará e estos — los señores finlandeses— más cara la electricidad que generen que lo que se le paga a Juan Pérez. Hasta la reforma educativa que no existe para todos los muchachos, se hará realidad para generarle mano de obra a estos gringos. Hasta los rebeldes del Pit-Cnt parece que se amansaran en este emprendimiento.

Pero no es este el único caso escandaloso de capitalismo a la carta. Toda ALUR es creada al amparo de precios inflados y favores de Ancap. Sin ellos no podría sobrevivir. La propia Ancap solo vive porque no se permite importar petróleo, a pesar de estar derogado el correspondiente monopolio. Es otro capitalismo, el del Estado, que vive gracias a la ortopedia del favor y la excepción.

Mientras tanto los demás vamos a comprar combustible caro para todo lo que es producir y transportar, carecemos de tren y nos cuesta el doble el camión. Se nos ocupan las empresas, se paralizan las mismas con piquetes y huelgas por causas nimias. No hay para los demás jóvenes educación relevante para la vida real. Mansamente se aguanta. Obedientemente se cumplirá con este capitalismo a medida. Y encima dependeremos de que los señores finlandeses, después de este inmenso esfuerzo, se dignen aceptar las condiciones.

Al gobierno le queda una oportunidad de salvar la cara y es que se vote en el parlamento la aceptación o el rechazo de este engendro antinacional.

Con dignidad nacional, así no se puede aceptar.

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