Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

La traición del mensajero

En 1825 los orientales se levantaron contra el imperio del Brasil y el entusiasmo por su causa ganó a las demás provincias del Río de la Plata, cientos de voluntarios cruzaban hacia esta banda y nutridas manifestaciones recorrían las calles de Buenos Aires vivando los avances revolucionarios. El 4 de noviembre, Manuel José García, Ministro de Relaciones Exteriores de las Provincias Unidas envió una nota a su colega brasilero diciéndole que dichas provincias “están dispuestas a negociar amigablemente la restitución de la provincia Oriental.” La respuesta brasileña fue la declaración de guerra.

En 1825 los orientales se levantaron contra el imperio del Brasil y el entusiasmo por su causa ganó a las demás provincias del Río de la Plata, cientos de voluntarios cruzaban hacia esta banda y nutridas manifestaciones recorrían las calles de Buenos Aires vivando los avances revolucionarios. El 4 de noviembre, Manuel José García, Ministro de Relaciones Exteriores de las Provincias Unidas envió una nota a su colega brasilero diciéndole que dichas provincias “están dispuestas a negociar amigablemente la restitución de la provincia Oriental.” La respuesta brasileña fue la declaración de guerra.

Las condiciones eran duras: Brasil doblaba a sus enemigos en recursos militares y económicos. A pesar de los éxitos militares que nuestra historia venera, la guerra se hizo larga y resultaba difícil mantener el conflicto por mucho tiempo más.

Juan Carlos Nicolau, en un libro reciente (Manuel José García, Política y Diplomacia en el Río de la Plata, 2008) detalla la situación: “El estado brasileño, independiente, sin deuda nacional, desarrollaba un comercio con el extranjero muy activo y floreciente, en continuo progreso, apoyado en su relación con la Gran Bretaña. En cambio, el Río de la Plata sufría el perjuicio del bloqueo de su puerto, lo que constituía un grave obstáculo para obtener recursos de sus recaudaciones aduaneras y así la posibilidad de adquirir armas y municiones para su ejército.” Las rentas aduaneras de Buenos Aires habían caído a solo a 100.000 pesos, cuando se necesitaban 600.000 para equilibrar la balanza. Los más poderosos comerciantes y estancieros presionaban al gobierno para terminar la guerra.

Bernardino Rivadavia, presidente desde febrero de 1826 llamó entonces a Manuel José García, retirado de las cosas públicas, molesto por el carácter marcadamente presidencialista y el sectarismo unitario del mandatario.

En una época de violentas pasiones políticas García no tenía partido y no pocos le acusaban de tener “un alma fría para las cosas de la patria.” Sin embargo no carecía de patriotismo, simplemente que el suyo no era heroico ni partidario y su destinatario era Buenos Aires, eventualmente, las Provincias Unidas, siempre y cuando estuvieran sometidas a la tutela de la capital porteña. Su larga vida política los demuestra, siempre se atuvo a esos principios.

En 1816 negoció la invasión portuguesa para terminar con Artigas, el mayor enemigo del sistema porteño, pero cuando los orientales se levantaron el 1825, siendo ministro de Relaciones Exteriores, contribuyó secreta y personalmente a la causa con 500 pesos: Pero como Ministro temía la guerra y sus consecuencias económicas para Buenos Aires.

Ahora Rivadavia volvía a solicitar sus eficientes servicios ante la corte de Brasil. El 16 de abril de 1827, el presidente le informó que se proponía “acelerar la terminación de la guerra y el restablecimiento de la paz, tal como lo demandan imperiosamente los intereses de la Nación”. El éxito militar de Ituzaingó (20 de febrero) parecía favorecer una negociación para obtener “o bien la devolución de la Provincia Oriental, o la erección y reconocimiento de dicho territorio en un Estado separado, libre e independiente, bajo la forma y reglas que sus propios habitantes eligieren y sancionaren; no debiendo en este último caso exigirse por ninguna de las partes beligerantes compensación alguna.” Esas eran las instrucciones. El factor británico ya jugaba con fuerza sobre el conflicto a punto tal que García habría de trabajar con el ministro inglés en Río, sir Robert Gordon, como intermediario.

Antes de zarpar, García se entrevistó con Julián Segundo de Agüero, Ministro de Gobierno, un operador político especialista en susurrar las peores ideas, quien le instó a “conseguir la paz a todo trance;...de otro modo, caeremos en la demagogia y en la barbarie.”

Al llegar a Rio el plenipotenciario se encontró que la batalla de Ituzaingó, lejos de orientar al emperador Pedro I hacia la paz le había llevado a jurar ante el Senado que continuaría la guerra hasta imponer nuevamente su soberanía sobre la Provincia Cisplatina.

Entonces García decidió –o ya estaba decidido—que “en realidad era de poca importancia para Buenos Aires el destino de la provincia [Oriental]”; la paz era mucho más importante. El 24 de mayo de 1827 firmó una “Convención General de Paz” que disponía: “La Republica de las Provincias Unidas del Río de la Plata […] renuncia a todos los derechos que podría pretender al territorio de la provincia de Montevideo, llamada hoy Cisplatina.”

El 20 de junio García, de regreso en Buenos Aires, presentó la Convención al Presidente y al Congreso mientras en las calles se propagaba la indignación.

Rivadavia se pegó el susto de su vida y ordenó la impresión de carteles en los que se leía: “¡Buenos Aires y Banda Oriental! ¡García os ha traicionado! ¡Los ingleses quieren tener una parte del botín! ¡Sí no abrimos los ojos, volveremos a los tiempos de Beresford!”. Luego se presentó ante el Congreso y pronunció un patriótico discurso: “Un argentino debe perecer mil veces con gloria antes de comprar su existencia con el sacrificio de su dignidad y de su honra.”

El susurrante Agüero escribió: “En consecuencia, el gobierno hace a Ud. [García] responsable de todos los males y consecuencias que de ello resultan a la nación, especialmente en el grande y noble empeño en que se halla para salvar su honra.”

La histeria no salvó a Rivadavia y como las desgracias nunca vienen solas, salió a la luz su escandaloso negociado de las minas del Famatina, en complicidad con comerciantes ingleses. Su renuncia, el 26 de junio, fue decorada por un pomposo discurso; la primera presidencia argentina había durado diecisiete meses.

Mientras tanto Manuel José García, reflexionaba: “Una cosa es el patriotismo que inspira el valor de morir por su país, y otra el que hace capaz de conocer bien los intereses de la patria. Conozco por experiencia que los proyectos más sutiles y benéficos suelen repentinamente mudarse en delito, y que hoy conduce al cadalso lo que mañana habría elevado a la mayor gloria.”

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