Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Sordos y mudos

Cada día que pasa sufro la amarga experiencia de ver como mi patria ha dejado de ser la aventura común de los uruguayos, salvo para gritar los goles de Luis Suárez. Los ejemplos de esa profunda grieta se ven todos los días aun entre gente que se supone razonable.

Cada día que pasa sufro la amarga experiencia de ver como mi patria ha dejado de ser la aventura común de los uruguayos, salvo para gritar los goles de Luis Suárez. Los ejemplos de esa profunda grieta se ven todos los días aun entre gente que se supone razonable.

Hace unos años durante una tertulia, En Perspectiva, recordé que entre 1904 y mediados de los 60, la política casi no había producido muertos en el país, salvo el brutal asesinato de Grauert en 1933 y las absurdas muertes de Washington Beltrán y Baltasar Brum. Mauricio Rosencof, reverenciado como individuo abierto e inteligente, fue tajante: no estaba de acuerdo y no sé porque “tiranía del tiempo” quedó en eso. Me resultó absurdo que no pudiéramos acordar sobre algo tan evidente, salvo que Rosencof estuviese prisionero de su papel, lo que sería aun peor. Cómo era posible negar el carácter peculiar de un Uruguay contemporáneo de las dos guerras mundiales, la Shoa, los totalitarismos, la violencia racial en EE.UU., las guerras árabe-israelíes, por no hablar de África y Asia. Y sobre todo, un Uruguay enclavado en un continente saturado de dictaduras.

Hoy, en el Uruguay hemos vuelto a los tiempos en los que no se mata por política, pero se mata, en cifras nunca vistas, a causa de la política, la política irresponsable de un gobierno que vive encerrado en su mundo de charanga y pandereta, de plenario y comité, de años de abundancia, tirados a la marchanta, incapaz de resolver éste y otros problemas que están al alcance de nuestra escala, mientras acepta la corrupción, el cuchillo bajo el poncho y la extorsión de minorías movilizadas, siempre que sean compañeros. Que se niega a aceptar que los representantes de la otra mitad del país también puedan disponer de aportes, de gente inteligente y patriótica.

Vivimos en dos mundos, separados por una profunda grieta y el espejo deformante de la ideología que ridiculiza al otro y sustituye al mundo de los asuntos por el noúmeno ideológico.

Hubo un tiempo en el que los uruguayos pensaban diferente, pero no eran sordos ni mudos ante el otro. Ciertamente no creo que el Uruguay político del pasado haya sido una Arcadia donde reinaba la felicidad, la sencillez y la paz. Es claro que hubo odios que separaban familias blancas y coloradas y caben pocas dudas de que los colorados abusaron con frecuencia de su posición dominante a lo largo de 93 años de gobierno.

No obstante, merced a sus dos potentes alas políticas, salvo quizás en la breve hegemonía de Batlle y Ordóñez, hubo vados lo suficientemente generosos como para cruzar fronteras y lograr, acuerdos muchas veces virtuosos, aunque también hubo de los otros que dieron lugar a un festejado glosario de calificativos.

Lamentablemente los años 60 cavaron una trinchera. Quienes quedaron en la tierra de nadie se convertirían en víctimas. Pienso en Wilson Ferreira Aldunate, quizás la víctima más conspicua, combatido por unos y por otros, Amilcar Vasconcellos, Washington Beltrán, Jorge Sapelli o Pablo Purriel, condenados a una injusta desmemoria cuando no a la descalificación. En aquel tiempo también hubo otra mayoría, temerosa, sorda y muda frente a los desafíos que se le presentaban a aquel país de bostezos, despertado de golpe por criminales tiroteos.

La lucha contra la dictadura, los gloriosos momentos del plebiscito del 80 y el Río de Libertad de 1983, parecieron augurar tiempos de coincidencias y reencuentros. No sucedió; llegó la hora de los calculadores y los astutos, de los oportunistas y los visionarios. A partir de 1985 emergieron tres ganadores: uno a corto plazo, el partido Colorado, cuyos votantes según la sabia definición de Luis Eduardo González comenzaban a “irse al cielo”, el Frente Amplio que lograría capitalizar la posdictadura y la memoria, mediante la reactivación de su formidable aparato ideológico gramsciano, permitiendo la supervivencia de un muro de Berlin virtual, que dejó fuera a Hugo Batalla y a los renovadores. También triunfaron los restauradores, tanto en partidos como en sindicatos: agradecieron a las jóvenes generaciones los servicios prestados, los fueron mandando para su casa y cooptaron a aquellos que hoy son conformistas cuadros de la administración frenteamplista o parlamentarios de oposición.

Es claro que también hay sordos entre quienes se oponen al Frente Amplio y gritan del otro lado de la grieta, pero es innegable que la cultura hegemónica en todos los campos expresivos de la sociedad le pertenece a la izquierda, aunque su glotonería nunca quede saciada y proteste una y otra vez contra los medios.

Hay muchas pruebas de esa sordera y mudez asumida voluntariamente, empezando por lo difícil que resulta tener una discusión argumentativa, regulada por la lógica, sobre los temas más irritantes del presente, desde el “licenciado” Sendic, pasando por el gurú Mujica, el enigmático Tabaré, la salud, la educación, la cultura y la seguridad y todo aquello que pueda herir la sensibilidad del mundo compañero.

Esta ideología frenteamplista le debe mucho al modelo propagandístico creado por el Partido Comunista, forjado en el totalitarismo estalinista y que Antonio Gramsci perfeccionó para aplicarlo en los regímenes liberales.

Hanna Arendt, se interpeló sobre los porqués de la eficacia de las formas totalitarias de propaganda, y esta conceptualmente es una, puesto que pretende contener en sí misma la totalidad de las verdades. Arendt sostenía que se apoyaba en una de las características principales de las masas modernas: “No creen en nada visible; [...] no confían en sus ojos ni en sus oídos [...]. Lo que [les] convence [es] la consistencia del sistema del que son presumiblemente parte. [...] La incapacidad principal de la propaganda totalitaria estriba en que no puede colmar este anhelo de las masas por un mundo completamente consecuente, comprensible y previsible sin entrar en un serio conflicto con el sentido común. [...] La propaganda totalitaria puede atentar vergonzosamente contra el sentido común sólo donde el sentido común ha perdido su validez. “

La mala noticia es que son muchos los que han perdido el sentido común, inmersos en la cultura hegemónica. La buena es que siempre hay tiempo para recuperarlo.

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