Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Silencios que el ruido esconde

Es probable que lo que sigue sea una arbitraria asociación de ideas que surgió mientras visitaba Praga, procurando leer, también allí, las señales de la memoria y los escondrijos y desmemorias de su torturado siglo XX, signado por la ocupación nazi y la dictadura comunista.

Es probable que lo que sigue sea una arbitraria asociación de ideas que surgió mientras visitaba Praga, procurando leer, también allí, las señales de la memoria y los escondrijos y desmemorias de su torturado siglo XX, signado por la ocupación nazi y la dictadura comunista.

Durante esos días, por defecto, leí las noticias uruguayas. Seguí con relativo interés, no exento de desprecio, el conventillo de Amodio y sus antiguos secuaces y me llamó la atención -no mucho- aquella que informaba sobre la reunión del comandante de la Fuerza Aérea -a propósito del robo de municiones-con todos sus oficiales superiores, en la cual les expresó que los problemas “se arreglaban entrecasa”, que “se buscará a quienes sacaron la información” del ámbito castrense, y que cuando encuentre a esos militares iba a ser “inflexible” con ellos aplicándoseles “severas sanciones” porque fueron “traidores” que “informaron del tema [al diputado] Trobo”. (El País, 24 de agosto de 2015). En ambos casos me vino a la cabeza la palabra “omertá”. Particularmente en el caso de Amodio recordé los significativos silencios en medio de tanto ruido y pocas nueces. ¿Acaso no viven aun varios de los oficiales que trataron con él? Periodistas e investigadores han procurado sus testimonios y la respuesta ha sido el silencio. El barullento folletín escrito por Amodio también se parece mucho al silencio.

Al mismo tiempo, Praga me conmovía por sus bellezas pero también por la percepción de sus dolores, como los que recuerdan el monumento al reformador Jan Hus o la Primavera de Praga evocada en el memorial a Jan Palach o los lugares asociados al atentado a Reinhard Heydrich, el virrey nazi de Checoeslovaquia (27 de mayo de 1942). En ese último recorrido me topé con el nombre de Max Rostock, un conspicuo habitante del primer recinto del séptimo círculo del infierno. Era el Obersturmführer y jefe del SD de la vecina ciudad de Kladno a 42 km de Praga y en tal carácter fue el encargado de una de las más inicuas represalias supervisadas directamente por Hitler: la destrucción del pequeño pueblo de Lídice y el asesinato de sus habitantes.

El 10 de junio de 1942 fueron ejecutados 192 hombres, de entre 15 y 86 años, 196 mujeres fueron enviadas al campo de concentración de Ravensbrück, donde la cuarta parte de ellas murió en las cámaras de gas o a causa de los trabajos forzados y más de cien niños enviados a Alemania, de los cuales murieron 82 en el campo de exterminio de Chelmno y los demás fueron entregados a familias alemanas para su “arianización”. El pueblo fue destruido y arrasado luego de un meticuloso saqueo. Rostock, un ex tendero de treinta años que había hecho una carrera fulminante en las SS desde su llegada a Praga en el 39, no solo cumplió las órdenes sino que las disfrutó. Personalmente saqueó la iglesia de Lídice y golpeó salvajemente al cura antes de llevarlo hasta el pelotón de fusilamiento. Luego contó, divertido y a las risas, que el hombre había hecho una buena labor consolando a la gente del pueblo con sus oraciones y bendiciones: “Gracias a él, fueron al fusilamiento como corderos.”

En marzo de 1944 fue trasladado a Hungría -llegó al mismo tiempo que Adolf Eichmann- para luchar contra la resistencia y seguramente colaborar con el envío de judíos a los campos de la muerte.

Al fin de la guerra, a diferencia de sus jefes, regresó tranquilamente a Alemania y se estableció en Heidelberg. En junio de 1946 fue arrestado por la Inteligencia del Ejército de los Estados Unidos pero logró escapar, conseguir un nombre falso y establecerse nuevamente hasta 1948 cuando fue detenido por los franceses a raíz de actividades en el mercado negro. Fue reconocido y se iniciaron los trámites de extradición a Checoeslovaquia que recién se cumplieron en abril de 1950. Juzgado en agosto de 1951 en Praga, ya bajo gobierno comunista, junto a otros jerarcas nazis fue condenado a muerte. William L. Shirer en su célebre obra “Auge y caída del Tercer Reich”, publicada por primera vez en 1960, consigna que Max Rostock fue ahorcado en Praga en 1951. Pero no fue así. Reapareció en Alemania en 1960 y allí vivió tranquilamente como empleado hasta su muerte, el 13 de septiembre de 1986.

Su nombre pasó al olvido hasta el año 2002 cuando salieron a luz una serie de documentos del período comunista que demostraron que diecisiete criminales de guerra nazis habían obtenido sucesivos cambios de pena -perpetua, veinticinco años- y luego tratados de manera privilegiada hasta que en diciembre de 1953 el gobierno comunista de Antonín Zapotocky -implacable con sus enemigos internos y disidentes- los había amnistiado. Entre ellos estaban Rostock, Ernest Hitzegrad, directo colaborador del salvaje Karl Hermann Frank, sucesor de Heydrich y Werner Tutter, un ingeniero que decía hablar ocho idiomas, dirigente de los nazis de Checoeslovaquia, responsable -entre otros crímenes- de la masacre del pueblo de Plostina (19 de abril de 1945) donde hizo fusilar o quemar vivas a 24 personas e incendió diez de sus doce casas. Tutter era el sanguinario comandante adjunto de la unidad “Joseph”, un grupo nazi compuesto de alemanes, checos y eslovacos. En 1954 fue enviado a Alemania como “repatriado tardío”.

Es claro que estas amnistías habían sido decididas por el Comité Central del Partido Comunista y tenían el objetivo de hacerlos trabajar para sus servicios secretos y de espionaje.

Cuando aparecieron estos documentos, sin duda terribles, el entonces ministro de Cultura checo, Pavel Dostal, un prestigioso dirigente socialdemócrata, ex comunista, inició una campana de denuncia contra los líderes de la extinta Checoslovaquia comunista procurando una verdad que no pudo obtener. El silencio fue la abrumadora respuesta.

Al fin y al cabo, mal que me pese, parece ser que el río de la Historia alberga perversas corrientes subterráneas, que solemos ignorar los simples ciudadanos, ingenuos amantes de la democracia representativa y la justicia.

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