Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Retorno de los expropiadores

Primero de enero de 1959, Santiago de Cuba, Fidel Castro le habla a una multitud enfervorizada y a millones que le escuchan por radio. “Santiagueros, compatriotas de toda Cuba: Al fin hemos llegado a Santiago. Duro y largo ha sido el camino, pero hemos llegado”. Habían tomado el poder; se iniciaba La revolución cubana.

Primero de enero de 1959, Santiago de Cuba, Fidel Castro le habla a una multitud enfervorizada y a millones que le escuchan por radio. “Santiagueros, compatriotas de toda Cuba: Al fin hemos llegado a Santiago. Duro y largo ha sido el camino, pero hemos llegado”. Habían tomado el poder; se iniciaba La revolución cubana.

Luego de mentir dos años sobre el carácter democrático y no comunista de la revolución, el 2 de diciembre de 1961 Fidel proclamó su verdadero y muy antiguo pensamiento: “¿Qué socialismo tenemos que aplicar aquí? ¿El socialismo utópico? Simplemente tenemos que aplicar el socialismo científico.[…] Lo digo aquí con total satisfacción y con plena confianza: soy marxista-leninista, y seré marxista-leninista hasta el final de mi vida”.

América latina, que había encontrado en Cuba un soplo renovador, se dividió radicalmente: las derechas convirtieron a Castro en un definitivo enemigo, el centro quedó perplejo y parte de la izquierda dudaba

Tres años más tarde, 4 de febrero de 1962, con una voz, un ritmo y un verbo que aún hoy estremecen al escucharlo, a pesar de sus traiciones, de su tiranía, de su terrible fracaso, ese formidable tribuno lee la Segunda declaración de La Habana:

“Ahora, esta masa anónima, esta América de color, sombría, taciturna, que canta en todo el Continente con una misma tristeza y desengaño, ahora, esta masa es la que empieza a entrar definitivamente en su propia historia, la empieza a escribir con su sangre, la empieza a sufrir y a morir. Porque ahora, por los campos y las montañas de América, por las faldas de sus sierras, por sus llanuras y sus selvas, entre la soledad o en el tráfico de las ciudades o en las costas de los grandes océanos y ríos, se empieza a estremecer este mundo lleno de razones, con los puños calientes de deseos de morir por lo suyo, de conquistar sus derechos casi quinientos años burlados por unos y por otros. […] Y esa ola de estremecido rencor, de justicia reclamada, de derecho pisoteado que se empieza a levantar por entre las tierras de Latinoamérica, esa ola ya no parará más.” El diagnóstico era cierto. La mayoría de los latinoamericanos había vivido bajo el yugo del egoísmo oligárquico, el caudillismo cleptocrático y el militarismo que los amparaba.

Las izquierdas americanas encontraron en La Habana un nuevo Vaticano. Pero el doble mensaje cubano -la sumisión a Moscú o la opción guerrillera- las afectó en su totalidad. Los partidos “de cuadros y masas”, sufrieron escisiones foquistas, de acción directa, alimentadas por una vasta literatura, inspirada en la experiencia cubana.

También la otrora “Suiza de América”, el Uruguay, “un país sin problemas en crisis” así definido por un pequeño libro publicado en 1965, fusionaría su historia excepcional con la del resto de los países latinoamericanos a pesar de que Fidel Castro y el Che Guevara se habían referido con acierto y contundencia a la democracia y las libertades uruguayas. Pron-to morirían más de seis décadas de progreso social, paz, democracia y conviven- cia pacífica en un país cu-yas fuerzas armadas, según la histórica expresión de Eduardo Pons Etcheverry, en 1980, “no habían visto una bala, desde 1904”.

Proliferaron en los partidos las microfracciones o las migraciones individuales. Jóvenes universitarios, que pocos años atrás jugaban a los cowboys con pistolas de juguete, ahora querían ser guerrilleros, enamorados de la boina del Che y “los fierros”. La lista de razones podrían incluir las tradiciones ideológicas, el parricidio sicológico, el mero aventurerismo, sin excluir la peligrosa ingenuidad que nacía de las parroquias, alimentadas por la Teología de la liberación.

También el anarquismo se reencontró con un viejo problema.

Luce Fabbri, la intelectual de origen italiano, recordaba (documental “Ácratas”) que “el movimiento obrero en el Plata nació y creció libertario […] que tan pronto organizaba una huelga como organizaba una campaña contra el alcoholismo”. Mientras que Osvaldo Bayer en el mismo documental dice: Lo más valioso, tal vez, de los anarquistas y también de los socialistas era su pacifismo a ultranza, su creencia en las bases y en la vida cultural.

Sin embargo, la memoria popular recuerda más a la minoría autodenominada Anarquismo expropiador, asociado aquí a los nombres de Rossigna y Moretti, el asalto al cambio Messina y la fuga de la carbonería El buen trato.

Luce Fabbri expone un rechazo absoluto a esa corriente. “Como táctica es desastrosa; [tal como sucedió con los tupamaros] lleva al caudillismo y a la militarización. Hace víctimas […] por algo inconmensurable con la vida humana como es el dinero.”

Daniel Barret, otro teórico anarquista uruguayo, llega a las mismas conclusiones, para la década del 60: “El impacto producido por la revolución cubana inaugura un ciclo de discusiones cismáticas en la Federación Anarquista Uruguaya [consumadas en 1963] con dos fracciones poco menos que irreconciliables. La más duradera mantuvo la denominación de F.A.U. aunque al poco tiempo se convirtió en la “FAU sin puntitos”; es decir, una organización que ya no se consideraba como federación ni como anarquista. […] Consolidó una forma organizativa de mayor disciplina y centralización que se suponía más apta para el desarrollo de un aparato armado”. La “FAU sin puntitos” fue ilegalizada en diciembre de 1967.

Al poco tiempo resurge como la ROE (Resistencia Obrero-Estudiantil), “pensada para oficiar como receptáculo probable de lo que en el marco de la CNT se conoció como Tendencia Combativa; es decir, una amplia confluencia de agrupaciones orientadas por organizaciones de la izquierda radical. […] El marxismo es ya utilizado a diestra y siniestra en sus análisis, se transforma en el contenido sustantivo de sus cursos de formación a través de textos de Louis Althusser, Nicos Poulantzas y Marta Harnecker”. Al mismo tiempo se organiza un aparato armado, que debuta con el robo de la bandera de los 33 y atentado contra la Sucursal Cordón del Banco Comercial.

En 1971 ese brazo armado adopta el nombre de Organización Popular Revolucionaria 33. Habían vuelto los anarquistas expropiadores, con sus métodos pistoleros y con los secuestros como rentable actividad.

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