Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Por un pedazo de pan y potaje

Cuando veo al Pit-Cnt defender a Joselo López […] se me viene abajo toda la estantería. Lo digo bajito para que no me peguen”. Esto también lo dijo Juan Pedro Mir en el ya célebre plenario del 17 de octubre. Pero mientras que sus opiniones sobre la educación le costaron el puesto, nadie hablo de esta frase, dicha desde el dolor de “su ADN de izquierda desde la cuna”, hijo de padre anarquista y madre comunista.

Cuando veo al Pit-Cnt defender a Joselo López […] se me viene abajo toda la estantería. Lo digo bajito para que no me peguen”. Esto también lo dijo Juan Pedro Mir en el ya célebre plenario del 17 de octubre. Pero mientras que sus opiniones sobre la educación le costaron el puesto, nadie hablo de esta frase, dicha desde el dolor de “su ADN de izquierda desde la cuna”, hijo de padre anarquista y madre comunista.

Es verdad que el sindicalismo -aquí y en otras partes del mundo- se ha convertido en coto de burócratas que reivindican la lucha de clases mientras defienden meros y reaccionarios intereses corporativos contra el bien común, el progreso y la democracia republicana.

Pero no es menos cierto que la clase obrera -no le tengo miedo a la expresión cuando es aplicada en su contexto histórico y social correcto- sostuvo con su esfuerzo desmesurado y sus gastados físicos el crecimiento industrial del siglo XIX y parte del XX. Todavía lo hace en parte de Asia, incluida la China, el paradójico gigante comunista, plena de nuevos millonarios, eternos esclavos y burócratas del Partido.

Esa decadencia no debe habilitar el olvido de lo que la humanidad debe a aquellos que formaron los primeros sindicatos y lucharon para dignificarse como personas al reclamar una vida mejor, justicia, derechos y garantías para todos.

Estas reflexiones giraban desordenadamente en mi pensamiento cuando, como de la nada, recordé la escena de Que verde era mi valle (1941) cuando Huw el más joven de la familia, a los trece años baja por primera vez a la mina de carbón. Sentí la necesidad de verla una vez más (¿Cuántas ya?). Volví a emocionarme con los Morgan, aquella familia de orgullosos mineros galeses, sus tradiciones su unidad familiar y como tratan de mantenerlas en medio de las luchas obreras, las muertes por accidentes en los pozos, la obligada emigración. El maestro John Ford construye una áspera poesía fílmica sostenida en el riguroso realismo de la novela de Richard Llewellyn, en la que se basa. El autor había escrito su obra a partir de largas conversaciones con mineros de Gilfach Goch, una pequeña villa de Gales del Sur, de allí su rigor y realismo. De un golpe, vino a mí toda la cultura de los mineros del carbón. Recordé Germinal (1885), la novela de Emile Zolá y una de sus versiones fílmicas, la de Claude Berri (1993), Misère au Borinage (1934) el documental de Joris Ivens y Henri Storck, sobre los mineros belgas, las canciones de la cuenca minera asturiana, para llegar hasta los últimos estertores y la desesperación por mantener una actividad en decadencia que había dejado de ser rentable, expresada en dos películas inglesas: Billy Elliot (2000), que se desarrolla durante la huelga de los mineros del Reino Unido de 1984-1985 y se centra en el personaje de un niño de 11 años que quiere ser bailarín de ballet profesional. También Brassed Off (1997) que cuenta como los trabajadores de una mina de carbón luchan contra su cierre mientras defienden su centenaria banda de música.

Todas ellas reflejan una misma épica, una cultura, y “una clase en sí”, para usar el término de Marx, que más que un abstracto concepto económico significa un modo de vida: las breves vidas que no conocían nada más allá de los límites de su comarca, las mismas condiciones de trabajo, los mismos modos de comer, de amar, de cantar y contar historias, y por supuesto la paulatina conciencia de su situación y la consecuente lucha por su dignidad como seres humanos.

Me reservo para otra ocasión el relato de ese mundo terrible y fascinante.

Aquellos trabajadores de la revolución industrial soportaron, en un principio formas de esclavitud moral y económica y la explotación inicua, no solo del obrero varón, sino también la del niño y la mujer. Solo reaccionaban cuando las arbitrarias bajas del jornal les llevaban al límite de la sobrevivencia.

“Entonces, -dice Ramón García Piñeiro- la precaria organización, la escasa capacidad de resistencia, la deficiente cohesión laboral, y el excesivo espontaneismo, deslizaron los conflictos […] hacia actitudes “mecanoclastas”, en las que se imponían la destrucción de máquinas.” La historiografía define ese fenómeno como Ludismo, por Ned Ludd un trabajador británico de fines del siglo XVIII o XIX, cuya existencia puede ser meramente legendaria. Eric Hobsbawm ha considerado a este movimiento de destrucción de máquinas como una primitiva forma de “negociación colectiva por disturbio”. Poco a poco fueron naciendo las primeras organizaciones obreras con sus derivaciones políticas: unos sindicatos limitaron su acción a las estrictas relaciones laborales, otros crearon expresiones políticas parlamentarias que sostuvieran sus ideas, tal el caso de los laboristas británicos o los socialdemócratas de la Europa escandinava. A ellos se opondrá el sindicalismo revolucionario en sus diferentes formas cuyo objetivo será la abolición de la sociedad capitalista.

Hoy resulta claro que los resultados históricos merecen evaluaciones diversas. Por un lado, los mesianismos revolucionarios como el socialismo soviético terminaron en el totalitarismo que lejos de eliminar las clases crearon nuevos amos y procuraron forzar la unanimidad con su secuela conocida: matanzas en masa, purgas, Gulags, hospitales psiquiátricos, ineficiencia productiva, escasez, boicots pasivos y ausencia de toda libertad). En estos casos se verifica la tesis de Karl Popper sobre las infranqueables distancias entre el llamado ético original y su praxis.

Por otro lado, en los sistemas políticos democráticos y pluralistas, las luchas obreras permitieron incorporar progresivas garantías, defensas y beneficios para los trabajadores hasta llegar, en muchos casos, al Warfare State (Estado del bienestar). Pero al mismo han generado un neocorporativismo apropiado por abusivas burocracias sindicales.

Sin embargo, sus vicios o su degeneración lisa y llana no debe hacer olvidar lo fundamental: en el principio fue la lucha por un poco más de pan y potaje y que siempre, aún en las sociedades aparentemente más perfectas, habrá siempre mucha justicia, mucha equidad, por conquistar.

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