Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Melquíades Álvarez

Fue el 22 de agosto de 1936. Había transcurrido el primer mes de la guerra civil española. No solo se mataba en el frente de batalla; los pistoleros con divisa se hartaban de saciar su mala leche en la retaguardia.

Fue el 22 de agosto de 1936. Había transcurrido el primer mes de la guerra civil española. No solo se mataba en el frente de batalla; los pistoleros con divisa se hartaban de saciar su mala leche en la retaguardia.

La Cárcel Modelo de Madrid encerraba a un importante grupo de dirigente políticos “de derecha”, sin acusación alguna. Melquíades Álvarez era el más importante, tenía 72 años.

Durante la noche, un grupo de milicianos entró para asesinarlos. Melquíades Álvarez, digno y sereno, en plena posesión de la voz y la palabra que lo habían hecho famoso, lanzaba un torrente imprecatorio y sarcástico; Un miliciano le metió un bayotenazo en la garganta y luego lo acribillaron.

Había nacido en Gijón en 1864. Su padre un funcionario de origen modesto, murió cuando Melquíades terminaba el bachillerato. Así y todo logró obtener un título de abogado y luego la Cátedra de Derecho Romano en la Universidad de Oviedo.

En los últimos años del siglo XIX descubrió la obra de Friedrich Krause (1781-1832) y sus seguidores, en particular Heinrich Ahrens, cuyo Curso de Derecho Natural ejercerá una gran influencia también en Hispanoamérica. Introducido en el Uruguay por Prudencio Vázquez y Vega y seguido por figuras como José Batlle y Ordóñez y José Enrique Rodó, el krausismo ejerció una gran influencia en las orientaciones políticas del período. En el Uruguay Melquíades Álvarez hubiese sido un krausista rodoniano-laicista y tolerante-, opuesto a la versión de Vázquez y Vega, Batlle y su entorno.

El krausismo lo llevó a La Unión Republicana, el partido encabezado por el también krausista Nicolás Salmerón; recorre toda Asturias denunciando los males del sistema y defendiendo el programa republicano, pacífico y democrático.

Son años de terrible confrontación política. Frente al fraude, el inmovilismo y la injusticia surge la respuesta social: fundación del Partido Socialista, terrorismo anarquista, levantamientos obreros y terribles represiones.

En 1901 fue elegido diputado; a los 37 años hace su primer discurso parlamentario. Su voz de tenor, sus inflexiones y matices, sus gestos, sus ojos que “fulgían y refulgían” la precisión de su sintaxis, la intuición rápida y la conclusión clara, sostienen la firmeza de sus ideas. En los momentos de pasión sus réplicas eran terribles”. Pronto se ganará los apodos de “El tribuno” y “Pico de oro”. Todos presienten que nace una nueva figura política.

Desde aquel primer discurso denunció los males de España: un ejército presto al cuartelazo; una Iglesia que ejercía una tutela teocrática; una monarquía autoritaria, una Constitución democrática en el papel, pero aplicada por partidos dinásticos basados en el clientelismo, el caciquismo y el fraude electoral.

Melquíades defiende las reivindicaciones obreras. En 1911, participó, junto al socialista Pablo Iglesias, en un acto que sirvió para consolidar el naciente Sindicato Minero Asturiano.

Su voz es y será a lo largo de toda su vida un llamado a la templanza. Así, frente al problema religioso, afirma: “Es tan insensato el que vocifera en la plaza pública pidiendo en nombre de la razón natural que se suprima a Dios como el que dice desde la cátedra de la Iglesia, […] que el liberalismo es pecado y que los que defendemos sus ideas somos un aborto execrable del infierno”.

Pero también es un pragmático. En 1912 funda el Partido Reformista, que a diferencia de los demás partidos republicanos predica lo que llamará el accidentalismo: lo esencial era la democracia y no el ropaje con el que ésta se vistiera. Una monarquía a la inglesa era preferible a una república corrupta.

Melquíades es ahora el líder de hombres como Ortega y Gasset, Américo Castro, Manuel Azaña, Fernando de los Ríos, Ramón Pérez de Ayala, entre otros. El Reformista es más que un partido. En 1913 crean La Liga para la Educación Política Española, ateneos y bibliotecas populares, y persisten en ideas que venían proclamando desde largo tiempo atrás como “la Extensión universitaria, para que la ciencia salga del templo augusto donde mora y lleve a los desheredados y a los humildes los beneficios de su enseñanzas”.

Desde entonces Melquíades Álvarez será el perenne candidato a la presidencia del gobierno, el hombre que mejor representa las ideas renovadoras de un amplio espectro político, pero el régimen reaccionario, tozudo e inmovilista de Alfonso XIII lo vetan.

El 14 de Abril de 1931 cae la monarquía y nace la II República Española. Melquíades se congratula, sigue fiel a sus ideas, pero también envejece -la política envejece como pocos oficios. Desde sus propias filas surgen incomprensiones y nuevas ambiciones. Ya es tarde.

Los partidos republicanos se radicalizan y teme el estallido violento. El 24 de mayo advierte: ”La República, por su naturaleza es inseparable de la justicia y de la libertad, y ambas reclaman indispensablemente el mantenimiento del orden”. También llamó la atención sobre la necesidad de “prevenirse” contra las “dictaduras como el bolchevismo y el fascismo “que tienen una ideología particular muy semejante, porque absorben la nación al Estado, al Estado lo identifican con el Gobierno y el Gobierno lo vinculan en el poder político personal”.

Aunque todavía será electo una vez más en alianza con los socialistas, su corrimiento hacia el centro y su terminal acuerdo electoral con la derecha se hacen inexorables.

“Orden y libertad” grita una y otra vez Melquíades Álvarez, mientras los pistoleros de derecha e izquierda se adueñan de las calles.

Al estallar la guerra, ya viudo, se quedó en casa de su hija. “Nada tengo que temer”, decía, “el pueblo me quiere, sabe que siempre me ha tenido a su lado”. Una criada de la casa lo delató a los milicianos; el 4 de agosto se lo llevaron, el 22 lo asesinaron.

Una vez había dicho: “Las revoluciones se deshonran con sus crímenes que hacen olvidar a muchos la grandeza de sus principios.” El presidente de la República Manuel Azaña y jefe del Gobierno José Giral, se habían formado junto a él en el Partido reformista. Se dice que tuvieron gran disgusto al saber la triste noticia, que pronunciaron frases desgarradoras, pero siguieron en sus puestos.

A lo largo de su vida política Melquíades Álvarez fue compañero de viaje de muchos de quienes formarían los dos bandos de la guerra civil. Nadie ha reivindicado su figura.

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