Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Lysenko, el científico descalzo

José Mujica peregrinó nuevamente a nutrirse de la sabiduría de su padre espiritual. Fue en los últimos días de enero; en una escueta información, el filósofo oriental aseguró que lo encontró, “siempre centelleante, con las preocupaciones más diversas. [...] Se encuentra alarmado por la necesidad de desarrollar la ganadería y actualmente estudia cuestiones técnicas que pueden dar solución a los problemas de ese importante renglón alimentario.[...] También manifestó su preocupación por la proliferación del virus del zika en el mundo”.

José Mujica peregrinó nuevamente a nutrirse de la sabiduría de su padre espiritual. Fue en los últimos días de enero; en una escueta información, el filósofo oriental aseguró que lo encontró, “siempre centelleante, con las preocupaciones más diversas. [...] Se encuentra alarmado por la necesidad de desarrollar la ganadería y actualmente estudia cuestiones técnicas que pueden dar solución a los problemas de ese importante renglón alimentario.[...] También manifestó su preocupación por la proliferación del virus del zika en el mundo”.

La fascinación que los intereses, conocimientos e investigaciones del “centelleante” Fidel despierta en sus apóstoles explica ese fatigado mantra que repiten sus visitantes luego de cada encuentro.

Un ejemplo paradigmático es el artículo escrito en 1988 por Gabriel García Márquez: “El Fidel Castro que yo conozco”. Allí puede leerse que para el líder máximo “no hay un proyecto colosal o milimétrico, en el que no se empeñe con una pasión encarnizada. [Por ejemplo] sueña con que sus científicos encuentren la medicina final contra el cáncer”.

Es un fenómeno que me llama la atención. Seguramente ignorante de los arcanos de esa privilegiada mente, cada vez que sucede lo asocio con Trofim Lysenko (1898-1976).

Lysenko era un sólido campesino de rostro trabajado por los soles y los fríos que estudió agronomía en el Instituto Agrícola de Kiev. En 1927, anunció que había “descubierto” un método para fertilizar el campo sin fertilizantes y que había “demostrado” que se podía obtener una cosecha invernal de arvejas y porotos en Azerbaiyán, donde por ese entonces trabajaba. Bautizó su método como “vernalización”; entre otras prácticas se trataba de enfriar los granos antes de plantarlos “para que crecieran en clima frío”.

Lysenko era la horma para el zapato de Stalin, quien en 1929 expuso con vehemencia que debía de privilegiarse la “práctica” por sobre la “teoría”. Lysenko no perdía largas horas en los laboratorios, no sabía ni quería entender la genética de Mendel ni otros aspectos de la biología, fisiología y química.

Nikolái Vavílov, el principal maestro de la biología soviética, brillante coleccionista de plantas debió sospechar desde el principio que Lysenko, en el mejor de los casos, era un delirante. No obstante Vavílov también tenía sus ambiciones, de modo que no dudó en saludar el método de la ascendente estrella como un descubrimiento revolucionario de la ciencia soviética y así lo hizo saber en un artículo publicado en Izvestia, el 6 de noviembre de 1933. Era el empujón que le faltaba al “científico descalzo” para llegar a la cumbre. Vavílov era miembro del Sóviet Supremo de la URSS, presidente de la Sociedad Geográfica Rusa y premio Lenin.

Durante los siguientes treinta años la agricultura soviética sería dirigida por este demente cuyos asertos se aplicaban por decreto y cuando fallaban -siempre fallaban- proveía explicaciones erróneas pero sencillas de entender y proponía nuevos hallazgos.

En 1935, ante la Academia de Ciencias Agrícolas de la URSS, Lysenko explicó que su teoría coincide con el “materialismo histórico” y denunció “el carácter burgués de la metodología de la genética mendeliana”. Acusó a los genetistas de “saboteadores trotskistas que caían de hinojos frente a las últimas consignas reaccionarias de sabios extranjeros”. Había nacido la biología proletaria.

En 1938 Lysenko fue nombrado presidente de la Academia de Ciencias Agrícolas. Desde allí procla- mó: “Es necesario proscribir en los institutos y estaciones de agronomía los métodos de la ciencia burguesa que los enemigos del pueblo, los trotskistas y bujarinistas [...] han hecho prevalecer de todas las formas posibles”.

Desde su nuevo cargo Lysenko procedió a la expulsión, encarcelamiento y muerte de cientos de científicos. Vavílov fue uno de ellos. En 1940 fue enviado a prisión acusado por ser un defensor de la genética, una “seudociencia burguesa”, Nikolái Vavílov murió en la cárcel, en 1943. De nada le sirvieron sus medallas ni sus servicios.

La genética desapareció como disciplina en la URSS y la biología, la herencia y la medicina se vieron contaminadas con las ideas del “científico descalzo”, mientras que la colectivización forzada del campo, sumada a sus delirantes propuestas agrícolas fueron responsables de terribles hambrunas.

Los genetistas que quieren sobrevivir hacen la autocrítica. Así, en 1948 Piotr Mijáilovich Zhukovski (1888-1975) uno de los mayores botánicos rusos, hubo de retractarse públicamente entre fervorosos e interminables aplausos: «Mi intervención de hace dos años, cuando el Comité Central del Partido traza la línea divisoria que separa las dos corrientes en biología, era indigna de un miembro del partido y de un científico soviético. Reconozco haber mantenido una posición equivocada [...] declaro: lucharé por la ciencia biológica mitchuriana».

Sorprendentemente Lysenko sobrevivió a la muerte de Stalin. Si bien el XX Congreso del PCUS optó por cultivar los maíces híbridos americanos, hijos de la ciencia mendeliana, el nuevo amo de la URSS. Nikita Kruschev no solo protegió a Lysenko sino que en 1958 lo condecoró con la Orden de Lenin. En diciembre, el Comité Central le confirmó su apoyo y en 1961 fue proclamado, nuevamente, presidente de la Academia de Ciencias Agrícolas.

Su estrella comienza a apagarse recién en 1964, cuando el físico nuclear Andrei Sakharov, por entonces cargado de medallas soviéticas, denunció ante la Asamblea General de la Academia de Ciencias que Lysenko era responsable del vergonzoso atraso de la biología soviética y de la genética en particular, de la divulgación de visiones seudocientíficas, de aventurerismo, de la degradación del aprendizaje y por la difamación, despido, arresto, incluso muerte, de muchos científicos genuinos. Lysenko fue destituido, pero no se le criticó oficialmente hasta la caída de Nikita Kruschev. En 1965 Lysenko fue sustituido en la presidencia de la Academia, pero conservó su escaño hasta su muerte, en 1976. Sin duda, un prodigio genético de sobrevivencia política. “Caramba, que coincidencia”, dirían Les Luthiers.

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