Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

La locura violenta

Hace dos semanas murió Héctor Leis. La generosidad de José Rilla, siempre preocupado por “La actualidad del pasado” y los usos de la memoria me hizo conocer El diálogo, un documental, disponible en You tube, en el que este intelectual argentino mantiene una larga conversación con Graciela Fernández Meijide. Es un análisis lúcido y conmovedor sobre los 60 y 70 y su proyección en el presente.

Hace dos semanas murió Héctor Leis. La generosidad de José Rilla, siempre preocupado por “La actualidad del pasado” y los usos de la memoria me hizo conocer El diálogo, un documental, disponible en You tube, en el que este intelectual argentino mantiene una larga conversación con Graciela Fernández Meijide. Es un análisis lúcido y conmovedor sobre los 60 y 70 y su proyección en el presente.

Nacido en Avellaneda en 1943, comunista en su juventud y luego peronista, participó de la organización guerrillera Montoneros, pasó un tiempo en la cárcel, fue amnistiado en 1973, volvió al combate armado hasta que se exilió a 1976. Se dedicó a estudiar, obtuvo maestrías y doctorados y cerró su carrera académica en Brasil, donde murió a los 71 años, producto de una enfermedad degenerativa.

Su modo de mirar la realidad, la necesidad de revisar el pasado surgió ya en los primeros años de exilio pero, “me costó mucho entender que estaba equivocado”, reflexionó. Se propuso “pensar todo de nuevo”, con las herramientas de la experiencia, el conocimiento académico y la sensibilidad. Dice Pablo Velluto, en un artículo de La Nación: “Lo hizo como lo hacen los grandes intelectuales: en contra de las modas y de la corrección política, en contra del clima de la época y a favor de la verdad, de toda la verdad.”

“Nunca hubo un discurso tan hegemónico y perverso sobre aquellos años como ahora”, se dijo, cuando el kirchnerismo, tan similar en esto a lo que sucede en esta orilla, se apropió de la historia y la memoria. Se indignó por el “uso político e ideológico de los muertos.” Y sentenció apelando al poeta español Gabriel Celaya: “¡Basta de Historia y de cuentos! / ¡Allá los muertos! / Que entierren como Dios manda a sus muertos.”

Entonces se volcó al debate y fueron sus principales recursos la prensa, las charlas, Internet, el documental mencionado y un breve libro: Un testamento de los años 70. Terrorismo, política y verdad en la Argentina (Katz Editores). Los ataques y agravios oficiales y oficialistas no se hicieron esperar.

Leis perteneció a esa generación del 60 que pretendía “refundar” el país y el mundo: “Una palabra “fantástica para describir [lo sucedido] y atroz para pensar lo que viene después, porque el que quiera refundar una cosa tiene que tirar la anterior a la basura.” La consecuencia fue otro intento refundacional, con el Gral. Videla a la cabeza.

A lo largo de sus obras finales, urgentes ante la inminencia de la muerte, Leis reflexiona sobre su generación, sobre la fascinación de las armas, sobre Perón, sobre las negadas responsabilidades que la violencia insurgente tuvo respecto a las atrocidades que sobrevinieron: “Yo no tengo problema en que a los militares la condena se les multiplique por tres, pero [no acepto] que a los otros se les multiplique por cero, para que les dé ‘nada’”. Entre aquellos cuya responsabilidad se “multiplica por cero” incluye al “montón de intelectuales”, que incentivaron la violencia y nunca se hicieron cargo: “Son tan cobardes que no consiguen todavía pensar en el otro y defienden el derecho de matar… de los otros.” Le indigna que tantos de ellos sigan tan campantes subidos al nuevo carro hegemónico, convertidos en marquetineros del supuesto heroísmo de los 60, vendiéndolo como merchandising.

Pero más allá del análisis de los procesos políticos, de su indignación por el mal uso de la memoria e incluso de sus propuestas para suturar heridas del pasado, el testimonio de Leis, nos ilumina sobre la mentalidad de su generación y particularmente de quienes pretendieron refundar el país a tiros.

En ese sentido reflexiona sobre la fascinación que la violencia ejerció en miles de jóvenes de las clases medias y altas, como rompieron sus lazos familiares, como se desentendieron de todo lo que no fueran “los fierros”. Así, Leis cuenta que el mismo día en que nacía su hija, el 4 de septiembre de 1973, optó por participar de un encuentro regional de la organización guerrillera.

Se sentían omnipotentes: “Entonces agarrar un arma era de lo más natural. Era huir de la cobardía de ser incapaz de hacerlo y era la fascinación de la violencia. […] La violencia es una droga, literalmente. La violencia seduce. Ir con un arma, tirotearse, […] Y cuanto más se practica, más seduce. Estaba la ideología, sí, pero estaba este otro factor: la violencia nos seducía a todos.” Leis ejemplifica esta fascinación cuando se refiere al asesinato de José Ignacio Rucci, un alto dirigente sindical muy cercano a Perón y considerado enemigo por los Montoneros. El hecho se produjo el 25 de septiembre de 1973. Leis cuenta que en un principio creyó que se trataba de “una provocación de la CIA”. Lo planteó en una reunión de la dirigencia y un camarada le respondió en tono sobrador: “Pero, si fuimos nosotros…” Entonces preguntó las razones políticas de una ejecución tan significativa, la respuesta fue: “Dejá de esto te hablo de acá a un rato, ahora dejá, que les cuento la operación”. Todos se entusiasmaron con el relato.

Después ya no fue necesario exponer motivos, solo había lugar para el entusiasmo: “Ya está, uno menos,” concluye Leis; “Es decir, los fierros siempre estuvieron primero.” […] No era casualidad era producto de la seducción por la violencia. […] Igual que mis compañeros, […] aun cuando pusiese bombas y matase inocentes […] yo era un terrorista de alma bella.”

Leis no cesó de hacerse preguntas. “Hay muchos en la Argentina que tienen congelada el alma, que les impide decir lo que vieron. ¿Por qué la gente no dice lo que vio? Lo que yo quiero es que cada uno diga lo que vio y lo que hizo. Y que la interpretación quede para las nuevas generaciones.” También intentó una explicación: “Es la inercia de la naturaleza humana. Cuando sos presa de una emoción fuerte quedás atrapado. Seas militar, guerrillero o psicoanalista.” Leis no solo contó lo que vio. Sintió la necesidad de pedir perdón.

“No puedo arrepentirme por lo que hice porque lo hice queriendo y empujado por el espíritu de época. Pero sí pido perdón por el sufrimiento causado por mis acciones, lo nuestro fue una locura que fue al encuentro de otra locura.” Una verdad para las dos orillas del Plata.


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