Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Ingenuos y deshonestos

Judith Miller, periodista estrella del New York Times fue una de las mejores poleas de transmisión de la Casa Blanca para convencer a los estadounidenses de que Sadam Hussein poseía o estaba en camino de desarrollar armas nucleares y químicas. La operación era admirable. El gobierno le proporcionaba fuentes e información, Miller publicaba incendiarios artículos en el New York Times, La “Dama Gris”, el diario por excelencia, el mayor ganador de premios Pulitzer. Bush, Condolezza Rice, Donald Rumsfeld o Dick Chaney los citaban como prueba. Todo se vino abajo en 2003, cuando, con Irak ocupado, se demostró que no había tales armas de destrucción masiva.

Judith Miller, periodista estrella del New York Times fue una de las mejores poleas de transmisión de la Casa Blanca para convencer a los estadounidenses de que Sadam Hussein poseía o estaba en camino de desarrollar armas nucleares y químicas. La operación era admirable. El gobierno le proporcionaba fuentes e información, Miller publicaba incendiarios artículos en el New York Times, La “Dama Gris”, el diario por excelencia, el mayor ganador de premios Pulitzer. Bush, Condolezza Rice, Donald Rumsfeld o Dick Chaney los citaban como prueba. Todo se vino abajo en 2003, cuando, con Irak ocupado, se demostró que no había tales armas de destrucción masiva.

El New York Times había ensuciado su credibilidad por confiar insólitamente en Judith Miller pese a que no le faltaron advertencias. En julio de 2003 publicó una larga disculpa. A Jill Abramson, su jefa directa, se le preguntó si lamentaba algo del comportamiento del diario en este caso. Su respuesta fue: “The entire thing”, “Todo”. Aunque insólitamente se la mantuvo en el periódico el prestigio de Miller se hundía hasta que le cayó del cielo un salvavidas: el Plamegate.

Este sucio caso se inició en febrero de 2002, cuando el ex embajador Joseph Wilson, contratado por la CIA para investigar posibles compras de uranio en Níger hizo un informe, uno más de los que negaban la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Bush ignoró el informe y siguió hablando del uranio de Níger. Indignado por las mentiras, el 6 de julio de 2003 Wilson publicó en el propio New York Times un artículo: “Lo que no encontré en África”.

La venganza tardó apenas una semana. Varias figuras de primer nivel del gobierno filtraron a un grupo seleccionado de periodistas –Miller entre ellos-- que Wilson había sido contratado a sugerencia de su esposa, la agente de la CIA Valerie Plame. Esta filtración constituye un delito federal. El 14 de julio, Robert D. Novak lo comunicó a través de los trescientos medios que publicaban sus columnas. Judith Miller consideró que la noticia ya estaba quemada y no escribió nada.

En diciembre de 2003 el riguroso fiscal federal Patrick J. Fitzgerald se hizo cargo del caso. En la Casa Blanca pusieron las barbas en remojo y acordaron que sólo uno de los filtradores pagara los platos rotos. Ese fue Lewis “Scooter” Libby, jefe de gabinete del vicepresidente Dick Cheney y fuente de Miller; sus abogados tomaron contacto con ella para liberarla del secreto de protección de las fuentes, un derecho que por otro lado no se aplica para encubrir un delito. Sin embargo la periodista encontró una oportunidad para rescatar su dañada carrera. Mientras otros periodistas hacían diferentes arreglos con la fiscalía, ella se negó a testimoniar alegando la protección de su fuente. El 1 de octubre de 2004, un juez federal la condenó a 18 meses de cárcel por desacato. La Corte Suprema ratificó el fallo y Miller marchó a la cárcel el 7 de julio de 2005, convertida en heroína, visitada por altos funcionarios gubernamentales y directores de medios de comunicación. Si bien la confidencialidad de las fuentes es uno de esos principios sagrados del periodismo, buena parte de sus colegas estaba indignado por el uso que Miller había hecho de ese principio y no eran proclives a aceptar su estatuto de mártir. El New York Times esperó hasta el 29 de agosto para pedir la libertad de Miller, en un editorial. Unos días antes la convicta había sido visitada y apoyada por una delegación de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).

Hubo reacciones curiosas, ingenuas y pretenciosas. El 14 de julio, una semana después del encarcelamiento, el ex presidente argentino Raúl Alfonsín escribió para La Nación de Buenos Aires un largo artículo, bajo el título de “El encarcelamiento de Judith Miller”. “Yo la conocí en la última reunión del Club de Madrid, celebrada en esa ciudad con el propósito de analizar el problema del terrorismo.” Esa era la única referencia a Miller; ni una palabra del caso en sí. El resto era un largo, escolar y farragoso sumario de citas prestigiosas sobre la libertad de prensa. Para peor terminaba así: “Finalmente, nuestro deseo es que la valerosa actitud de Judith Miller sea reconocida no sólo como un digno y sacrificado gesto personal, sino, además, como un acicate para que el periodismo libre y responsable se esfuerce por ser respetado frente a cualquier acción abusiva de los gobiernos.”

Si algo carecía de aplicación al caso era este alegato. Aun el más respetable y honrado de los hombres puede decir tonterías. Alfonsín no fue el único. Reporteros Sin Fronteras, desde París emitió su manifiesto incluyendo las firmas de Günter Grass, Bernard-Henry Lévy, Pedro Almodóvar, Fernando Savater, Gianni Vattimo y Wim Wenders, entre otros. Quizás el colmo sucedió el 21 de octubre de 2005 cuando veintitrés importantes editores, empresarios, directores de diarios y ex políticos de Iberoamérica, publicaron un remitido pago, también en el New York Times, con el título de “¡Gracias Judith Miller!”. Entre los firmantes estaban Felipe González y Juan Luis Cebrián, director de El País de Madrid. Leyendo exhaustivamente la lista no aparece ningún uruguayo.

Luego de 85 días presa, Miller decidió que ya había cumplido con su cuota de heroicidad y se dispuso a testificar luego de una puesta en escena en la que parecía que recién entonces la fuente le otorgaba su autorización. Dos años más tarde Lewis “Scooter” Libby sería condenado.

Judith Miller quedó libre el 19 de octubre de 2005. Tres semanas más tarde fue despedida del periódico con un millón de dólares en su cuenta bancaria y un artículo de adiós en el que sentenciaba “cuando tus fuentes están equivocadas, tú te equivocas”.

Si algo faltaba para indignar a los periodistas más respetados de los Estados Unidos, Miller lo acababa de poner por escrito. Decenas de artículos y debates consideraron que la protección de las fuentes es sagrada, pero a condición de no ser una patente de corso que impida la investigación de un delito y de que el periodista sea suficientemente riguroso y desconfiado de las fuentes, para no transformarse en una polea de transmisión de intereses espurios.

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