Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Las hijas de Isabel (IV)

Juana I de Castilla, llamada “la Loca” se convirtió en imprevista reina luego de la muerte de sus hermanos Juan (1497) e Isabel (1498) y el hijo de ésta, el infante Miguel (1500).

Juana I de Castilla, llamada “la Loca” se convirtió en imprevista reina luego de la muerte de sus hermanos Juan (1497) e Isabel (1498) y el hijo de ésta, el infante Miguel (1500).

El 7 de septiembre de 1506 Juana y su esposo Felipe el Hermoso, llegaron a Burgos, para preparar su ascensión al trono. Dos años habían pasado desde la muerte de Isabel, tiempo de largas intrigas entre Fernando el Católico y su yerno, quien, con el interesado apoyo de numerosos nobles castellanos, parecía ganar la partida. Pero, el 25 de septiembre de 1506, Felipe el Hermoso murió sorpresivamente.

A partir de ese instante la historiografía se pierde en una maraña de interpretaciones, resumidas en una pregunta: ¿Estaba realmente loca la reina Juana o fue víctima de una conspiración?

A la sospechada muerte de Felipe el Hermoso siguió el lúgubre cortejo de Juana con su cadáver. El 20 de diciembre de 1506 -pleno invierno-, y cursando ya ocho meses de embarazo, decidió sacarlo de su tumba en Burgos para llevarlo 660 kilómetros al sur, a la catedral de Granada, junto a Isabel la Católica. Le acompañan su hijo Fernando, próximo a cumplir cuatro años y un séquito de soldados, clérigos, músicos y cortesanos. Uno de ellos, Pedro Mártir de Anglería, nos ha dejado un vivo relato: “En un carruaje tirado por cuatro caballos traídos de Frisia hacemos su transporte. Damos escolta al féretro, recubierto con regio ornato de seda y oro. [...] Guardan el cadáver soldados armados”. Juana lleva una cinta negra colgada de su cuello con la llave del ataúd, que de vez en cuando abría.

El periplo se carga de misterios: dice Fernández Álvarez que “sólo se movilizaban de noche, ya que Juana decía que su esposo era un sol y que dos soles no podrían brillar. El cortejo se mueve rodeado de humeantes antorchas a través de los campos”. En cambio, Cristina Segura Graiño, que se opone a la tesis de la locura, sostiene que “la procesión fantasmagórica de una pobre mujer loca con su marido muerto” resulta más eficiente para un cierto pensamiento romántico. Sin embargo, “por eludir el calor fueron los traslados de noche, no por otro tipo de razón”. Extraño error en una catedrática al juzgar un viaje que comenzó en lo más crudo del invierno y pasó por las cuatro estaciones, hasta octubre de 1507.

“Juana no quería escuchar de alojarse en lugares más importantes porque decía que era ‘mujer de un solo amor y su castidad le obligaba a buscar pueblos pequeños y apartados”, (Fernández Álvarez). Puede que fuese su argumento, pero lo cierto es que “estamos sitiados por la peste -se afligía Anglería- ... Al obispo de Málaga […] le ha arrebatado ocho criados”. Los pueblos pequeños y el campo abierto eran más seguros.

Tomaron el Camino Real de Burgos a Valladolid. Llevaban unos veinte días de camino y 70 kilómetros cuando llegaron a Torquemada. Allí la reina dio a luz a Catalina (14 de enero de 1507), la hija póstuma que le acompañará en su encierro de Tordesillas hasta 1525. Cuatro meses estuvieron allí y otros cuatro en Hornillos de Cerrato, a solo siete kilómetros. De allí marcharon 33 kilómetros hasta Tórtoles de Esgueva. El cortejo, en su largo peregrinaje apenas se había alejado 90 kilómetros al suroeste de Burgos y allí terminó el viaje, cuando llegó Fernando, el 28 de agosto de 1507. Los abrazos entre padre e hija fueron emotivos; acordaron que aquel asumiera la regencia hasta que su nieto Carlos estuviera en edad de reinar, cumpliendo así el testamento de Isabel la Católica. También le traía una propuesta de matrimonio del rey Enrique VII de Inglaterra, presentada a través de Catalina, su hermana. “Plúgome sobre todo lo que sobre ello de su parte me escrebistes”, le había contestado Fernando en marzo de aquel 1507. Juana astutamente se limitó a responder con un “Todavía no”. En realidad Enrique VII, achacoso a sus cincuenta años y “con un tufillo provocado por un pesado aliento -todo ello visto y sentido por Juana, durante su estancia en la Corte inglesa-, no era precisamente el galán para hacerle olvidar la imagen de Felipe el Hermoso”. (Fernández Álvarez).

De Tórtoles, el cortejo tomó el camino de regreso y se instaló durante dieciocho meses en Arcos de la Llana, un pueblo cercano a Burgos. Juana había vuelto a caer en un estado deplorable: dormía en el suelo, no se cambiaba de ropa ni se lavaba y se negaba a comer. El 16 de febrero de 1508 partió hacia Tordesillas donde permanecería en una jaula a veces dorada, a veces de basto hierro, hasta su muerte, el 12 de abril de 1555; más de 46 años de encierro. Por momentos, como a lo largo de toda su vida, emergía la reina inteligente y nada manipulable, por otros, la desesperada, hundida en la más profunda depresión. Su historia aún hoy conmueve a científicos, escritores, pintores, dramaturgos y cineastas. El retrato de la “loca de amor” es, sin duda, el más atractivo para el arte. En cambio, en el mundo académico no son pocos los que han pretendido que la locura era invención de quienes le usurpaban el trono: marido, padre e hijo. Esa es la conclusión de Bethany Aram, historiadora norteamericana, luego de una investigación de diez años.

El tema no fue ajeno a la psiquiatría a partir del último tercio del siglo XIX. Casi todos los pioneros fueron seducidos por el personaje; todos coinciden en el trastorno psiquiátrico, pero no en cuál: ¿Esquizofrenia, depresión profunda, trastorno bipolar? Esta última explicaría las contradicciones entre los testigos que describen tanto momentos de extrema brillantez como otros de exaltación y depresión.

Pero hay otra pregunta: ¿Estaba realmente imposibilitada para reinar? Cuando tuvo que tomar decisiones políticas como reina -y no fueron pocas- fue siempre prudente. En todo caso hubo reyes más “locos” que Juana; su cuñado Enrique VIII, sin ir más lejos, se comportó como un verdadero psicópata.

La influencia histórica de Juana poco tiene que ver con su desgraciada locura. En una época de terrible mortandad infantil, su vigoroso cuerpo engendró seis hijos; todos sobrevivieron y marcaron el destino de Europa y América por siglos: dos emperadores -Carlos V y Fernando I- reinas sus cuatro hijas: Leonor de Francia; Isabel de Dinamarca; María de Hungría y Catalina de Portugal. En cambio, Catalina de Aragón, su hermana menor sufrió el drama opuesto: la supuesta incapacidad de darle un heredero varón a su marido Enrique VIII. (continuará)

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