Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Las hijas de Isabel (III)

El 14 de noviembre de 1501, Catalina de Aragón, la menor de las hijas de los Reyes Católicos, se casó en Londres con Arturo, príncipe de Gales. Ella tenía 16 años, él 15. Por esos mismos días, Juana, nueva heredera del trono de Castilla y su esposo, Felipe el hermoso, viajaban de Bruselas a Toledo, atravesando Francia.

El 14 de noviembre de 1501, Catalina de Aragón, la menor de las hijas de los Reyes Católicos, se casó en Londres con Arturo, príncipe de Gales. Ella tenía 16 años, él 15. Por esos mismos días, Juana, nueva heredera del trono de Castilla y su esposo, Felipe el hermoso, viajaban de Bruselas a Toledo, atravesando Francia.

El 22 de mayo de 1502 prestarían juramento ante las cortes castellanas en la catedral de Toledo. El 2 de abril, Catalina había enviudado sorpresivamente y pasaría cinco años de incertidumbre, prácticamente prisionera en la corte inglesa mientras le procuraban un nuevo Tudor por esposo.

Los proyectos políticos de los Reyes Católicos concordaban poco con los de su yerno flamenco. Para mayor disgusto, Felipe pretextó que sus deberes le reclamaban en Bruselas y en diciembre de 1502, dejó Castilla, solo. La reina Isabel se había mantenido firme: su hija cursaba seis meses de embarazo y además era necesario prepararla para su futura función como reina; también quería evaluar su estado mental; los flamencos, comenzando por su marido, decían que estaba loca.

Pero madre e hija no estaban en condiciones como para hablar y discutir en paz. La reina sufría un largo proceso de cáncer de útero; Juana exigía, con su habitual exaltación, volver a Bruselas y esta aumentó luego de parir a Fernando, futuro Emperador del Sacro Imperio, en marzo de 1503. Durante una de las noches más frías del invierno se paró bajo la ventana de su madre, descalza y sin ropa de abrigo, hasta las dos de la madrugada. Isabel cedió y el 1º de marzo de 1504, autorizó su partida. No se volverían a ver. La gran reina murió unos meses más tarde, habiendo confirmado a Juana como heredera de Castilla y León y si “estando en ellos, no quiera o no pueda entender en la gobernación dellos”, será Fernando quien ejercerá la regencia en su nombre.

Felipe ocultó, primero, la gravedad de la reina y luego su muerte, mientras enviaba un delegado a España para ofrecer a lo más destacado de la nobleza y el clero castellanos mercedes y prebendas que tan retaceadas les fueran por los Reyes Católicos. Su triunfo implicaría desandar el camino hecho por sus suegros para implantar un Estado Moderno. Fernando también movió sus piezas. La nueva reina es la clave: ambos rivales presentan a Juana como desquiciada o cuerda según momento y conveniencia de cada uno.

Por otro lado, aquella enigmática mujer se planteaba un perfecto silogismo: “En Castilla no debía gobernar un flamenco. Los flamencos no estaban acostumbrados a que sus mujeres les gobernaran. Por tanto, en Castilla debía gobernar con su padre, Fernando, hasta que su hijo, Carlos, pudiera recibir la herencia de su abuela”, sostiene Cristina Segura Graiño.

En enero de 1506 Juana y Felipe se hicieron a la mar rumbo a Castilla, pero una tempestad los arrojó sobre las costas de Inglaterra. El accidente obligó a una larga estadía. En un gesto altamente significativo, Juana cambió su vestimenta a la flamenca por la castellana.

Felipe hizo lo posible para aislar a su esposa y su hostilidad hacia Catalina era tan notoria que durante una fiesta, en un gesto impropio, rechazó más de una vez la invitación a bailar de su hermosa cuñada. Eso explica que, luego de diez años sin verse, Juana apenas pasara un día junto a su angustiada hermana, a quien prometió que su próxima hija llevaría el nombre de Catalina. También se reunió en privado con el rey Enrique VII, muy impresionado por la nueva reina de Castilla: a sus 25 años era bella, inteligente y buena paridora: “Cuando la vi, muy bien me pareció, y con buena manera y continencia hablaba, y no perdiendo punto de su autoridad; y aunque su marido y los que venían con él la hacían loca, yo no la vi sino cuerda…”

El 26 de abril de 1506, la nueva pareja real, llega a la Coruña y emprende el camino hacia Burgos, cruzando Galicia hacia el sur. El viaje es lento. El 20 de junio se encuentran con el rey Fernando, en un pueblo de Zamora; pasan agosto en Tudela del Duero y el 1º de septiembre salen hacia Burgos.

Al detenerse en la pequeña aldea y castillo Cogeses de Monte, ya cerca de Burgos, Juana, temiendo que su marido la dejase encerrada en él, se quedó a prudente distancia y pasó “la noche entera a caballo, sin que los ruegos ni las amenazas pudieran inducirla a penetrar en la aldea”.

El 7 de septiembre llegan a Burgos y se instalan en el imponente Palacio de Cordón, propiedad del Condestable de Castilla, Bernardino Fernández de Velasco y Mendoza. Allí, los Reyes Católicos habían recibido a Colón, luego de su segundo viaje y celebraron la boda del príncipe Juan. Ambos sucesos en 1497.

Bernardino Fernández, partidario de Fernando, simpatizaba poco y nada con Felipe el hermoso y este no hizo gesto alguno para congraciarse con su anfitrión. Para empezar le exigió dejar el palacio solo para él y su esposa y como no quería ningún castellano cerca de la reina, ordenó la salida del palacio a la esposa del Condestable. El poderoso Cardenal Cisneros hubo de hospedarse en un convento.

Fueron días de triunfo, de brillo cortesano, de celebración de lo que aparentaba una victoria sobre Fernando. El 16 de septiembre, tras un gran festín el Hermoso y los invitados dieron un paseo a caballo y jugaron a la pelota. Al concluir la partida, el flamenco, exhausto y acalorado, bebió con avidez de un botijo de agua helada. Al día siguiente amaneció con fiebre y ya no pudo levantarse. Juana lo cuidó día y noche con devoción y amor, pero sin derramar nunca ni una lágrima, incluso después de su muerte, el 25 de septiembre de 1506, a los 28 años.

El cardenal Cisneros asumió la regencia de Castilla, a la espera de la llegada del rey Fernando desde Nápoles. Pedro Mártir de Anglería comenta: “Tiene mucho talento y memoria esta nuestra soberana. Con agudeza penetra no solo en lo que respecta a una mujer, sino también a un gran hombre. No da explicaciones; se niega a tomar iniciati- vas. […] Tan pronto nos hace concebir esperanzas de una próxima curación como nos las ahuyenta. Así vivimos”.

Pero el 20 de diciembre desenterró a su marido, lo colocó dentro de una caja de plomo y pretendía recorrer más de 660 km para darle entierro definitivo en Granada.

Se iniciaba el capítulo más esperpéntico, el que más ha sustentado la leyenda de la locura de Juana. (Continuará)

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