Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Hacedoras de reyes

La Guerra de las dos Rosas, entre los Lancaster y los York tuvo como protagonista a la poderosa aristocracia feudal inglesa y sus ejércitos privados; la desangró paulatinamente a lo largo de treinta años (1455 y 1485) con intermitentes periodos de paz.

La Guerra de las dos Rosas, entre los Lancaster y los York tuvo como protagonista a la poderosa aristocracia feudal inglesa y sus ejércitos privados; la desangró paulatinamente a lo largo de treinta años (1455 y 1485) con intermitentes periodos de paz.

Sobre sus cenizas emergió el poder absoluto de la dinastía Tudor que convertiría a Inglaterra en una gran potencia.

El último periodo de esta guerra quedó fijado en la memoria a través de William Shakespeare en Ricardo III, aquel despiadado que hizo matar a su hermano, a sus sobrinos, destruyó a su esposa y murió en la batalla de Bosworth al grito desesperado de “¡Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo!” Ricardo III es una de las grandes obras del ingenio humano, pero no puede olvidarse que el dramaturgo escribía en tiempos de Isabel I Tudor, sus obras embellecían el pasado de la dinastía y se permitía adecuar los hechos a sus necesidades.

Para corregir a Shakespeare está la labor de aquellos historiadores que revisan los hechos, describen las grandes batallas, las peripecias, intrigas, muertes y ejecuciones o cambios de bando de los grandes señores. A la insistencia de Hernán Navascués debo el placer y el modesto conocimiento de una tercera lectura, que glosaré a continuación.

La guerra de las dos Rosas es una guerra civil entre familiares, eso explica el papel fundamental de las mujeres ya no solo como prendas que sellan con sus matrimonios las alianzas entre los nobles en guerra, sino --este punto es central en la historia-- que eran capaces de ejercer su poder en la privacidad de los palacios, en las alcobas y en los entresijos del espacio público. También ellas eran capaces de generar hechos, de practicar lealtades feroces y traiciones escandalosas.

Así lo explica la historiadora británica Philippa Gregory, autora de La reina blanca (2011) una novela, complementada por una investigación histórica que la sostiene (Las mujeres en la guerra de los primos, 2011). La obra fue convertida en una serie de televisión de diez capítulos emitida en 2013. La serie cruza las vidas de Isabel Woodville (1437 – 1492), Margaret Beaufort (1443 – 1509) y Anne Neville (1456 - 1485).

Solo dos de ellas aparecen en Ricardo III: Isabel como su cuñada y enemiga jurada, Anne como una víctima de Ricardo -asesino de su esposo Eduardo- que la seduce, se casa con ella y la deja morir. En cambio Margaret no aparece, aunque sí su último marido, Lord Stanley, uno de los principales personajes de la obra.

El largo reinado de Enrique VI, iniciado formalmente en 1429, se había erosionado con la derrota en la guerra de los cien años contra Francia y el deterioro de su salud mental. Muchos nobles desconfiaban de este hombre dominado por su esposa, Margarita de Anjou. En mayo de 1455, los York se levantaron contra él.

Al inició de la guerra, Isabel Woodville tenía dieciocho años y ya estaba casada, Margaret Beaufort tenía doce y estaba por casarse, Anne Neville nacería al año siguiente.

Isabel fue la primera de los doce hijos de Ricardo Woodville, barón de Rivers y Jacquetta de Luxemburgo; se casó en 1452 con Thomas Grey de Groby y tuvieron dos hijos: Thomas y Ricardo. Se decía que era la mujer más bella de su tiempo.

Margaret Baufort era la única hija legítima de John Beaufort, duque de Somerset y conde de Kendal, y de Margaret de Beauchamp, heredera de la baronía de Bletsoe. Pertenecían a una rama bastarda de los Lancaster. Margaret perdió a su padre cuando apenas tenía un año y quedó como única heredera de una enorme fortuna, lo que la convertía en un partido matrimonial altamente apetecible. Poco antes de morir, su padre la había casado con el duque de Suffolk, aunque luego esta boda no se confirmó.

Cuando llegó a los 12 años el rey Enrique VI la casó con su medio hermano, Edmundo Tudor de 24. Si bien estaba apta para el matrimonio, difícilmente lo estaba para consumarlo: era pequeña y frágil. Pero su marido, que debía partir a la guerra, no estaba dispuesto a esperar y al poco tiempo estaba embarazada. “Incluso con los valores de esa época, eso era un acto brutal. –dice Philippa Gregory-- Pero Edmundo estaba tan decidido a asegurarse las propiedades de Margarita y la importancia de su herencia, que arriesgó su vida y la de su hijo nonato.” Luego se fue.

Tanto la familia de Margaret como la de Isabel lucharon bajo la rosa roja de los Lancaster; sus esposos murieron en la guerra. Edmundo Tudor cayó prisionero en las primeras acciones y murió de peste en un castillo del sur de Gales, en noviembre de 1456. Thomas Grey cayó en febrero de 1461, poco antes de la batalla de Towton que tuvo lugar el 29 de marzo. Aquel día, la mayoría de la nobleza inglesa estaba presente en el campo de batalla; Se enfrentaron entre veinte y treinta mil hombres y veinte quedaron tirados a lo largo de tres kilómetros. Casi no hubo familia que no perdiera uno de los suyos. Los Lancaster fueron derrotados.
Eduardo de York, de diecinueve años era el nuevo rey; había luchado en medio de sus hombres, con un hacha. Era un buen mozo alto, valiente y popular, pero nada hubiese logrado sin el apoyo de Ricardo Neville, el noble más rico de Inglaterra. Tantas eran sus posesiones que era posible viajar desde Londres hasta Berwick-upon-Tweed la ciudad más al norte de Inglaterra, sin salir de ellas.

Anne Neville era la segunda hija de Ricardo y de Anne de Beauchamp, condesa de Warwick, cuyo título usaba el marido y por el cual era habitualmente conocido. El mejor de los futuros se presentaba ante aquella niña de cinco años. Su padre era ahora llamado el Hacedor de Reyes y en su castillo, se criaban –eran sus compañeros de juego-- los hermanos menores del nuevo rey: Jorge y Ricardo.

Isabel y Margaret formaban parte del bando perdedor. Margaret había sobrevivido de milagro al parto difícil de un niño al que puso el nombre del rey depuesto: Enrique. No podría tener más hijos. Isabel tenía a su cargo dos hijos y una situación económica difícil puesto que su suegra se negaba a pasarle el dinero que le correspondía por el contrato matrimonial.

Con el tiempo las vidas de estas tres mujeres se cruzarían como tenaces políticas, calculadoras adversarias, vengativas enemigas y astutas aliadas.

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