Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Aquella generosa Venezuela

En los años 70 casi toda América Latina vivía sofocada por la violencia y las dictaduras. En cambio, Venezuela se parecía bastante al paraíso.

En los años 70 casi toda América Latina vivía sofocada por la violencia y las dictaduras. En cambio, Venezuela se parecía bastante al paraíso.

Durante el siglo XIX había sufrido la condena de todo el continente desde la independencia: una interminable sucesión de guerras civiles entre caudillos liberales y conservadores. La primera mitad del siglo XX fue signada por dos dictaduras patriarcales: Juan Vicente Gómez (1910- 1935) y Marcos Pérez Jiménez (1952-1958). Sin embargo, a diferencia de los Somoza o los Trujillo, los dictadores venezolanos fueron temibles pero modernizadores respecto al estado y autores de importantes obras públicas y bellas construcciones.

Gabriel García Márquez confesó que Gómez fue su principal fuente de inspiración para la novela El otoño del patriarca: “La personalidad de Juan Vicente Gómez era tan importante, y además ejercía sobre mí una fascinación tan intensa, que sin duda el Patriarca tiene de él mucho más que de cualquier otro”.

Pérez Jiménez también fue inspirador, pero de un militar autoritario: Hugo Chávez. El 25 de abril de 2010 dijo: “Yo creo que el general Pérez Jiménez fue el mejor presidente que tuvo Venezuela en mucho tiempo. […] ¡Ufff! […] Fue mejor. ¡Aahh! Lo odiaban porque era militar.”

Ciertamente, sus enormes riquezas naturales permitieron que el crecimiento de la economía venezolana de 1952 a 1958 fuera el más alto del hemisferio occidental, el empleo subió 21% entre 1952 y 1956, y la inflación no pasó del 1,6% en 1954. Incluso la dictadura de Pérez Jiménez no careció de buen gusto, al punto que dejó obras -para citar solo una- como El Aula Magna de la Ciudad Universitaria de Caracas con su impresionante obra las “nubes acústicas”, un móvil de Alexander Calder (1953) que cumplía una doble función: estética y acústica.

Pero las obras y el confort sin libertad no tienen sabor. Y vaya que hubo que luchar para conseguirla.

El 23 de enero de 1958 la caída de Pérez Jiménez abrió el camino hacia la democracia, en medio de la violencia de la guerrilla castrista y la proscripción de la izquierda comunista. En 1970 se acordó el fin de la guerrilla y se legalizó el Partido Comunista. Dos partidos modernos, con años de experiencia en la lucha contra el autoritarismo emergieron entonces como las fuerzas políticas fundamentales: Acción Democrática, de raigambre socialdemócrata y el Copei, socialcristiano. Cuando las democracias del cono sur cayeron como un dominó, Venezuela fue una de las más generosas tierras de asilo. Los tres presidentes venezolanos durante esos años negros sabían de las luchas por las libertades; habían sido perseguidos, torturados, encarcelados y exiliados. Carlos Andrés Pérez, dos veces presidente -(1974-1979) y (1989-1993)- estuvo preso un año al resistirse al golpe de Estado militar que derrocó a Rómulo Gallegos en 1948, fue expulsado y regresó para luchar contra la dictadura de Pérez Jiménez y fue arrestado nuevamente. Su sucesor, Luis Herrera Campins -(1979-1984)- fue encarcelado durante cuatro meses en la Cárcel Modelo, en 1952, y luego expulsado del país, exiliándose en Madrid. Por último, Jaime Lusinchi (1984-1989), también en 1952, fue detenido y torturado, luego encarcelado y enviado al exilio.

Sí, esos hombres sabían del sufrimiento, de la falta de libertad y de la solidaridad.

Entre ocho y nueve mil uruguayos encontraron refugio y trabajo en aquella “Venezuela Saudita”, así llamada debido al flujo de petrodólares que ingresaban. En un país pletórico de iniciativas culturales, los creadores y académicos uruguayos encontraron campo fértil. El español Benito Milla, insoslayable personaje del boom editorial uruguayo de los 60 con su editorial Alfa, había sido llamado, en 1968, para dirigir la editorial estatal Monte Ávila. En 1974, obligado al exilio, el crítico y ensayista Ángel Rama, figura clave de la generación del 45, fue nombrado Director Literario de la recientemente formada Biblioteca Ayacucho. Cuando, en 1977, la dictadura le negó la renovación de su pasaporte uruguayo, el gobierno venezolano le otorgó la ciudadanía. Otro refugiado, el exrector de la Universidad de la República, Rodrigo Arocena, relata que Venezuela recibió a quienes, hasta 1973, habían trabajado en el Instituto de Matemática y Estadística (IME) de Montevideo, obra conjunta de Rafael Laguardia, quien lo dirigió desde su fundación en 1942 hasta 1968, y José Luis Massera, matemático de renombre mundial. Todos fueron destituidos por la dictadura, Massera, dirigente comunista, estuvo nueve años preso. Dice Arocena: “A partir de 1975, varios de los antiguos docentes del IME fueron llegando a Venezuela, atraídos por la oportunidad de vivir y trabajar en paz que una nación hospitalaria les brindaba. […] El período venezolano fue para nosotros, como para tantos otros que llegaron desde el cono sur del continente, de calma y producción, de asentamiento personal y tranquilidad del espíritu. Sobre todo, en virtud de las condiciones de las que veníamos. Hicimos muchos amigos muy cercanos, venezolanos y no venezolanos. […] El marco de la vida y el trabajo […] incrementó los lazos académicos y fraternales entre los matemáticos uruguayos que ayudaron a la decisión más o menos conjunta de volver, y luchar por el renacimiento científico en Uruguay. Y les permitió consolidarse como investigadores”.

Entre los artistas, llegaron el maestro Hugo López Chirico, director de la Orquesta Sinfónica Municipal de Montevideo, que trabajará en Universidad de los Andes, dirigirá la Orquesta Filarmónica de Mérida y publicará una serie de libros de su especialidad. También llegaron el director de teatro Ugo Ulive y el cineasta Mario Handler, entre muchos.

La solidaridad venezolana con los uruguayos fue sometida a una dura prueba el 28 de junio de 1976. Esa mañana, una detenida política se hizo conducir hasta las cercanías de la embajada de Venezuela, con la promesa de entregar a un compañero. El hermoso edificio de Bulevar Artigas 1257 casi Chaná, obra de Fresnedo Sirí, no es de fácil ingreso: el muro circundante es alto, pero la detenida logró saltarlo y entrar al predio. Estaba en tierra venezolana, se creyó salvada, pero no fue así. Se iniciaba el caso Elena Quinteros.

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