Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Una deuda y un silencio

El 13 de diciembre de 1876 llegó a Montevideo Domingo F. Sarmiento, para presidir, junto a José P. Varela el acto de entrega por primera vez, de los títulos oficiales de maestro graduado, en el marco de la reforma educativa que comenzaba a instrumentarse.

El 13 de diciembre de 1876 llegó a Montevideo Domingo F. Sarmiento, para presidir, junto a José P. Varela el acto de entrega por primera vez, de los títulos oficiales de maestro graduado, en el marco de la reforma educativa que comenzaba a instrumentarse.

Trece días más tarde desembarcaba el salesiano Luigi Lasagna, de 26 años, junto a doce compañeros para comenzar el proyecto educativo de la congregación fundada por Juan Bosco en 1859. Traían consigo moderno material didáctico, una metodología de enseñanza y disciplina que poco tenía que ver con la tradicional educación basada en que “la letra con sangre entra”.
Inmediatamente, el 2 de febrero de 1877 comenzó a funcionar el Colegio Pío, en Colón, como escuela-granja e internado de niños y adolescentes. Sus instalaciones eran una capilla, dos grandes salones y dos o tres pequeñas piezas. Nuevos colegios se sucedieron: San Isidro, en las Piedras (1881), Paysandú (1885) y Sagra- do Corazón en el Cordón (1889).

En 1895, en el Colegio Pío instalan “el primer Observatorio Meteorológico con el que contó el país, con instrumental moderno para la época y una importante biblioteca científica”. El P. Luis Morandi (1867-1946) llegado al país en 1884 fue su director y más tarde fundador del Observatorio Municipal del Prado. A su alrededor se forma un grupo de trabajo entre los que se destaca Enrique Legrand (1861-1936) “el gran pionero de la astronomía nacional” y el ingeniero Carlos Honoré. (Pintos Ganón y Fernández).

Pero, quizás la obra más significativa para la historia de la educación en el Uruguay sean los talleres Don Bosco, fundados en 1893 por Giuseppe Gamba, de 33 años, llegado al Uruguay en 1877. Comienzan en una sencilla construcción de ladrillos, barro y madera con techo de azotea con dos salas para comedor y talleres de sastrería y zapatería, junto con un primer alojamiento para los jóvenes. Estaba en el mismo lugar que hoy (Canelones, Requena, Maldonado y Salterain), en una zona llamada la Estanzuela, sin calles, pavimentos ni servicios públicos de luz ni agua; allí se instalaron tres salesianos y 19 estudiantes. Pocos años después, en 1902, ya es posible encontrarse con lo fundamental del imponente edificio actual.

Hasta ese momento, la enseñanza de los oficios en el Uruguay estaba en manos de una entidad que se situaba en las antípodas del proyecto salesiano: La Escuela de artes y oficios, creada en 1879, bajo el gobierno de Latorre, como ampliación de los talleres que funcionaban en el batallón de Cazadores y dirigida por un sargento mayor y que en 1887 pasa a llamarse Escuela Nacional de Artes y Oficios. Su pretensión era “moralizar y habilitar para un trabajo honrado a [los niños que son] hoy la plaga de cada pueblito y la mortificación de las policías,” decía una publicación de la época.

Contaba con una buena infraestructura tanto en locales como maquinaria, pero “su alumnado fue escaso, no pasando generalmente de 200 alumnos, todos con régimen de internado y con conducta frecuentemente difícil. Este hecho se explica en parte por el régimen disciplinario aplicado y también porque allí confluían en los primeros años, desde niños simplemente rebeldes o desobedientes hasta condenados por homicidio. [...] ‘Son demasiado repetidas las quejas por malos tratamientos y de castigos bárbaros para creer que no tengan ningún fundamento...’ alertaba el diario El Siglo en 1886.” (Jorge Bralich, Breve historia de la educación uruguaya ).

Don Bosco orientó su misión “sobre todo en los chicos pobres y en las clases populares (“del basso popolo”).” (P. Luis Ricchiardi sdb). Su proyecto educativo distinguía entre dos modelos: el represivo y el preventivo. “Aquel se propone educar al hombre con la fuerza, reprimiéndolo y castigándolo, cuando ha violado la ley, cuando ha cometido un delito; este trata de educarlo con la dulzura y por eso lo invita suavemente a la observancia misma de la ley, y le suministra los medios aptos y eficaces para tal fin”.

“Don Bosco no era ingenuo ni despegado, -dice Jorge Scuro- tenía los pies sobre la tierra. Conocía dónde entraba y qué proponía. Eso sí, era absolutamente consciente de que su sistema no consiste en hablar sin hacer, en predicar sin operar. Su sistema supone esfuerzo, mucho trabajo, dedicación, paciencia y mucho amor”.

A diferencia de otros fundadores de instituciones educativas de la época, Don Bosco no refugió su cristianismo en el rechazo a la modernidad y al involucramiento cívico. Por el contrario, propugna un estilo de vida cristiano sustentado en el cumplimiento de los deberes sociales y civiles del ciudadano. A lo largo de su obra y su correspondencia refiere constantemente a la necesidad de formar “buenos ciudadanos y buenos cristianos.” La fórmula no era nueva, de hecho proviene del Concilio de Trento, pero en el siglo XIX, cuando la Iglesia perdía rápida y progresivamente su antiguo poder, cuando los estados se liberaban de su tutela, la expresión alcanzaba un nuevo fulgor y un nuevo sentido.

Preparando esta columna revisé varios materiales sobre la educación técnica en el Uruguay. Todos, al menos los que encontré, ignoran esta experiencia y sobre todo la comparación con la Escuela de Artes y Oficios. Así, un libro publicado por el MEC en 2014 (A 140 años de La educación del pueblo: Aportes para la reflexión - sobre la educación en el Uruguay) tiene un largo capítulo (Educación profesional, técnica y tecnológica) sin una sola palabra sobre la experiencia salesiana.

En estos complejos días, como lo hacía Don Bosco en el siglo XIX, con la misma convicción y el mismo carisma, los salesianos despliegan obras como la escuela de oficios Don Bosco, que trabaja en el Marconi hace más de 40 años y a la que asisten cerca de 250 jóvenes, el Movimiento Tacurú, en el barrio Lavalleja que trabaja con más de 500 jóvenes o el Proyecto Minga, que se lleva a cabo desde el año 2010 en Las Piedras.

Claro que no son los únicos. En un artículo reciente, el Observador se refiere a “Las luces de Marconi” y menciona otras obras con el mismo perfil: La obra San Vicente del Padre Cacho, el Colegio Obra Banneux, y el CAIF Casa Cuna Santa Rita. Hace décadas que están allí trabajando para formar “honrados ciudadanos y, si es posible, buenos cristianos”.

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