Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Después del terror

Años 1944 y 1945. A medida que los Aliados avanzaban sobre el Tercer Reich, centenares de miles de gastados humanos llenaban los caminos de Europa para regresar a sus casas: prisioneros, trabajadores obligados, poblaciones desplazadas o resistentes que bajaban de los montes.

Años 1944 y 1945. A medida que los Aliados avanzaban sobre el Tercer Reich, centenares de miles de gastados humanos llenaban los caminos de Europa para regresar a sus casas: prisioneros, trabajadores obligados, poblaciones desplazadas o resistentes que bajaban de los montes.

No fue el caso de los judíos. En los hechos las tropas aliadas, menos que liberar los campos, los descubrieron y se enfrentaron a la imprevista necesidad de ocuparse de unos cien mil supervivientes, según la aceptada cifra de Elie Wiesel. Otros ciento cincuenta mil judíos se habían salvado merced a la protección de familias, conventos y en algunos casos de pueblos pequeños o de un país entero, como el excepcional caso de Dinamarca.

Los supervivientes de los campos habían sufrido una indecible deshumanización, graves secuelas físicas y psíquicas, tal como lo han testimoniado Primo Levi, Imre Kertész o Viktor Frankl, pero fueron mantenidos en campamentos instalados con frecuencia en los propios campos de exterminio.

Poco a poco se mejoraron las condiciones y los propios judíos fueron organizando actividades educativas, culturales e incluso políticas. Pero el regreso a casa fue demorado, gozó de escaso consuelo y, menos aún, de alegría, paz y justicia.

Dice Paul Johnson: “Cuando se abrieron los campos y se conoció la medida real del desastre, algunos judíos esperaron con candidez que una humanidad ofendida reconociera la magnitud del crimen y dijese con voz poderosa ‘ya basta, el antisemitismo debe terminar’. [...] Pero las sociedades humanas no actúan de ese modo; [...] los desconcertados supervivientes a menudo provocaron irritación más que compasión”. Menachem Rosensaft, que nació en 1948 en el campo de Bergen Belsen, lo confirma: “Nadie los quería. Se convirtieron en un inconveniente para el mundo”.

Se iniciaba la Guerra Fría. Ambos bloques prefirieron consolidar sus posiciones de poder y zonas de influencia amnistiando discretamente a civiles y militares de los países involucrados en la Shoah para ganar su apoyo ante el nuevo adversario.

De modo que era mejor olvidar que ocuparse del “problema judío”.

El caso polaco es paradigmático. Había albergado la mayor comunidad judía de Europa: tres millones y medio. En Varsovia eran un tercio de su población. Sobrevivieron apenas 230.000, pero quienes pretendieron o fueron obligados a volver revivieron el horror. En abril de 1946, habían sido asesinados 1.200 sobrevivientes judíos y un número también considerable sufrió la misma suerte en Eslovaquia y en Hungría, al intentar recuperar sus propiedades; la mayoría modestos apartamentos o granjas. Retomaron el camino hacia un occidente donde nadie los quería.

“Los refugiados judíos no son bienvenidos en Francia.” Dijo el Ministro de Relaciones exteriores en 1946, con el apoyo de los comunistas, para quienes los escapados del Este eran “reaccionarios que no quieren volver a su país”.

En Francia, como en el resto de los países ocupados, una parte de la población se había beneficiado de la expoliación de los bienes judíos y no estaba dispuesta a devolverlos. Se creo “La unión republicana de familias francesas” para la defensa de los compradores. Su argumento era que la “arianización” de los bienes judíos había sido una ley del gobierno legítimo de Vichy y no podía ser sustituida retroactivamente por una ley derogatoria. El reintegro a sus puestos de trabajo fue otro de los contenciosos.

Bernard Wasserstein dice “que rápidamente los judíos fueron vistos no solamente como ‘las víctimas de la barbarie nazi’ sino también como un molesto grupo de presión”.

Paradójicamente, Alemania fue el país más seguro. Por un lado, los 270.000 judíos que huyeron de Polonia, Hungría o Checoslovaquia, fueron instalados por la ONU en campos para personas desplazadas que congregaban unas 7000 personas cada uno.

Los judíos propiamente alemanes eran pocos. Para 1938 unos dos tercios habían emigrado y 170.000 morirían en la Shoah. Apenas quedaban 15.000, quienes en 1949 convocaron una conferencia en Heidelberg y decidieron quedarse en Alemania, para disgusto del movimiento sionista.

Los juicios de Núremberg fueron extremadamente indulgentes con los industriales, los necesitaban para la reconstrucción. Los trabajadores forzados de IG-Farben y AEG-Telefunken apenas lograron cobrar entre 1700 y 500 dólares.

En Núremberg, el despreciable Friederich Flick, sostuvo, en nombre del resto de los industriales: “Nada nos convencerá que somos criminales de guerra”. Fue condenado a siete años de cárcel y puesto en libertad a los tres. No pagó un solo marco. Falleció en 1972, a los 89 años, siendo el hombre más rico de Alemania y poseedor de una de las mayores colecciones del mundo de arte contemporáneo.

Por fin, en 1951 Israel y Alemania llegaron a un satis- factorio Acuerdo de Reparaciones.

El caso de Austria fue el peor de Occidente. Disputa-da por soviéticos y occidentales, a pesar de su entusiasta participación en el mundo nazi, a partir del Anschluss (1938,) logró ser calificada como “la primera nación libre que cayó víctima de la agresión hitleriana,” y eximida de reparaciones.

Otros países, antiguos aliados de los nazis, ahora en la órbita soviética, tampoco repararon nada.

Inglaterra quería asegurarse la paz con los árabes y sobre todo la provisión de petróleo, por lo tanto no solo redujo al mínimo -3.000- el ingreso de emigrantes judíos sino que hizo lo posible para evitar su pasaje a Palestina; Estados Unidos solo admitió 12.000, mientras que ingresaban decenas de miles de alemanes, muchos antiguos nazis.

Éretz Israel, la tierra prometida se convirtió casi en el único camino. Los sionistas poseían una plataforma coherente después de la Shoah; estaban organizados y actuaban. Líderes como Menájem Beguín estaban dispuestos a todo para no ser nunca más los corderos del holocausto ni el chivo expiatorio.

La sufrida judería europea, a pesar de dos mil años de antisemitismo, de miedo, pogromos y expoliaciones, había contribuido a crear el mundo occidental moderno. Sus gentes ilustran las ciencias, las artes, la filosofía o las modernas formas empresariales. Ahora pegaba un giro de timón hacia la creación de Israel, sin encontrar, aún hoy, la siempre ansiada paz.

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