Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Desmemorias: Vicente Oroza

Nadie más representativo de aquel Uruguay, nadie más uruguayo que el gallego Vicente Oroza, nacido en 1922 en Burela, un pueblo pequeño de labriegos y pescadores, ubicado en Galicia, sobre el Cantábrico. Trabajaba con su familia en la labranza, pero le tiraba el mar; a los catorce años se embarcó y llegó a ser patrón de pesca.

Nadie más representativo de aquel Uruguay, nadie más uruguayo que el gallego Vicente Oroza, nacido en 1922 en Burela, un pueblo pequeño de labriegos y pescadores, ubicado en Galicia, sobre el Cantábrico. Trabajaba con su familia en la labranza, pero le tiraba el mar; a los catorce años se embarcó y llegó a ser patrón de pesca.

No fueron las privaciones ni el deseo de “hacerse la América” las razones que lo trajeron al Uruguay en 1954: fue el amor. Su novia, Elsa Mariño, también nacida en Burela, había emigrado con toda su familia en 1951. Un buen día, Vicente emprendió el camino hacia el puerto de Vigo; ni él ni su madre tuvieron el ánimo para despedirse, un desgarro habitual en aquellas tierras de emigración.

Su destino montevideano fue La Teja. Allí vivía con su esposa y su familia política. Matías, su suegro, trabajaba en el frigorífico Castro y era un pater familias con todas las de la ley: tierno, generoso, sensible. El amplio terreno de la calle Concordia, a pasos de Carlos María Ramírez, se fue poblando de nuevas edificaciones a medida que la familia crecía. Su nieto, Jaime Oroza, recuerda que “cada vez que una de las hijas se casaba, edificaba en el fondo un cuarto, con un baño y una cocina. Lo mismo cuando fuimos naciendo sus nietos. Ahí pasé mi infancia, junto con mis padres, mi hermano, mis abuelos maternos, mis tías, mis tíos políticos y mis ocho primos. Diversión no me faltó.”

Vicente tomó uno de los caminos característicos de sus paisanos: se empleó en Cutcsa y ahorrando y ahorrando compró su primera parte de un ómnibus, una rueda, como le dicen en la jerga. También, llegaron los hijos, Jaime y Gabriel. Gran futbolero, tampoco en este tema Vicente rompió con los moldes habituales de la colectividad gallega: se convirtió en un fanático hincha de Nacional.

Vicente Oroza era un tipo serio, muy tranquilo, muy callado, fumando su tabaco armado, sumamente afable, rara vez se enojaba. Era un hombre a la antigua cuyos negocios se hacían de palabra, porque ¿de qué sirve un hombre si su palabra no es honrada? Como chofer era conocido por todo el barrio puesto que trabajaba la línea D, que incluía el 125 y otros que pasaban por el barrio. Solía detenerse a esperar a los vecinos que llegaban agitados a la parada y todos lo saludaban por su nombre.

En 1972, aquel país que lo había recibido se estaba quebrando, pero Vicente seguía adelante: estaba ahorrando para comprar una casa, mientras que con sacrificio enviaba a sus hijos al cercano colegio salesiano Divina Providencia. De modo que no perdía ocasión de hacer más horas en el ómnibus. A mediados de junio su unidad estaba en el taller, así que para no perder ingresos Vicente se prestaba para manejar otros vehículos. Todos sabían que cuidaba los ómnibus de otros como si fueran suyos. Aquella noche del 28 de junio, un paisano le pidió que lo sustituyera en el horario nocturno: así fue. Era la unidad 188 de la línea 125 que hace el recorrido del Cerro a la Ciudad Vieja o la Aduana en aquellas épocas. A las 2 de la madrugada salieron hacia el centro con apenas uno o dos pasajeros, las versiones no concuerdan; aquel miércoles hacía frío y llovía. Ya en marcha, por la calle Grecia, Oroza vio a dos hombres que trataban de alcanzar aquel 125. Reconoció a uno -Luis Estradet- que vivía a una cuadra y media de su casa, entreparó, les abrió la puerta y subieron, pero apenas cruzaron el puente sobre el Pantanoso, se encontraron con una pinza de las Fuerzas Conjuntas. Hacía pocos minutos -luego se sabría- se había producido un tiroteo entre tupamaros y Fuerzas Conjuntas frente al cine Cosmópolis, en el centro de la Villa.

Un soldado que subió a pedir documentos, recibió un balazo en el hombro. Quien le tiró era “el gallego” Antonio Mas Mas, que debía varias muertes. Oroza, instintivamente se lanzó sobre el soldado, mientras que el guarda se cobijaba entre los asientos. Estradet le ordenó que arrancara, Oroza le respondió que no podía embestir a los vehículos que le cerraban el paso, abrió la puerta trasera y les dijo que escaparan por allí. Estradet, su vecino del barrio, le pegó tres tiros con una pistola 32 cargada con las terribles balas dum dum que entraron por la espalda con una trayectoria descendente, según demostraría la autopsia. El guarda creyó escuchar a Mas Mas increpando a Estradet: “¿Qué hiciste?”. Luego escaparon.

Desde su casa, la familia Oroza escuchó los tiros, pero ¿cómo podían imaginarse que la víctima era Vicente? Esas son cosas que le pasan a otros.

Hoy, Jaime Oroza, su hijo está convencido de que Luis Estradet lo mató fríamente para que no lo identificara.

Vicente fue velado en su casa de la calle Concordia. Hasta allí llegó una multitud, incluso pasajeros habituales que se enteraron por la prensa. Rumbo al panteón de Casa de Galicia, el cortejo se detuvo frente al Colegio Divina Providencia, donde un coro de cien niños le dio la despedida. El transporte paró, en solidaridad y también buena parte de las industrias de la Teja: Fibratex, La Aurora, y Bao. En el cementerio le rindieron homenaje dirigentes de Cutcsa y Héctor Bentacurt, en nombre de la CNT.

Al cumplirse el mes del asesinato se ofició una misa. En las últimas filas estaba sentada la madre de Luis Estradet. No sería la única vez que asistió a las misas en memoria de Vicente Oroza.

Pasó el tiempo. Elsa tuvo que trabajar duramente para sacar adelante a sus hijos que entonces tenían diez y cuatro años.

Estradet y Mas Mas cumplieron una dura prisión de doce años. Este, al salir de la cárcel declaró a El País de Madrid: “Lo que realizaba el MLN eran ajusticiamientos. Quizá nos equivocamos en dos o tres casos, pero las demás muertes se debieron a la aplicación de la justicia revolucionaria que el movimiento practicaba en aquel momento. Se trató de medidas preventivas contra la injusticia social. Todos eran asesinos o torturadores”.

La memoria selectiva de la cultura hegemónica no pide perdón ni incluye en su panteón a héroes de un Uruguay casi olvidado, como Vicente Oroza.

Hoy, su hijo reflexiona sobre “un modesto trabajador del transporte que podía enviar a sus dos hijos a escuela privada, haber ahorrado para comprarse una cuarta parte de un ómnibus, y estar ahorrando para comprarse su casa. Cuando te digo esto, me da una bronca bárbara, porque pienso que contra ese país se levantaron los tupamaros”.

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