Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

En el bosque de mampostas

El 29 de octubre, ACDE organizó una actividad sobre la cultura del trabajo. Los oradores fueron el cardenal Sturla y Ernesto Murro, Ministro de trabajo. El primero sostuvo que “parte de las alegrías genuinas de la existencia humana tienen que ver con el trabajo bien hecho”. El ministro estuvo de acuerdo y anunció un plan para promover la cultura del trabajo, aunque advirtió que “llevará años, es un cambio cultural.” En el mundo sindical, Richard Read ha sido un solitario promotor de este valor. En todo caso no es algo a ganar sino a recuperar lo que se perdió. Hoy es un signo de nuestra decadencia como país.

Tales reflexiones calzaron con mi propósito de acercarme a una particular cultura obrera: la de los mineros del carbón. He revisado un buen número de películas -ficciones y documentales-, novelas y canciones de ese universo tan poderoso que pone límites a la ficción y la realidad surge imponente detrás del arte. ¡Que verde era mi valle! (John Ford, 1941) cargada de poesía fí

El 29 de octubre, ACDE organizó una actividad sobre la cultura del trabajo. Los oradores fueron el cardenal Sturla y Ernesto Murro, Ministro de trabajo. El primero sostuvo que “parte de las alegrías genuinas de la existencia humana tienen que ver con el trabajo bien hecho”. El ministro estuvo de acuerdo y anunció un plan para promover la cultura del trabajo, aunque advirtió que “llevará años, es un cambio cultural.” En el mundo sindical, Richard Read ha sido un solitario promotor de este valor. En todo caso no es algo a ganar sino a recuperar lo que se perdió. Hoy es un signo de nuestra decadencia como país.

Tales reflexiones calzaron con mi propósito de acercarme a una particular cultura obrera: la de los mineros del carbón. He revisado un buen número de películas -ficciones y documentales-, novelas y canciones de ese universo tan poderoso que pone límites a la ficción y la realidad surge imponente detrás del arte. ¡Que verde era mi valle! (John Ford, 1941) cargada de poesía fílmica, o la novela de Llewellyn en la que se inspira, apenas se alejan del naturalismo que expone Emile Zola en su novela Germinal. Lo mismo sucede en canciones que son crónicas como Santa Bárbara bendita o la trilogía de Víctor Manuel: El abuelo Víctor, La planta 14 y María Coraje. También películas como Billy Elliot (2000), Tocando el viento (1997) o North Country (2005). Invito cálidamente al lector a visitar esas experiencias.

Pocas tareas humanas -salvo las armas- han sido y son aun, más duras, más arriesgadas; la vida puede perderse en cada jornada. Sin embargo, pocos obreros han demostrado una cultura del trabajo, un sentido de pertenencia y dignidad como los mineros.

Me viene a la mente una secuencia de ¡Qué verde era mi valle!: El primer día de trabajo de Huw, el menor de los Morgan. Para desilusión de su padre, ha dejado la escuela, pero éste rezuma un orgullo que trata de disimular cuando caminan juntos hacia la bocamina El poema del asturiano Albino Suárez hubiese podido acompañar esa escena: “Al hombro la chaqueta; es su bagaje/ la pala y la linterna de bencina,/ y en las noches de luna y de colina,/ la novia, la tonada y el paisaje”.

Durante un recital de Víctor Manuel, cuando éste se dispone a cantar la dramática historia de La planta 14, le preguntan a un niño de unos tres años, en brazos de su padre: “¿Dónde vas a trabajar tú?” La respuesta por aprendida no es menos gráfica: “En la mina” “¿Y que vas a hacer en la mina?” le replican: “Picar carbón”. Nueva pregunta: “¿Por qué quieres ser minero?”: “Por tener un par de cojones”, concluye el niño.

Ya viejo, el Abuelo Víctor, que “fue picador allá en la mina” mira la montaña y recuerda “ el olor de la pólvora mojada/ o el sabor del carbón mientras picaba.”

Por más terrible que fuese su vida, era la suya, aunque cada día le costara más al jabón quitar el polvo del carbón, ese mismo polvo que le iba cerrando los pulmones. Pero era su vida, era su trabajo y había que hacerlo bien, eran su familia, sus amigos y quizás el único paisaje que conocería en su vida. Y a ella se aferraba.

En una secuencia de Billy Elliot, cuya historia transcurre durante las terribles huelgas mineras de 1984, éste le pregunta a su padre si alguna vez fue a Londres. “Nunca salí de Durham” le responde. Billy lo mira algo sorprendido: “¿Para qué? En Londres no hay minas”, dictamina el padre.

Se bajaba muy temprano a ese “bosque de mampostas/ Sin pájaros ni sonrisas”: Bellamuerte, uno de los personajes de Germinal, había comenzado a los ocho y Víctor, el abuelo de Víctor Manuel, a los nueve. Cuando moría un minero, su familia tenía derecho a remplazarlo con otro de la misma familia para mantener el jornal, eso explica tales precocidades. Huw deja la escuela para entrar a la mina con el fin de mantener a la viuda de su hermano mayor. Lo normal era entre los doce y los catorce años.

Dentro de la mina apenas se necesitaban algunos vigilantes y capataces. Dice Ramón García Piñeiro que “el mecanismo de control más efectivo reposó en la temprana implantación del destajo que alentaba un ejercicio profesional apresurado.” ¡Qué verde era mi valle! y Germinal lo muestran claramente.

El trabajo a destajo conspiraba contra la seguridad. En Germinal, Maheu recibe la orden de apuntalar mejor: El capataz le recrimina: “¿Está como Dios manda? El día menos pensado se viene abajo... Economizan las mampostas por economizar tiempo, por tener apuntadas dos carretillas más por día sois capaces de dejar la piel.”

Los accidentes eran parte de la vida: las estructuras o el temible grisú, un gas altamente explosivo que se esconde en las grietas, fisuras y fracturas. Santa Bárbara bendita, canción emblemática de los mineros asturianos recuerda uno de los cientos de accidentes: El minero sobrevive y va en busca de su mujer:

“En el pozo María Luisa/ tranlaralará, tranlará, tranlará/ dieciséis mineros muertos/ Mira, mira Maruxina mira,/ mira como vengo yo./[…] Traigo la camisa roja/ tranlaralará, tranlará, tranlará./ de sangre de un compañero. / Mira, mira Maruxina mira,/ mira como vengo yo…”

“Sentados en el suelo los mineros se hacen cruces y reniegan de Dios/ quién diría les pillara de sorpresa la tragedia repetida” (Víctor Manuel, En La Planta 14).

La Unión Europea nació con el carbón, con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en 1952. En 1950 el carbón suponía el 80% de las fuentes energéticas europeas y empleaba a un millón trescientos mil trabajadores. En cambio en 1992 apenas era el 21,5% y el 43% era importado a precios más convenientes. La economía ya no soportaba una actividad deficitaria y fuertemente subsidiada.

Se inició la reconversión. Mientras la alemana fue una de las menos traumáticas de Europa, el modelo británico fue duro y cruel, socialmente devastador en Escocia, el Nordeste de Inglaterra y el sur de Gales. Los restantes países europeos se acercaron más al modelo alemán, pero en todos los casos los mineros se resistieron con su legendario furor. Era una lucha perdida de antemano. Sin embargo no lucharon por mantener una beca burocrática, una jubilación generosa o un empleo cómodo donde el trabajo fuera lo menos importante. Luchaban por una cultura del trabajo, que transmitieron a lo largo de muchas generaciones. Iban contra la Historia, pero merecen el mayor respeto. También mi admiración.Luciano Álvarez, bosque de mampostas, ¡Que verde era mi valle!, mineros, cultura del trabajo

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