Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Besteiro: la tercera España

En abril de 2016, la bancada socialista de Carmona un municipio, cercano a Sevilla, propuso que Julián Besteiro, destacado socialista que murió en su cárcel en 1940, fuera nombrado “Hijo Adoptivo”.

En abril de 2016, la bancada socialista de Carmona un municipio, cercano a Sevilla, propuso que Julián Besteiro, destacado socialista que murió en su cárcel en 1940, fuera nombrado “Hijo Adoptivo”.

Se rechazó por la oposición sumada del Partido Popular y sus más acérrimos rivales: Izquierda Unida y Podemos. Allá como aquí, el pasado sigue siendo un campo de batalla en el que los más trágicos derrotados son aquellos que han pretendido anteponer la dignidad humana a toda ideología, aun la propia.

Julián Besteiro nació en Madrid en 1870. Realizó estudios universitarios -en Filosofía y Letras-, en España, Francia y Alemania. En 1912 ingresó al Partido Socialista.

“Besteiro [fue] uno de los muy contados jóvenes intelectuales españoles que ingresaron entonces en el PSOE, llegando a ejercer altos cargos directivos tanto en la UGT [el sindicato socialista] como en el partido,” [y vivió] “experiencias carcelarias que no tuvieron apenas ninguno de los hombres de su generación intelectual.” (Juan Marichal).

En 1921 lideró al sector del partido que se negó a ingresar a la Internacional Comunista. Sus convicciones se afirmaron luego de un viaje por el Reino Unido, en 1924, que lo acercó a los Laboristas británicos y en general a su modelo parlamentario.

Tras la proclamación de la Segunda República Española (14 de abril de 1931), fue elegido presidente de las Cortes, “cargo que desempeñó con una imparcialidad ejemplar, pese a la presencia en aquel Parlamento de numerosos indisciplinados de todo género (jabalíes los llamó Ortega).. Pero Besteiro, señero -¡y más si cabe!- como un speaker (presidente) de los Comunes británicos, ponía orden y silencio en muchas noches de desbordamientos verbales e ideológicos.” (Marichal).

Una España se negaba a ceder sus privilegios escandalosos; a la otra le urgía la revolución. Luego de la victoria electoral de las derechas en 1933, las izquierdas (el mayoritario sector de Largo Caballero en el PSOE, anarquistas y comunistas) intentaron en 1934 un levantamiento revolucionario, aplastado cruelmente.

Besteiro se había opuesto y se apartó de la política, pero volvió en 1936, a regañadientes, cuando el PSOE adhirió al Frente Popular. En las elecciones internas para elegir los candidatos al parlamento, el 92 % de los votantes del aparato eligió a Francisco Largo Caballero, el ”Lenin español”. Besteiro quedó octavo sobre ocho. Pero el pronunciamiento popular dijo otra cosa: fue el segundo candidato más votado del Frente Popular, detrás de Manuel Azaña.

Cuándo, en julio, estalló la guerra, Besteiro intentó por todos los medios un acuerdo que casi nadie quería. La República estaba condenada a muerte desde agosto del 36 con la política de “no intervención”, los intentos dementes de los anarquistas por hacer la guerra y la revolución a un tiempo y el avance inmisericorde del fascismo en toda Europa, aliado de Franco.

En mayo de 1937, viajó oficialmente a Inglaterra para buscar una intermediación. En Madrid tomó contacto con personajes, falangistas clandestinos y por fin en 1938 le propuso a Azaña la creación de un gobierno que buscara la paz. Todos fracasos.

Sus mayores inquinas se volcaron entonces hacia el pequeño Partido Comunista, al servicio de los intereses excluyentes de Stalin, que ocupaba más y más espacio y pretendía prolongar la guerra: Escribió “La verdad real: estamos derrotados por nuestras propias culpas: por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos. La política internacional rusa, en manos de Stalin.”

Pero no evaluó a Franco en sus justos términos, no pensó que estiraba la guerra para liquidar físicamente a la otra España. Creía que instaurarían una dictadura de viejo estilo donde los socialistas podrían sobrevivir como ya había ocurrido en los años veinte.

En marzo de 1939 el coronel Casado dio un golpe y formó un gobierno para lograr un imposible acuerdo de paz con Franco. Cuando los últimos miembros del gobierno abandonaron la ciudad, Besteiro, que permaneció en Madrid durante toda la guerra, se quedó, junto al efímero alcalde de Madrid, el anarquista Melchor Rodríguez, otro héroe de la tercera España: “Las masas numerosas, esas no podrán salir de aquí, y yo, que he vivido siempre con los obreros, con ellos seguiré y con ellos me quedo. Lo que sea de ellos será de mí.” Fue detenido el 29 de marzo. Estaba postrado en un camastro, enfermo y demacrado. El 8 de julio comenzó el Consejo de Guerra. El fiscal, un antiguo alumno suyo, lo describió como “hombre honesto e inocente de cualquier delito de sangre”, “persona honrada”, “simpático a la multitud y a nosotros mismos desde el punto de vista personal”. Luego solicitó la pena de muerte, por haber sido “nefasto, terriblemente nefasto, en la política española”.

Besteiro agradeció que, tanto el fiscal como el abogado defensor, hubieran puesto de manifiesto su honradez privada, pero insistió que también había sido honrado en su vida pública.

Lo condenaron a treinta años.

El 2 de agosto de 1939 fue trasladado a la prisión de San Isidro de Dueñas junto a unos cuarenta sacerdotes vascos, con quienes pasó los últimos días tranquilos de su vida; menos de un mes. Luego fueron trasladados a Carmona, en un viaje espantoso, con parada en Madrid. Otro preso, el padre Ugarte, vio a “don Julián, sentado estoicamente en un rincón del vagón, meditando, sin duda, en el homenaje silencioso de tantas gentes que, al reconocerle, no habían podido reprimir un gesto de adhesión emocionada y dolorida.” Besteiro le escribió a su esposa: “Así pudo contemplar el pueblo de Madrid el ir y venir de dos camiones abiertos y exhibiendo una extraña mercancía: catorce carmelitas, un pasionista y varias decenas de sacerdotes rodeando al expresidente de las Constituyentes”.

El trato en la prisión de Carmona fue horrible; obligado a realizar duros trabajos físicos, como fregar suelos y limpiar letrinas, se le infecto una herida. Luego de una dura y larga agonía, murió el 27 de septiembre de 1940.

El actual dirigente socialista Manuel Civera Salvador escribió que si algún pecado se le podía achacar fue confiar en la reconciliación nacional; “pensar que media España pueda destruir a la otra media es una locura”.

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