Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Anticlericalismo a la uruguaya

El 18 de mayo se conmemora la batalla de Las Piedras y la fundación del Ejército nacional. Este año se celebró una misa en la catedral, presidida por el cardenal Sturla. “Encabezados por el comandante en jefe del Ejército, Guido Manini Ríos, decenas de ‘militares católicos’ -entre ellos el comandante en jefe de la Fuerza Aérea, Alberto Zanelli- acudieron a la ceremonia, en la que los oficiales tuvieron activa participación.

El 18 de mayo se conmemora la batalla de Las Piedras y la fundación del Ejército nacional. Este año se celebró una misa en la catedral, presidida por el cardenal Sturla. “Encabezados por el comandante en jefe del Ejército, Guido Manini Ríos, decenas de ‘militares católicos’ -entre ellos el comandante en jefe de la Fuerza Aérea, Alberto Zanelli- acudieron a la ceremonia, en la que los oficiales tuvieron activa participación.

Al punto que Manini Ríos dio un breve discurso y entregó a Sturla un cuadro “en nombre del Ejército Nacional […] por haber presidido esta santa misa”. A su vez, el arzobispo de Montevideo destacó la conjunción entre ‘Iglesia y patria’.” (El País)

Inmediatamente hicieron conocer su protesta un grupo de legisladores colorados (Ope Pasquet, Tabaré Viera, Conrado Rodríguez y Fernando Amado). Afirman que “los hechos [...] implican un claro menoscabo de la laicidad del Estado uruguayo, establecida en el artículo 5° de la Constitución”:

“Todos los cultos religiosos son libres en el Uruguay. El Estado no sostiene religión alguna.” Esto dice el magno texto en su parte fundamental y me cuesta ver en qué sentido se viola la Constitución asistiendo a una misa e informando de este acto, tanto como se difunden numerosas actividades a las que asisten los militares en actividad. Los cultos son libres y el Estado, si bien no “sostiene religión alguna”, no prohíbe ninguna, que yo sepa.

También protestaron nueve asociaciones civiles vinculadas a una de las dos organizaciones masónicas del país: Gran Oriente de la Francmasonería del Uruguay (Gofmu). Criticaron este acto y otros como una proyectada “entrega de biblias y bendiciones a soldados que participarán de misiones de paz”. Lógicamente pidieron la renuncia de los comandantes.

Elbio Laxalte Terra, primer Gran Maestro de la referida organización masónica, publicó un texto dramático y pide “su divulgación mediante una fuerte cadena de protesta e indignación por estos comportamientos reñidos con las instituciones republicanas”: “Siento profunda vergüenza de ver a aquel que debe arrodillarse simbólicamente solo frente a la Constitución de la República, y acatar a las autoridades legítimas de la República, hacerlo frente al representante de la religión mayoritaria de nuestro país. Discrimina a sus subordinados de otras religiones o sin religión, y pone la fuerza a las órdenes de una institución extraña al Estado.”

Pareciera que Laxalte Terra cree que existe riesgo de que el Ejército tome el poder para fundar un Estado teocrático católico.

Vale la pena señalar que el Gofmu -según su página web- se escindió en 1998 de la Gran Logia del Uruguay por no aceptar “la concepción dogmática impuesta por la doctrina llamada de la “regularidad masónica”, que impone la exigencia de la creencia en un principio creador, trabajar masónicamente en presencia de un libro sagrado -en general la Biblia-, la aceptación de un principio metafísico regulador llamado Gran Arquitecto del Universo y la existencia de la inmortalidad del alma”.

No fueron pocos los que adhirieron a estas protestas a través de las redes sociales. Ignoro si lograrán alguna de sus demandas. No hay señales de ello. Pero no deja de asombrarme esa especie de retorno hacia los albores del siglo XX cuando en el Uruguay se vivió una verdadera guerra religiosa, sin muertos, pero con vencidos humillados y vencedores sin piedad.

Ha habido dos grandes olas de lucha entre el clericalismo y el anticlericalismo: la primera atraviesa prácticamente toda la historia europea y refiere a las luchas entre las monarquías y los Estados frente al poder pontificio, culminando con la progresiva independencia del Estado y finalmente con la separación entre ambas entidades; la segunda, más ideológica, en los siglos XIX y principios del XX.

En el caso de la primera, liberada de sus múltiples vicios terrenales producto de aquella simbiosis, la Iglesia pudiera haber centrado su misión en los valores evangélicos, sin embargo respondió, agresiva y cerrada, con el Concilio Vaticano I, que alimentó la segunda.

Perdóneme el lector el testimonio personal. Hice la escuela y el liceo en un colegio religioso, que nunca se enteró del Concilio Vaticano II. Mis maestros y profesores eran franceses, nostálgicos de Vichy y españoles amantes del nacional-catolicismo franquista: el resultado era que las clases de religión versaban menos en el amor al prójimo que en el antisemitismo (“Los judíos”, enfatizaban cuando se referían a los enfrentamientos de Jesús con levitas y fariseos) y el antievolucionismo (“allá, aquellos ateos que creen que descendemos del mono, yo desciendo de Adán y Eva”, vociferaba el Hno. Valerio, entrañable personaje, por otro lado). Por supuesto que liberales, masones, comunistas y los batllistas estaban detrás de todas las ofensas contra Dios. El mundo fuera de las paredes del colegio nos acechaba con todos esos peligros a los que, en lo más íntimo y privado, se sumaba el astuto demonio y el terror a morir en pecado mortal. Un niño “esponja” como era yo, no olvidaba, no he olvidado nada. Nunca sufrí de ningún abuso, pero años más tarde supimos, por la prensa, que uno de mis maestros había sido procesado por atentado violento al pudor.

Pero todo no fue malo. Debo agradecer el aprendizaje de los textos sagrados que fueron germinando en mí y me dieron un jardín que he descuidado muchas veces. Luego, en preparatorios, los salesianos me reconciliaron con la religión católica, y a medida que ha pasado el tiempo penetré la grandeza de los evangelios, la prédica de aquel judío de Nazareth que dijo: “No penséis que he venido para desatar la ley o los profetas; no he venido para desatarla, sino para cumplirla. [...] ni una jota ni una tilde perecerá de la Ley, hasta que todas las cosas sean cumplidas.” (Mateo 5:17 - 18). Fue un paso decisivo para penetrar en el mundo de la Torá, el de nuestros hermanos mayores, los judíos.

De modo que no puedo negar que a principios del siglo XX los jacobinos -que no liberales como lo dejó bien en claro José Enrique Rodó-, tenían buenas razones para desencadenar su furor contra la Iglesia Católica.

Sin embargo no eran menos dogmáticos y la humillación a la que sometieron a una mayoría de uruguayos católicos no fue precisamente un acto de grandeza y tolerancia: fue jacobinismo puro y duro cuyos resabios emergen cada tanto, como en estos días.

Los caracteres se acabaron. La próxima semana continuará esta historia.

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