Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

La Vuelta C. del Uruguay

La marcha de la Vuelta Ciclista proclama: “Desde un extremo al otro de la patria, el pueblo vibra en un clamor triunfal, al desfilar la airosa caravana que forman los campeones del pedal”.

La marcha de la Vuelta Ciclista proclama: “Desde un extremo al otro de la patria, el pueblo vibra en un clamor triunfal, al desfilar la airosa caravana que forman los campeones del pedal”.

Pues bien. Esta 74ª edición que empieza hoy no va a tocar Montevideo -¡epa, es la capital!- ni tampoco Paysandú ni Salto ni Artigas ni Rivera. La caravana dejará sin visita, pues, a múltiples extremos de la patria.
El porqué de la decisión no es tema para esta columna, pero el recorte refleja fielmente las contradicciones y el vaciamiento de símbolos que viene rebanándonos la identidad.

La Vuelta Ciclista de los próximos nueve días va a seguir obedeciendo a su rica tradición de ciclista. Pero la Vuelta C. que el Uruguay necesita para todos sus días es Cultural -con C mayúscula, como mayúscula era la C del “PCI” -Producto Culto Interno-, que defendía en El País el inolvidable Carlos Maggi, combatiendo la moda de medir todo en números de PBI y defendiendo la libertad creadora del pensamiento frente a los determinismos, enemigos del hombre.

En verdad estamos hambreados de lograr una Vuelta Cultural del Uruguay. No una vuelta en el sentido de paseo sin compromiso, donde seamos meros turistas ajenos a responsabilidades. Tampoco un recorrido fervoroso por tiempos idos cuyos muertos no volverán.

La Vuelta por la que clamamos -por encima de tabiques ideológicos y opciones electorales- es el regreso a los puntos de partida del sentir y el pensar, el retorno a las bases, a las vertientes primarias, a las fuentes originarias de lo humano. Ese clamor rezuma en la consciencia, que tenemos todos, de que en el mundo -con atentados atroces y otra vez armas químicas- y en nuestra comarca -con víctimas inocentes de rapiñas infames, estadio policialmente maniatado y sentencias judiciales desobedecidas por el Poder Ejecutivo- lo que ha declinado no es la obediencia a las normas formales del Derecho escrito sino los mandamientos mínimos del sentido común, anterior a la legalidad.

A partir del Código Civil de Napoleón -1804- se multiplicaron las interpretaciones técnicas del Derecho positivo, que a veces lo convierten en un sembradío de escollos erizados de palabras difíciles. Pero no es en el orden teórico que tropezamos hoy. No nos atascamos en cuestiones doctrinarias para iniciados en misterios lingüísticos. Pifiamos como país en la cultura mínima, en lo rudimentario que es a todos exigible.

Mientras la tecnología transporta por el mundo cuanta cosa puede saberse, el Uruguay se ha dejado aturdir por ristras de promesas político-económicas incumplidas, ha estimulado la maleza del divisionismo y la guerra de clases, y ha abandonado la prédica popular de los principios fraternales que le dan cimiento a la República.

Realzando la lucha de intereses y presentando al hombre como un producto diferente según sea su pertenencia socio-económica, hemos olvidado y negado que lo universal humano existe, manda, y es tema principal de educación.

Pero eso, lo universal humano está siendo violado y escarnecido a ojos vistas, por lo cual debemos vibrar con el llamado a unirnos para una enorme Vuelta Cultural para rescatar y realizar los ideales de libertad y justicia, en vez de seguir tragándonos explicaciones empozoñadas por la ineptitud, la omisión o el delito.

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