Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Urgente: ¡pensar!

Que se han perdido los valores y vivimos en una confusión insoportable son lugares comunes por donde todos pasamos a cada rato en los diálogos que todavía quedan, salvados de la pérdida de lenguaje, los mensajitos y el encierro entrecasa de la sensibilidad ciudadana.

Que se han perdido los valores y vivimos en una confusión insoportable son lugares comunes por donde todos pasamos a cada rato en los diálogos que todavía quedan, salvados de la pérdida de lenguaje, los mensajitos y el encierro entrecasa de la sensibilidad ciudadana.

No tenemos derecho a sorprendernos. Porque fue desde nuestro Río de la Plata que, en las primeras décadas del siglo XX, Enrique Santos Discépolo proclamó que ¡ya entonces!, el mundo era “un cambalache que ha mezclao la vida”, donde “es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador”, donde “No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao” y donde “Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”. Por lo cual “cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”.

Hoy esos versos son universales. No solo por su admirable densidad poética sino por la verdad lacerante que reflejan, precisamente para hoy. Es que si el siglo XX era “problemático y febril”, el XXI se está haciendo insensible e inhumano. Aquella descomposición que supo detectar y develar precozmente el vate Discepolín, hoy se ha encaramado en los Estados y medra en innumerables gobiernos, haciendo estragos de honor, sangre, miseria y desesperanza. Allá lejos y acá cerca. Caen elencos enteros, ascienden xenófobos y fascistas, la incapacidad campea. Y no solo eso: a ojos vistas, las palabras y las instituciones estatales e internacionales se vacían de espíritu.

¿Qué puede quedar de la apertura religiosa y civil del Mayflower, matriz de la libertad de los Estados Unidos abiertos a la inmigración, cuando Trump, para preparar su ominoso muro, ya está notificando a los vecinos del Río Grande que les ofrece US$ 2.900 por 1,2 acres (poco más de media hectárea) y que si no aceptan, sus tierras van a serles expropiadas quién sabe en qué condiciones?

¿Qué puede quedar de los sueños cifrados en la Carta de las Naciones Unidas -1945- y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos -1948- cuando en estos días, con motivo de cumplirse ¡seis años!, de la guerra civil en Siria -nación otrora culta, ahora traspasada por facciones internas cundidas de implicaciones internacionales-, el Observatorio de DDHH divulgó haber contabilizado 321.000 muertos y 145.000 desaparecidos? ¿Qué puede quedar de la indemnidad de la Cruz Roja cuando en esa guerra maldita 814 médicos y enfermeros han sido masacrados, con bombardeo a hospitales documentados por The Lancet?

¿Qué puede quedar del respeto al prójimo, la libertad de pensamiento y el imperio ciudadano, si unos cazan votos mintiéndole al electorado, otros atacan al adversario co-mo a un enemigo y algunos logran bancas por conmixtión de intereses gremiales o sectoriales cuando no pútridos? ¿Qué lugar queda al sentimiento, la reflexión y la razón?

El mundo vive horas patéticas. Para responder, el Uruguay tiene historia, tiene presente y tiene alma.

Podrá revertir la caída, si deja de perder el tiempo ocupándose de asados intrascendentes y aprende a escuchar a los que piensan por cuenta propia, vengan de donde vengan -sean Sarlo, Hoenir Sarthou, Etcheverry Estrázulas, Da Silveira, Talvi o los que la vida traiga.

Porque lo urgente es volver a pensar. 

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