Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

¡Transportan, sí, valores!

Como un conjuro contra la rapiña, el lema “No transporta valores” ya pasó de los furgones a las más humildes camionetas. Lo leemos a cada rato. Ya no asombra ni sorprende ni llama la atención. Nos parece parte normal del paisaje urbano. Anestesiados, no nos damos cuenta de que la proliferación de esos letreros patentiza hasta qué punto se han esparcido la inseguridad, el miedo y la búsqueda de la autodefensa.

Como un conjuro contra la rapiña, el lema “No transporta valores” ya pasó de los furgones a las más humildes camionetas. Lo leemos a cada rato. Ya no asombra ni sorprende ni llama la atención. Nos parece parte normal del paisaje urbano. Anestesiados, no nos damos cuenta de que la proliferación de esos letreros patentiza hasta qué punto se han esparcido la inseguridad, el miedo y la búsqueda de la autodefensa.

Es decir, con qué flagrancia se viola el art. 7º de la Constitución, que impone a la República el deber de garantizar el derecho a la vida, la salud, el trabajo y la propiedad. Derechos concretos de la persona, que no se disuelven en la lejía de palabras retrospectivas que hoy se consagran, en abstracto, a la sociedad y a los derechos humanos.

Todos sentimos esa violación, pero la depositamos en las penumbras de nuestra conciencia. Y así salimos a la lucha, callando en el día a día nuestra angustia por la vida nacional. Hasta que nos irrumpe un crimen de cercanías, como este del domingo que segó la vida de la señora Diana Gonnet. Por esposa, madre y maestra, por morir a los 36 años baleada al ir a comprar pasta en una fábrica del barrio, su tragedia es nuestra, de todos. Su asesinato nos ha devuelto al “yo-soy-tú” originario, ese encuentro con el semejante que cimentó la civilización mucho antes que se labrase la primera Constitución.

Al revés de las camionetas, cada ser humano transporta valores. Los obedecerá mejor o peor, pero no escapa a ellos. Por tanto, su defensa no puede radicar en un letrero que anuncie que no los tiene. Al revés: debe asentarse en proclamar que posee valores y se esfuerza por encarnarlos para sí y para el prójimo, con estilos y resonancias irremplazables, que lo religan al pasado y lo proyectan al porvenir. Si eso no se ve claro es porque décadas de educación light empobrecieron el lenguaje e hicieron bajar la guardia en el diálogo ciudadano, ahogado en cortinas de silencio.

Bien sabemos que esta clase de atrocidades no son una exclusividad nacional. Los crímenes a mansalva se repiten en muchas naciones, algunos con suplementos dantescos -como el de ese arqueólogo octogenario a quien degollaron los fanáticos islámicos porque no les entregó pistas de las reliquias que su alma veneraba.

Pero el destino nacional no puede consistir en compararnos con vecindarios corrompidos ni con países azotados por la locura de las guerras de religión. Tampoco podemos reducirnos a discutir los sucesivos criterios con que se presentan las estadísticas de la criminalidad. Una persona es mucho más que un ejemplar de una especie. No tenemos derecho, entonces, a disolverla en ningún porcentaje, porque todos sabemos -y sentimos- que si la asesinan, se pierde el cien por ciento de su existencia sobre la Tierra y se desgarra el cien por ciento de quienes la aman.

Si las camionetas no transportan valores y hacen bien en anunciarlo, nosotros -que sí los transportamos de una a otra punta de nuestra vida- tenemos el deber de proclamarlos.

La República fue ejemplar cuando no le echaba las culpas a las estructuras, educaba para la responsabilidad y, sin compararse con lo peor, engendraba respuestas propias, de justicia en libertad.

Abracemos esa causa, pa- ra que el mandato del Himno que nos enseñaron las maestras de 1º -cada cual recuerda la suya: la mía fue Clotilde Carballo Pou- vuelva a sembrar grandeza en todas las colinas de este país hoy de luto.

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