Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Nos-otros y nos-todos

No deben dejarnos insensibles las connotaciones que tuvo la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, con un paro en 50 países, que en el Uruguay se salpicó con lemas groseramente agresivos.

No deben dejarnos insensibles las connotaciones que tuvo la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, con un paro en 50 países, que en el Uruguay se salpicó con lemas groseramente agresivos.

Tenemos pasado honroso en el trato a la femineidad. Hace más de un siglo, en nuestro suelo, Carlos Vaz Ferreira -abogado y filósofo- luchaba por el feminismo de compensación, para respetar las diferencias asentadas en la biología y la maternidad. El Uruguay fue de avanzada mundial al consagrar el divorcio por la sola voluntad de la mujer. Y mucho más.

También tenemos deudas inmensas. Los logros femeninos en nuestra vida pública y profesional todavía son excepción y aparecen condicionados o mediatizados. La liberación de las costumbres íntimas no le ha garantizado a las mujeres mejor fortuna como madres: al facilitar la paternidad irresponsable, les resulta agobiante, en hogares monoparentales sin bienes de fortuna, tener que cargar a la vez con crianza y empleo. Rige de hecho el sueño igualitario de una sola moral sexual para todos, pero la ligereza de las costumbres no realiza el prometido ideal de abolir la prostitución -que sigue esclavizando nacional y mundialmente- ni atenúa la cantidad de mujeres asesinadas, cuya sangre nos salpica a todos.

La comarca guarda registros sin pausa sobre lo mucho que nos falta. Por los juzgados de Rondeau y Valparaíso y los Letrados del interior del país a diario desfilan cuadros desoladores, que se conocen sólo cuando derivan en tragedias, pero cuyo número y amargura desborda toda crónica.

Ahora bien. A estas desgracias les estamos sumando otra: establecer un lenguaje violento y amenazante contra el género masculino en general, de modo que se pierde la base humana y natural del feminismo al convertirse el reclamo en lucha y agravio de un sector contra otro, como si la solidaridad entre los sexos no fuera un dato y una exigencia de la madre Naturaleza.

Lo más grave no es que se azuza a unos contra otros, sino que ese planteo segregacionista monta una batalla de bandos sin mencionar siquiera el amor y sin apoyarse en el principio de justicia. Echa en cara un dolor sectorial, pero olvida que es con principios -anteriores a la diferencia de mujer y hombre- que debemos atajar juntos la barbarie. Se está arrancando el tema a su matriz universal, al reducirlo a asunto corporativo y callar que perdemos juntos los derechos básicos a la igualdad y la seguridad: derechos que son anteriores a ser hombre o mujer, patrón o asalariado, rico o pobre, pareja o simple desconocido.

Ese silencio no se disimula colocando en los edificios públicos letreros con lemas crispados en apoyo a grupos diferenciados por etnia, sexualidad, género o victimización. Gobernar es otra cosa: construir respuestas, convertir la angustia en una auténtica obra de justicia. Gobernar -una nación, una empresa, la propia persona- es elevar los problemas a conceptos y resolverlos con normas generales y abstractas pero imperativas y concretas.

Alerta, pues. En la quiebra global de valores, la vieja escuela del resentimiento -diagnosticada por Max Scheler- siembra nuevos odios entre “nos-otros” y los otros, acallando los principios generales para que no recordemos que el Derecho es y pertenece a Nos-todos.

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