Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

¡Más que ortografía!

El Tribunal de Apelaciones del Trabajo de 1er. Turno rechazó un recurso de ASSE por plantearse en un escrito "absolutamente inentendible", estar "plagado de faltas de ortografía garrafales, errores de sintaxis…", exhibir "incoherencias absolutas" y usar un "lenguaje inapropiado" para "la dignidad y respeto que merece la Justicia".

En 11 páginas, incurre en más de 100 yerros, con caricaturas patéticas —"desarroyo", "ubiera", "estubiera", "quizo", "abaló", "extructura", "digimos"— que resultan humillantes al lucir una firma que la ley califica como "letrada"(!).

Aplaudimos la decisión del Tribunal, que volvió a recordar que el Derecho reclama señorío de orden público sobre la palabra. Puesto que toda normativa refleja la cultura del pueblo que la aplica, en ningún discurrir —ni ante los tribunales ni fuera de ellos— es admisible subvertir la lógica, violar las reglas de sintaxis y burlar el idioma.

Eso sí: no tomemos este caso como muestra de una incuria generalizada. No lo es: en nuestra vida forense vive y lucha un lúcido reservorio de la lengua castellana, que reaparece una y otra vez en escritos y sentencias de fuste.

Pero tampoco creamos que este colmo es la enfermedad entera. No. Esto que hizo estruendo es apenas un síntoma espectacular de una debilidad sistémica que afecta al discurrir nacional, no sólo en Derecho ni sólo en las disciplinas universitarias sino en todos los vericuetos de nuestra vida.

La cuestión estriba en la caída del espíritu normativo y la pérdida de fe en la función creadora del pensamiento. Eclipsados el rigor y la precisión, el inmediatismo liviano olvida que la sabia distinción constitucional por talentos y virtudes exige de cada persona llegar con denuedo tan lejos como esté a su alcance.

Por ese camino, en vez de extender el horizonte de comprensión, venimos achicándolo. En vez de enfatizar que toda profesión u oficio —todo acto de vida— exige un alerta creador, venimos constriñendo el quehacer profesional a llenar casilleros de protocolos y obedecer aplicaciones informáticas, sin permitir que el pensamiento levante vuelo sobre los datos ni el sentimiento consiga una simpatía profunda con el sufriente al que debería servirse de cerca.

Con Corea amenazante, Maduro en el poder, xenofobia ingresada al Parlamento alemán, matanzas crecientes en EEUU, ceguera en el separatismo catalán y barbarie en la respuesta a palos proferida por Madrid, nos resuena la pregunta que Erich Fromm planteó medio siglo atrás: ¿podrá sobrevivir el hombre?

No es cosa ajena y lejana. A nosotros lo inhumano también se nos desliza, entre acostumbramientos acunados por "explicaciones socioeconómicas" que inducen a callarse ante "sistemas" de cuyos absurdos nadie se siente personalmente responsable. Y que llevan a transitar distraídos entre cuchas miserables para espectros estropeados por la pasta base.

Pues bien. Para enfrentar esta decadencia internacional y doméstica, la mayor arma que disponemos es la que tiene: el alerta crítico, socrático, que en todos los niveles genera cultura a partir de la palabra nítida.

Sí: esta bochornosa retahíla de faltas que saltó a la fama desde ASSE y el Tribunal tiene que hacernos sentir que, confesional o laico, necesitamos que nuestro principio vuelva a ser el Verbo.

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