Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

De nuevo a la cocina

Que la versión uruguaya de MasterChef (Nilson Viazzo) haya goleado en audiencia a Tinelli muestra cuánto podemos hacer bien si imprimimos signo propio a los formatos, aunque sean importados.

Que la versión uruguaya de MasterChef (Nilson Viazzo) haya goleado en audiencia a Tinelli muestra cuánto podemos hacer bien si imprimimos signo propio a los formatos, aunque sean importados.

Que haya ganado un policía de nuestra floridense Mendoza dice mucho más que el pasajero rating que ha potenciado el gancho publicitario del triunfador.

El éxito no nos habla sólo del rigor con que trabajó la producción y del denuedo de los concursantes, todos los cuales merecen respeto porque soñaron ganar pero arriesgaron perder a la vista del público.

Nos dice cuánto puede ascender el Uruguay si, en vez de apostar a los enlatados, pone en valor a gente que sabe y siente, como Sergio Puglia, y recupera al país desde un modo de mirar y discurrir en serio.

Venimos de un culto frenético al mito del Estado y nos atomiza la superstición de que todo está determinado por el marco socioeconómico. A despecho de ese caldo espeso, Nilson Viazzo descuella por su cultivo de habilidades propias. No surge como un “vecino” de Mendoza: puesto que manda sobre sí mismo, aparece como un señor.

Con ello nos da la prueba de que, más allá de los determinismos, la persona cuenta. Y nos muestra que, en lugar de preocuparse por contenerla -como si precisara recipientes que la sujetaran-, hay que darle cimientos y estimularle la inspiración, haciéndole aletear el alma.

Todo eso dura más que el rating, que ya fue. Pertenece al mundo de los valores incondicionados, cuya restitución es imperiosa porque es fuente inagotable de paz no solo personal, sino pública.

Con mujeres y hombres débiles no se hace una república fuerte. Con mujeres y hombres que se tragan sus opiniones para anotarse en lo políticamente correcto, no se edifica una democracia. Con temáticas que chapotean entre la marihuana y la corrupción y con adjetivos de letrina amparados en el anonimato, no se impulsa el pensamiento.

Por eso, es una necesidad de orden público recuperar a nuestro tipo humano. El tipo, en el sentido individual y genérico que otrora Wimpi y Los Lobizones Scheck le imprimieron a los personajes que nos educaban por risa hecha reflexión. Nilson Viazzo surge precisamente como un ejemplar del tipo que el país ¡vaya si precisa!

Venimos de toda suerte de experiencias. En los matraces del laboratorio nacional, hemos jugado como aprendices de brujos. Resultado: andamos con toda suerte de cargas. Un partido estatista que hundió a los entes públicos y tiene en la cuerda floja al Vicepresidente -heredero de un epónimo de la guerrilla- llama sin autoridad alguna a reformar la Constitución. Y los mismos militantes que mantienen abiertas las heridas de la dictadura terminada hace más de 30 años resultan inertes para condenar a su amigote de Venezuela, sin que les hagan mella ni los carcelazos ni los muertos.

La pasión por el Derecho que signó a nuestra Cancillería desde Eduardo Rodríguez Larreta hasta Didier Opertti -gran hijo de Mendoza, precisamente- ha sido sustituida por la media tinta de un posibilismo sin principios.

Con este zarandeo interno y estos papelones externos, es hora de recordar que, en la cocina de cada entrecasa -sin Master y a punta de corazón y criterio-, hace siglos que las madres y los padres siembran sueños, fabrican milagros y forman personas que no esperan todo de afuera.

Aquí y ahora, eso es de necesidad y urgencia.

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