Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Muertos y muertos

Tornado en Dolores, con muertes y devastación. Diluvio en todo el país, con miles de evacuados. En plena era tecnológica, volvimos a enterarnos de que hay fatalidades que el hombre no logra prever y que vivir o morir no son hechos científicos sino datos de la naturaleza. Datos, no en el sentido estricto con que hoy se usa la palabra en el análisis matemático, clínico o jurídico: datos en el sentido profundo -casi mágico- del “datum” latino, participio absoluto de dar, entregar, otorgar, imponer: datos, como límites de lo que somos.

Tornado en Dolores, con muertes y devastación. Diluvio en todo el país, con miles de evacuados. En plena era tecnológica, volvimos a enterarnos de que hay fatalidades que el hombre no logra prever y que vivir o morir no son hechos científicos sino datos de la naturaleza. Datos, no en el sentido estricto con que hoy se usa la palabra en el análisis matemático, clínico o jurídico: datos en el sentido profundo -casi mágico- del “datum” latino, participio absoluto de dar, entregar, otorgar, imponer: datos, como límites de lo que somos.

El espíritu nacional volvió a responder con su reflejo noble. La solidaridad espontánea desbordó. El gobierno movió la pesada máquina de su burocracia lo mejor que supo. Desde las inundaciones de abril de 1959, hemos venido madurando la sabiduría ante las emergencias. Pero seamos precisos: si siempre nos costó convertir los impulsos inmediatos en esfuerzos de largo aliento, más nos cuesta ahora, cuando vivimos bajo un gobierno que no proclama principios y no logra sintetizar ni siquiera las convicciones de los mismos que lo apoyan.

Nada devolverá a sus seres queridos las vidas que atropelló el viento. Por eso, les debemos algo que no está de moda ni en el Uruguay ni en el mundo: el sentimiento trágico de la vida, que desnudó Unamuno y elaboró el existencialis- mo, tanto en su versión atea -Sartre- como judeocristiana -Buber, Jaspers. Somos criaturas en tránsito. Tócanos llenar el minuto fugitivo con lo mejor de nuestros sentimientos y nuestra meditación consciente. Estamos llamados a darle dignidad al latido que tenemos prestado por plazo incierto. A los que parten les debemos recuerdo reverente, con preguntas desgarradas al Misterio. Ante las muertes por fatalidad, nos debemos hondura indeleble, en vez de la banalización alzada de hombros que encharca la época actual.

Pero además hay muertes que vienen del propio hombre y desgraciadamente también ellas se van aceptando como inevitables, olvidando que las provoca una infame irresponsabilidad. Ayer, se supo que otra nave miserable se hundió en el Mediterráneo dejando 500 emigrantes muertos, a una hora de la civilizada costa europea sobre el luminoso Mediterráneo. En Carrasco se detiene a un belga con 21.000 pastillas compuestas con la fórmula que, en una fiesta electrónica de Buenos Aires, mató la semana pasada a cinco jóvenes.

A esa laya de horrores se llega, por adorar ídolos que nos separan del mandamiento de fraternidad: Europa olvida que su cultura no puede existir fuera de lo universal; las fronteras económicas le valen más que las personas; el paroxismo de las sensaciones se idealiza más que la serenidad del saber. A las muertes irracionales que nos vienen de las cosas, les sumamos hoy incontables muertes racionalmente provocadas.

Contra esa subversión debemos alzarnos todos, sin distinciones, para acabar con otro modo de morir que ya asalta a muchos: encerrarse en un fanatismo o insensibilizarse a lo zombi, olvidando que hay valores que nos comprometen con el prójimo, sin condiciones.

Esos valores nos exigen elevar el sentimiento y el pensamiento hacia nuevos horizontes, en vez de encarcelarlos en ideologías o encajarlos en clasificaciones o anestesiarlos en la blandura de una atención flotante, que hunde las indignaciones y angustias públicas en un relativismo suicida, el cual, al erigirse en dogma destructor de las conciencias, se constituye en enemigo del hombre y su libertad.

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