Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Minutos y principios

El Presidente Vázquez se propone tratar la inseguridad pública con la oposición. ¡Enhorabuena! Si los interlocutores se escuchan con espíritu abierto, puede iniciarse un cruce de ideas que genere acuerdos por encima de zanjas, biombos y sorderas.

El Presidente Vázquez se propone tratar la inseguridad pública con la oposición. ¡Enhorabuena! Si los interlocutores se escuchan con espíritu abierto, puede iniciarse un cruce de ideas que genere acuerdos por encima de zanjas, biombos y sorderas.

El país debe salir de la fractura. Por un lado, el lema de gobierno, acalambrado por sus yerros pasados y sus fracasos actuales, en vez de autolimpiarse se agarrota en el área chica. Por otro lado, los legisladores de la oposición, urgidos por la pregunta de cada minuto, se consumen en el contragolpe. Unos y otros abandonan la base teórica: nadie propone en voz alta una filosofía orgánica, con ideas político-institucionales que sinteticen en justicia y libertad los remezones, sufrimientos y vergüenzas de nuestra ya larga decadencia.

Eso -pensar en foros abiertos y actuar en consecuencia- fue lo que se sembró en el último cuarto del siglo XIX y floreció desde principios del siglo XX. Salimos del marasmo y la medianía, gracias al enfrentamiento de convencidos a los que les iba el alma en cada doctrina o proyecto que abraza- ban con la mirada puesta en el porvenir.

En luchas que fueron duras y costaron toda suerte de sacrificios, purificamos grandes líneas y edificamos la República sobre principios.

Y fueron principios -y no oportunismos- los que cimentaron la paz cívica, la escuela pública, el Estado laico con todos los credos en la calle, el Uruguay con leyes sociales sin guerra de clases y con la ciudadanía uniéndose en el voto igualitario y la garantía inexpugnable de las urnas.

Estará bien, pues, que se vaya al diálogo sobre la seguridad que nos falta a gritos. Ojalá fructifique en gestión inmediata. Recordemos -eso sí- que un diálogo solo es auténtico cuando ninguno de los dos va a leerle al otro una cartilla cerrada: hace falta que cada uno acuda a escuchar y entender, sin excluir nada, hasta generar un horizonte común.

Y tengamos presente que los principios no están solo para reclamarlos al Estado o sus pasajeros elencos de gobernantes y opositores. Vaz Ferreira enseñaba a todos que los principios son experiencia a cuenta… y comprobamos cuánta razón tenía, cuando nos martillan las desgracias que acarrea verlos infringidos. Pero, además, son abstracciones necesarias y generalizaciones rectoras, que deben moldear la faena diaria por encima de las épocas, aplicándolos alegremente a edificar una fraternidad sin miedo en vez de llorar su ausencia en el desgarrón de brutalidades y crímenes que cuesta su destino a nuestros prójimos.

Cuando la Constitución establece en abstracto los derechos de la persona -antes y más allá de su propio texto- no nombra a nadie porque nos nombra a todos, mandándonos vivir hacia lo alto, sin transar con menos.

Seamos francos. Los principios no desaparecieron del horizonte nacional por decisión abrupta de sepultarlos. Fue de a poco. Los erosionaron el relativismo y el pragmatismo materialista, peleados con nuestras tradiciones grecolatinas y judeocristianas.

Hoy, cuando los principios ni se nombran, nuestro encuentro con el semejante ha corrompido su esencia más allá de lo gubernativo y estatal. Ante ese resultado deletéreo, en la esquina de cada homicidio y en el alféizar de cada cucha pastabasera nos resurge el hambre por reelaborar y predicar principios que, salvando al hombre, nos inspiren avanzar juntos y en paz.

Ante ese cuadro, ¿podemos robarnos la oportunidad de construir coincidencias?

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