Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Desde mi Batllismo

Hoy se cumplen 88 años de la muerte de don José Batlle y Ordóñez. El martes hará un año que se fue Jorge Batlle Ibáñez. Si viviera, el miércoles cumpliría 90.

Los seguidores saben que en esta columna enfoco temas sin cintillo partidario. Esta vez hago excepción: escribo desde lo que queda de las convicciones batllistas que para mí, y para muchos, siguen alzando luz por encima de perplejidades, encuestas y derrotas.

Ante la postración institucional del país, es nuestro deber vivificar esta conjunción de aniversarios. Es hora de poner en valor los principios que, con diferencia de épocas, estilos e ideas, le dieron inspiración común a la gestión gladiadora de estos dos Batlle. ¡Cuánto perdió el país al dejar que se eclipsaran esos principios!

Los Batlle respetaron a la persona humana y enaltecieron la institucionalidad. La dictadura de Terra persiguió personalmente a Luis Batlle Berres —padre de Jorge— y a sus primos César y Rafael Batlle Pacheco, que debieron soportar la censura policial inferida a El Día. Bajo el gobierno de Bordaberry, Jorge Batlle denunció andanzas y canjes cuarteleros de Amodio Pérez y pagó con prisión la valentía ciudadana de anticiparse décadas a lo que hoy sabemos todos.

Esas luchas hallaron eco y compañía en gente valiente que bien la hubo en todos los partidos, pero que en el Partido Colorado quedó marcada por la herencia doctrinaria que dejó Batlle y Ordóñez. Ensalzada por historiadores de todos los cuños, vapuleada por adversarios duros, contradicha a ratos, tal doctrina tuvo el inmenso mérito de haber buscado, a principios del siglo XX, sintetizar la justicia y la libertad. Y justicia y libertad son ideales incomparablemente más altos que la mera equidad en cruza con los derechos humanos, tal como los interpretan los actuales fabricantes de miserias materiales y morales.

Cultivé el Batllismo doctrinario desde el liceo. Me preocupé desde temprano por sus bases filosóficas. Cuando Ardao demostró que el Batllismo no era un materialismo positivista sino un espiritualismo, le dio sustento intelectual a lo que intuíamos muchos: que el reformismo de Batlle y Ordóñez no era compatible con la guerra de clases revolucionaria —fuente de totalitarismos propiciada por Marx y alentada por Castro— y en cambio se alzaba como una ética kantiana de deberes incondicionados, vecina del historicismo cultural de Dilthey, del liberalismo crítico de Benedetto Croce y de una lista interminable de filósofos de la libertad.

Basta evocar al vuelo esas raíces, para estremecernos frente a un Parlamento degradado por la manera de irse de su expresidente y degradado también por el lenguaje conyugal-intestinal de la novel Presidenta. Y para sentir en los huesos la urgencia de restablecer polémicas aireadas en la plaza pública, en vez de esperar callados e inermes las resoluciones de comités recocinados en su propia salsa.

En esas polémicas abiertas, renacerá el señorío del pensar por cuenta propia y cantar la justa, base esencial de los sentimientos normativos e instrumento salvador en crisis como la que Jorge, Atchugarry y Alfie conjuraron en el inolvidable 2002, cuando, en vez de importar recetas ajenas, respondieron con el coraje y la originalidad de la vieja y eterna Banda Oriental.

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